Cuando el conservador José Antonio Kast se convirtió en el presidente de Chile hace seis meses, la gran pregunta era si sería un populista combativo como el mandatario estadounidense Donald Trump, o un operador inesperadamente pragmático como Georgia Meloni, la primera ministra de Italia. No ha sido ni lo uno ni lo otro. En cambio, se parece a los ex primeros ministros británicos Keir Starmer y Teresa May –es decir, ha resultado ser aburrido (“fome”, en Chile)–.
Lejos de ser insultante, esta es la forma en que Kast y su equipo se describen a sí mismos. Según afirman varios medios, el asesor principal de Kast habría dicho: “este es el gobierno de los fomes; nos vestimos fome, hablamos fome, respondemos fome’.
Algunas de sus decisiones fomes son bienvenidas. Durante la campaña Kast dio a entender que podría gobernar por decreto si el Congreso no actuaba según sus deseos. Sin embargo, al igual que su antecesor, el izquierdista Gabriel Boric, y a diferencia de muchos de sus compinches de la extrema derecha latinoamericana, Kast se ha ceñido a las reglas del juego democrático.
El presidente también hizo temer una guerra cultural –insistiendo, por ejemplo, en que la mujer trans que protagonizó el primer film chileno en ganar un Oscar es hombre–. Pero luego de asumir la presidencia ha suavizado su retórica anti woke, quizás porque los sondeos revelan que eso no es lo que los chilenos desean.
La decisión de la revista The Economist de ubicar a Kast en el medio de una ola trumpista que inunda a América Latina, es incorrecta. El nuevo presidente de Chile es fome precisamente porque se asemeja más a un conservador de viejo cuño que a un mini Trump a la moda. Aunque sus diatribas antiinmigrantes a veces lo hacen parecer Mr. ICE, el modo de hacer política de Kast les debe más a Francisco Franco y a Milton Friedman que a su homólogo estadounidense.
Durante el último medio siglo, y especialmente durante la dictadura de Augusto Pinochet, la derecha chilena ha sido una mezcla incómoda de catolicismo conservador y fe libremercadista. Sebastián Piñera, un multimillonario con doctorado en Harvard que legalizó el matrimonio igualitario, intentó crear una derecha algo más liberal durante sus dos presidencias (2010-14 y 2018-22). El ascenso de Kast marca un regreso a la tradición anterior.

Reacio a los anticonceptivos, él y su mujer han tenido nueve hijos en sus 36 años de matrimonio. Aunque podrían permitirse una gran casa, en una muestra de austeridad han decidido vivir en un pequeño departamento al interior del dieciochesco palacio de La Moneda –lo que ningún presidente ha hecho desde los años 50–.
Ni los aranceles ni las dádivas trumpianos son del gusto de Kast, quien, en sus 16 años en el congreso, nunca demostró mayor interés en la economía. Desde que llegó a la presidencia ha delegado la política económica en un ministro de Hacienda cuya fe en las bajas de impuestos como curalotodo se asemeja a la de Ronald Reagan. El presidente y el ministro han logrado aprobar en el congreso una ambiciosa reforma fiscal que reduce la tasa de impuesto corporativo al 23% y congela, hasta por 20 años, la carga impositiva de las inversiones cuantiosas.
Kast también es heredero de una tradición conservadora latinoamericana propia del expresidente Carlos Menem de Argentina y del expresidente peruano Alberto Fujimori: la de hacer campaña prometiendo una cosa y, tras asumir la presidencia, hacer otra. Como candidato, una y otra vez Kast prometió deportar, en su “primer día” como presidente, a los 370.000 inmigrantes indocumentados que hay en Chile. Pero en mayo, apenas dos meses después de iniciado su mandato, declaró que no se le había entendido bien y que su promesa de deportación masiva era solamente una “metáfora” (que posteriormente cambió a “hipérbole”).
La sorpresa más grande involucra la lucha contra la delincuencia y las pandillas –la gran promesa que lo impulsó a la presidencia–. Kast despidió a su primera ministra de seguridad después de que ella reconociera que el gobierno carecía de un plan antidelincuencia. Su sucesor ahora ha anunciado un conjunto de reformas jurídicas, que llevarán su tiempo en pasar por el congreso y probablemente salgan habiendo experimentado más de algún cambio. La recia retórica del presidente aún no se traduce en acciones recias. Incluso la participación de Chile en el “Escudo de las Américas” de Trump no ha sido más que una photo-opportunity en Miami.
Con gran sentido práctico, Kast también ha diluido su promesa de recortar $6.000 millones del presupuesto de la nación. Aunque su ministro de hacienda ha efectuado algunos recortes, estos son solo una pequeña fracción de lo prometido. La combinación del recorte de impuestos y un gasto con pocos cambios ha despertado inquietud entre los analistas financieros. Tanto el Consejo Fiscal Autónomo de Chile como la agencia calificadora Fitch han advertido que el déficit fiscal se ampliará, la deuda crecerá y Kast probablemente incumplirá las metas fiscales que él mismo se impuso.
Si los mercados financieros se asustan y elevan la tasa de interés que le exigen a la deuda pública chilena, ello elevaría también los costos del crédito para las empresas y podría contrarrestar el efecto expansivo de los recortes tributarios, frenando el crecimiento. Si Chile llega a crecer más rápido en 2027-28, será gracias a la vieja y conocida buena suerte más que a las viejas y conocidas políticas de Reagan y Friedman. La tendencia global hacia la electrificación sigue elevando el precio del cobre –del cual Chile es el mayor productor del mundo–, creando también oportunidades para el litio y para otros minerales críticos que el país tiene el potencial de producir.
Ahora bien, un estilo político fome conlleva costos. Como Kast no se dio el tiempo para explicarle a la ciudadanía lo que supuestamente conseguirían sus bajas de impuestos, la oposición de izquierda ha tenido éxito en caracterizarlas como una concesión a los ricos. Inmediatamente después de su mayor victoria legislativa hasta el momento, el nivel de aprobación del presidente bajó a cerca del 35%, que es menos del que tenía Boric en el mismo punto de su gobierno. Uno de los analistas más perspicaces de Chile advirtió hace poco que el enfoque de Kast equivale a “renunciar a competir” en el terreno político.
Entretanto, Chile sigue produciendo un sinnúmero de postulantes al papel del político más trumpista de la nación. El que lleva la delantera es Franco Parisi, un ultrapopulista que se hizo famoso al volante de un Porsche, ostentando un Rolex al estilo del nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella. Si Kast no logra buenos resultados, Parisi –quien terminó en tercer lugar en las elecciones presidenciales de 2025– tomará la ofensiva, lo que no tendrá absolutamente nada de fome.
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Traducción de Ana María Velasco
Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science.