El 2025 confirmó que el turismo costarricense sabe resistir, pero también que su margen de maniobra es cada vez más fino. Costa Rica cerró el año con el arribo de 2.689.278 extranjeros por vía aérea, apenas un 1% más que en 2024, un resultado que habría sido muy distinto sin el repunte de noviembre y diciembre. El verdadero cambio de tono llegó con la temporada alta 2025–2026, cuando los aeropuertos Juan Santamaría y Daniel Oduber empezaron a reportar cifras históricas de tráfico y nuevas rutas que devuelven al sector a la senda del crecimiento.
En el principal punto de ingreso al país, el Juan Santamaría, la temporada alta confirmó que el turismo volvió a tomar vuelo. La terminal cerró el periodo de noviembre a inicios de abril con un crecimiento cercano al 8% en pasajeros internacionales y con días que marcaron récord histórico de atención. El mensaje es claro: en pocos meses el aeropuerto absorbió cientos de miles de viajeros adicionales y tuvo que operar muy cerca de su límite de capacidad.
Guanacaste cuenta una historia similar. El aeropuerto Daniel Oduber inició el 2026 con su mejor primer trimestre, impulsado por un aumento de dos dígitos en el flujo de pasajeros y por una ocupación de vuelos que rozó niveles máximos. Un dato ilustra el momento: en un solo día de marzo se atendieron casi 15.000 pasajeros, algo impensable hace apenas unos años. Esa intensidad consolidó a la terminal como una puerta de entrada directa para el turismo internacional que quiere llegar de inmediato a la zona de playa, sin pasar por San José.
La conectividad aérea es el otro pilar de esta recuperación. En el Juan Santamaría se sumaron nuevas rutas estacionales desde ciudades como Chicago, Nashville y Monterrey, al tiempo que se reforzaron vuelos de largo radio desde Europa y Norteamérica. En Guanacaste, las principales aerolíneas de la región ampliaron su presencia y algunos mercados —como el canadiense— dieron un salto que ya los coloca entre los orígenes más dinámicos para la provincia. No se trata solo de más aviones: se trata de una red de rutas que diversifica mercados, reparte mejor la estacionalidad y eleva el perfil del destino.
Todo esto configura una buena noticia para la economía costarricense. El transporte aéreo confirma su papel central en la dinámica turística y, con ella, en la generación de empleo y encadenamientos productivos en regiones que dependen en gran medida de esa actividad. Pero sería un error leer estas cifras solo en clave de triunfo. La apreciación del colón, por ejemplo, ha cambiado silenciosamente las reglas del juego: para muchos turistas, pagar servicios fijados en colones implica hoy destinar más dólares que hace unos años, mientras buena parte de los empresarios que cobran en moneda estadounidense reciben menos colones por cada dólar que ingresa y deben cubrir con ellos salarios, insumos y servicios locales. Esa doble presión —sobre la competitividad hacia afuera y sobre los márgenes hacia adentro— no se resuelve con un par de temporadas buenas.
A la ecuación se suma la seguridad. El país ha vivido años de cifras de homicidios que encendieron alarmas internas y externas, y aunque hay señales de mejora, la sensación de vulnerabilidad no desaparece de un día para otro. Hasta ahora, el turista ha seguido llegando, pero nadie debería dar por sentada esa resistencia. La reputación de Costa Rica como destino seguro es un activo que tomó décadas construir y que puede erosionarse con rapidez si el visitante empieza a asociar nuestras playas y parques con un riesgo que antes no estaba en el mapa. Proteger esa imagen no es un gesto cosmético: es una política económica en defensa de uno de los principales motores de crecimiento del país.
Y luego está la infraestructura, el tema menos vistoso pero quizá el más decisivo. Los aeropuertos han demostrado que pueden atraer vuelos y pasajeros, pero también que están cerca de su techo operativo en las horas pico. Las carreteras que conectan esas terminales con los destinos turísticos acumulan años —cuando no décadas— de promesas, atrasos y soluciones parciales. Cada vez que un turista pasa más tiempo en una presa que en el destino al que vino, el país está gastando reputación futura. Un modelo de desarrollo que pone al turismo en el centro no puede descansar sobre una infraestructura al borde del colapso.
Tomados en conjunto, los resultados de ambos aeropuertos dibujan un arranque de 2026 muy favorable para el turismo costarricense. Confirman que el país sigue siendo atractivo, que las aerolíneas confían en el destino y que los mercados emisores responden cuando la oferta existe. Pero también dejan claro que esta bonanza llega con tareas pendientes: ordenar la discusión sobre el tipo de cambio y sus efectos en la competitividad, tomarse en serio la seguridad como condición para un turismo de calidad y acelerar la inversión en infraestructura crítica. El turismo le está dando a Costa Rica una nueva oportunidad. El reto ahora es no dormirse, porque de la forma en que el país administre este momento depende una parte sustancial de su futuro económico.