El 18 de agosto de 2026, los fiscales generales de 29 estados de Estados Unidos llevaron a Meta —dueña de Facebook e Instagram— ante los tribunales, con una acusación profundamente inquietante: que la empresa conocía, por su propia investigación interna, el efecto adictivo de sus productos en niños y adolescentes, y que aun así diseñó sus algoritmos a propósito para explotar los mecanismos de recompensa del cerebro adolescente y retenerlos cada vez más tiempo en la plataforma.
El expediente señala tres piezas concretas —el scroll infinito, las notificaciones push y el perfilamiento del usuario— y les atribuye consecuencias que cualquier padre de familia reconoce sin necesidad de peritaje: privación de sueño, distorsión de la imagen corporal a punta de filtros, y un goteo constante de recompensa contra el cual el mundo analógico, la conversación, el patio, incluso el aburrimiento, sencillamente no logra competir. La acusación, en resumen, dice que Meta puso sus resultados financieros por delante de la salud mental de los menores. Así de grave.
Pero mientras leía el caso me quedó dando vueltas una pregunta que el expediente no hace, y que me parece más importante que la sentencia: ¿por qué funcionó tan bien el anzuelo?
Un experimento de hace 50 años
Buscando entender de dónde viene una adicción me topé con un experimento muy antiguo. En los años 60, la ciencia metía ratas en jaulas mínimas, aisladas, sin absolutamente nada que hacer, y les ofrecía dos bebederos: agua pura y agua mezclada con morfina o heroína. Las ratas casi siempre escogían la droga, se obsesionaban con ella, y muchas consumían hasta morir. La conclusión de la época fue directa y se volvió sentido común durante décadas: estas sustancias son irresistibles por sí mismas, la química manda, el contexto no importa.
En los años setenta, sin embargo, el psicólogo canadiense Bruce Alexander se fijó en un detalle que a nadie le había parecido digno de mención: esas ratas estaban solas, encerradas y sometidas a un estrés extremo. Tal vez no estaban eligiendo la droga, pensó. Tal vez estaban huyendo de la jaula. Para averiguarlo construyó el Rat Park, un recinto amplio con túneles, juguetes, buena comida y, lo esencial, muchas otras ratas con quienes convivir. Los mismos dos bebederos, la misma droga disponible, la misma dosis al alcance. Y las ratas que tenían vida social y un entorno estimulante ignoraron casi por completo el agua con morfina; preferían el agua pura y ninguna murió de sobredosis. Conviene subrayar lo que ocurrió ahí, porque es fácil pasarlo por alto: nadie trató a esas ratas, nadie les quitó el bebedero, nadie les prohibió nada. Simplemente les dieron con quién estar.

Vale la pena decir también que el Rat Park es un experimento discutido, difícil de replicar, y que la ciencia de la adicción hoy es bastante más matizada de lo que aquel recinto sugiere. Pero la pregunta que dejó sembrada sigue siendo incómoda cincuenta años después, y nadie la ha respondido del todo.
La conexión que no puedo evitar hacer
Con todo el riesgo de meterme en un terreno que no es el mío, la pregunta se me impone: ¿y si el problema no fueran solo las pantallas y los celulares? ¿Y si nuestra sociedad encerrada entre cuatro paredes —el aislamiento, la falta de contacto físico, la agenda saturada, el estrés permanente— estuviera construyendo la jaula perfecta, y la pantalla fuera apenas el bebedero que quedó a la mano? No estoy diciendo que el diseño de Meta sea inocente; la acusación de los fiscales es seria y merece llegar hasta el final. Estoy diciendo que un anzuelo solo funciona cuando el pez tiene hambre.
Y si eso es así, entonces ganar el juicio y regular el algoritmo es apenas la mitad del trabajo. La otra mitad no se legisla ni se le puede exigir a ninguna empresa: consiste en devolverles a los muchachos un lugar físico al cual ir y gente real con quién estar. Esa es la parte que llevamos años ignorando mientras discutimos controles parentales y límites de tiempo de pantalla. No es la explicación completa —el vínculo, el propósito, la estructura familiar y la salud mental pesan tanto o más—, pero es la pieza que hemos dejado botada, y sospecho que es la más determinante.
El aura farming visto de otra manera
Y aquí va mi apuesta, que sé que va contra la corriente. Los adultos vemos el llamado aura farming, esa moda de los muchachos de reunirse a posar, grabarse y construir presencia, y lo despachamos en dos segundos como otra tontera digital más. Yo propongo leerlo exactamente al revés. Sí, está documentado por los celulares, y sí, buena parte del propósito es el video. Pero para que exista tiene que haber una reunión física, presencial, con otros cuerpos en el mismo lugar y a la misma hora, que es precisamente lo que Bruce Alexander tuvo que construir en un laboratorio para salvar a sus ratas. Ellos lo están armando solos, por instinto, sin que nadie se los explique y a pesar de nuestras burlas.
¿Extraño? Sí. ¿Incomprensible para los mayores? Por supuesto, como lo fue cada cosa que hicimos nosotros a esa edad. Pero antes de despacharlo vale la pena preguntarse qué preferimos de verdad: una tarde de muchachos haciendo el ridículo en el pretil de la UCR, o esas mismas tres o cuatro horas repartidas entre cuatro habitaciones separadas, cada uno solo frente a una pantalla que sabe exactamente cómo retenerlo.
Dejemos que los muchachos hagan sus encuentros. Una adicción no se combate quitando la droga, se combate llenando la jaula de gente.
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El autor es Vicepresidente de Camtic y experto en tecnología y ciberseguridad.