En el Foro de Inversión Saudí-Estadounidense, celebrado en noviembre, Elon Musk esbozó un futuro en el que la IA y los robots humanoides realizarán casi todo el trabajo. A su entender, el dinero prácticamente dejará de tener relevancia. Los empleos serán “opcionales”, y serán más parecidos a aficiones como la jardinería. Las máquinas habrán acabado con la pobreza, ya que todo el mundo recibirá un “ingreso universal elevado” por parte del Estado.
Musk no es el único titán tecnológico con esta visión del futuro. Demis Hassabis, de Google DeepMind, espera con interés una era de “abundancia radical” en la que la IA proporcionará una productividad y una prosperidad extraordinarias, y en la que las ganancias se distribuirán “de forma justa”. Mustafa Suleyman, de Microsoft AI, aboga por una “prestación básica universal” que trataría el acceso a sistemas de IA y servicios digitales potentes casi como un derecho. Y Sam Altman, de OpenAI, ha propuesto un “Fondo de Equidad Estadounidense” que gravaría a las grandes empresas y a la tierra de propiedad privada con un 2,5% anual para pagarles a todos los adultos estadounidenses un dividendo anual.
En pocas palabras, los principales arquitectos de la IA son sinceros sobre el hecho de que están creando sistemas cuyo éxito a la hora de generar abundancia material también podría acabar con grandes sectores del mercado laboral. En el futuro que imaginan, las “fuentes de riqueza cooperativa” fluirán de forma tan abundante que las personas recibirán “según sus necesidades”, y no según las horas que trabajen en una fábrica.
Si esta última frase le suena familiar, es porque proviene de Karl Marx. ¿Acaso los personajes más famosos del capitalismo son, en realidad, socialistas encubiertos? En cierto sentido, sí. Las personas que desarrollan la IA avanzada rara vez son sinceras respecto de la distribución de la riqueza. Aceptan que, si las máquinas realizan tareas a un costo menor que los humanos, el porcentaje de la mano de obra en el ingreso nacional se reducirá. Si los salarios desaparecen, las personas necesitarán otra forma de hacerse de alimentos y vivienda, y la economía necesitará nuevos mecanismos para mantener el poder adquisitivo.
Sin embargo, si se analizan detenidamente las propuestas de los líderes tecnológicos, se verá que su aparente afinidad por el socialismo se desvanece rápidamente. Altman no aboga por el control de OpenAI por parte de los trabajadores, ni por la propiedad pública de la infraestructura. Quiere que los gobiernos solo socialicen los beneficios. Si bien un “ingreso universal elevado” podría ayudar a repartir el botín, los chips, los modelos y las plataformas que generan ese botín seguirían estando firmemente en manos de unas pocas personas extraordinariamente ricas.

Esto no sería el socialismo tal y como lo conocemos. Una pequeña élite sería dueña de las “alturas dominantes” de la IA y entregaría a todos los demás un cheque o algún tipo de ración digital. La suma sería suficiente para vivir, pero no para desafiar a los que están en el poder.
Ahora bien, si el ingreso universal que se ofrece es lo suficientemente alto como para permitir una vida cómoda, algunos argumentarán que no importa quién sea el propietario de los algoritmos y de los centros de datos.
Hay al menos tres razones para ser escépticos.
En primer lugar, se nos dice que los dividendos generosos de la IA llegarán cuando se hayan liberado las alzas de la productividad. Pero la historia sugiere que, una vez que la riqueza y la propiedad están aseguradas, los beneficiarios rara vez se ofrecen voluntariamente a diluir su participación. Ya hay un puñado de empresas de IA y plataformas que representan una parte asombrosa del valor corporativo global.
Para cuando llegue cualquier plan serio de ingresos financiado por la IA, gran parte de este valor se habrá convertido en capital concentrado y riqueza dinástica. Pedir a los magnates de la IA de hoy que adapten el igualitarismo a esta estructura es como pedirles a los dueños de fábricas de la época victoriana que inventen el estado de bienestar.
En segundo lugar, incluso si se materializara algún tipo de plan de distribución, ¿qué pasaría con la gran mayoría de países en los que no hay radicadas empresas pioneras en IA? Si los puestos de trabajo locales se automatizan mientras las ganancias se acumulan en California, Seattle o Shenzhen, ¿quién va a financiar exactamente los ingresos de sus ciudadanos? Los fundadores de la IA han guardado un silencio sorprendente sobre esta cuestión.
En tercer lugar, un pago mensual -por generoso que sea- no sustituye a una vida plena. El trabajo ha sido durante mucho tiempo una de las principales formas en que contribuimos a la sociedad. Es la forma en que nos demostramos a nosotros mismos y a los demás que somos importantes. Les da sentido, estructura y validación a nuestras vidas. Sin él, corremos el riesgo de convertirnos en una sociedad de espectadores pasivos, bien alimentados, entretenidos permanentemente por contenidos generados por la IA y atendidos por robots humanoides, pero despojados de la dignidad que proviene de cuidar a los demás y ser necesarios.
Un estipendio puede apaciguar, pero también puede ser el detonante de una revuelta. Una población que cuenta con recursos materiales, pero carece de poder político, difícilmente permanecerá dócil para siempre.
Por lo tanto, incluso si los gobiernos logran encontrar la manera de proporcionar ingresos universales elevados y garantizar una participación social significativa en los beneficios de la IA, la respuesta a la automatización a gran escala no puede simplemente limitarse a gravar a los robots y comprar un Tesla nuevo para todo el mundo. Los ingresos son importantes, pero también lo es la capacidad de acción.
Esto significa garantizar que los gobiernos y la sociedad civil mantengan el control del terreno en evolución de la IA. Las reglas, restricciones y salvaguardas no pueden dejarse en manos de los poderosos arquitectos del sector privado. Asimismo, un porcentaje significativo de cualquier recompensa futura de la IA tendría que invertirse en bienes específicos pertenecientes a la “economía humana”: cuidados, educación, artes, democracia local. El objetivo no sería crear puestos de trabajo sin sentido, sino mantener la idea de que la ciudadanía se basa en la contribución.
Y, por último, necesitaríamos mecanismos globales para evitar que los países sin líderes en IA se conviertan en daños colaterales. Una opción sería un Fondo Internacional de Dividendos de IA, financiado con un impuesto modesto sobre los beneficios o el uso informático de las mayores empresas de IA y de nube, cuyos pagos se destinarían a los países más afectados por la automatización. Este plan sería imperfecto y políticamente difícil de llevar a cabo, pero al menos daría respuesta a la pregunta que Musk y sus colegas han ignorado: ¿quién paga por todos los demás?
Los titanes de la tecnología nos ofrecen un futuro de socialismo desde arriba: ellos se quedan con los medios de producción y nosotros recibimos subsidios. Nuestra tarea es promover la democracia desde abajo. Eso significa exigir no solo una parte de la riqueza de la IA, sino también el poder de configurar y controlar los medios para generarla.
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Noreena Hertz es profesora honoraria del UCL Policy Lab, donde dirige la investigación sobre IA.