Estamos hartos…
En 2014, 1.3 millones de ticos votaron por “el cambio”. Le dijeron un “no” rotundo a los partidos y políticos tradicionales y llevaron a alguien que prometía hacer las cosas diferentes, trayendo a Casa Presidencial “absoluta transparencia”. Había gran ilusión y parecía que los costarricenses, al menos un sector importante, volvía a creer en el valor de la política.
Casi 4 años después, esa esperanza alentadora se ha convertido en desencanto absoluto. Y la consecuencia está dejando secuelas profundas para nuestra democracia. Hoy lo que estamos es hartos, hartos de ver como a muchos políticos parece no importarles ni el país ni sus ciudadanos.
Hartos que nada se pueda hacer, con la excusa que el sistema está entrabado por la “ingobernabilidad” (como si fuese éste un ente externo vivo y malintencionado, y sin aceptar que la gobernabilidad la hacen las mismas personas a base de capacidad, empatía, análisis y apertura de negociar).
Estamos hartos de esperar tres horas al día en presas, transitando por las mismas calles de hace 30 años, a pesar que hay miles de millones de dólares para obra sin usarse por incapacidad de ejecución.
Hartos de ver pensiones injustificadas de ¢10 millones a algunas personas, mientras se habla de subirnos los impuestos para poder pagarlas.
Hartos que, por politiquería y pésimo manejo estatal, se destruyan activos que nos pertenece (por ejemplo Bancrédito) y al final nadie rinde cuentas.
Hartos de la corrupción descarada. Hartos que suba la inseguridad y el costo de la electricidad, y que pareciera que a muy pocos políticos les importe o hagan algo al respecto.
Ya llevamos tiempo de oír excusas, de recibir las mismas explicaciones y de leer planes de gobierno que quedan sólo para reciclar el papel. Estar hartos es totalmente justificable, ante la debacle de gestión estatal que hemos vivido.
Pero lo que pasa cuando uno está harto es que se le nubla el pensamiento y se cansa de escuchar. Estar nublado en el análisis racional conlleva por definición a decisiones irracionales y no escuchar conlleva a intolerancia. Estamos entre la espada y la pared, sin opciones inspiradoras y a menos de dos meses de las elecciones. ¡Qué torta!