Por: Daniel Blitz y Robert Dugger.   29 agosto
Hasta el momento en que se contabilice toda la deuda, no se podrá ni siquiera comenzar a saber si las políticas fiscales están teniendo efectos positivos o negativos sobre el crecimiento futuro.
Hasta el momento en que se contabilice toda la deuda, no se podrá ni siquiera comenzar a saber si las políticas fiscales están teniendo efectos positivos o negativos sobre el crecimiento futuro.

El exsecretario del Tesoro de Estados Unidos, Lawrence H. Summers, recientemente dijo en tono de broma “el estímulo fiscal es como una droga que tiene efectos sobre la tolerancia; para mantener el crecimiento constante, los déficits deben seguir aumentando”. Las personas como Summers se preocupan por los déficits porque dudan que el dinero que el gobierno pide prestado se gaste en una manera que impulse el crecimiento del PIB a largo plazo, llevándolo por encima del crecimiento de la deuda. A menos que la mezcla de gastos cambie, el ratio deuda/PIB seguirá creciendo, lo que presagia un desastre.

Otros no comparten tales preocupaciones. En el lado de la izquierda política, el premio Nobel Paul Krugman, por ejemplo, argumenta que “para un país que es similar a Estados Unidos, una crisis de la deuda es, en esencia, imposible”. En el lado de la derecha, John Tamny, editor de economía política de Forbes, dice: “Ignore la interminable charla fatalista, los déficits presupuestarios realmente no importan”.

Pero, si bien los criterios difieren sobre la sostenibilidad de la deuda gubernamental de Estados Unidos, todos estos criterios aceptan como precisa la medición estándar de la misma. Esto es un error, y posiblemente uno catastrófico.

La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) recientemente informó que el déficit del presupuesto federal en los primeros diez meses de este año fiscal llegó a ser $116.000 millones más alto que la cifra que se alcanzó en el mismo momento el año pasado. La CBO ahora está proyectando que el déficit anual alcanzará $1 billón hasta el 2020. Esto es preocupante, pero no refleja la dura verdad. El déficit anual, se puede aseverar casi con certeza, superó $1 billón el año pasado.

Para entender por qué, piense en Estados Unidos como una vivienda que tiene un techo con goteras. Si usted quisiera vender esa casa a un comprador que está financiando la compra con una hipoteca, la ley federal de bienes raíces requeriría que obtenga una tasación, lo que demostraría que el techo necesita reparaciones. En este escenario, sus retrasos en llevar a cabo el mantenimiento no se pueden ignorar. La ley exige que usted revele y pague los costos ocultos de la reparación del techo. De lo contrario, le estaría robando al comprador.

Es cierto que a diferencia de una hipoteca en su balance general, puede que usted no considere el mantenimiento del techo como un pasivo corriente. Sin embargo, posponer dicho mantenimiento no hace que la necesidad desaparezca. Continúa siendo una deuda real —simplemente es una que no ha sido contabilizada—.

El gobierno federal también tiene una deuda que no ha sido contabilizada, y sobre la que uno no suele oír hablar. La deuda que se ha contabilizado es de $15,6 billones, misma que está en poder del público en forma de bonos del Tesoro de Estados Unidos. Las deudas que no se han contabilizado incluyen los costos diferidos de mantenimiento de carreteras, sistemas de agua y 54.560 puentes estructuralmente deficientes, así como los sistemas de energía con bajas emisiones de carbono que aún no han sido construidos y que son necesarios para mitigar los efectos catastróficos del cambio climático. Y, estos son únicamente dos ejemplos amplios.

Aumenta cada año

Entonces, ¿cuánta deuda estadounidense oculta existe? En este punto, debemos confiar en estimaciones aproximadas. Por ejemplo, de acuerdo con un informe del 2016 de la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles (ASCE), la mejora de la infraestructura nacional que se está desmoronando costaría $5,2 billones. Y, de acuerdo con un informe del 2014 de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y nuestros propios cálculos basados ​​en la participación estadounidense de las emisiones globales de CO2, la transición a un sistema de energía limpia costará una cifra adicional de $6,6 billones. Esto llega a $11,8 billones en pasivos ajustados a la inflación que no han sido contabilizados.

Con certeza, estas deudas no son exclusivamente pasivos federales. En el pasado, los gobiernos estatales y locales fueron responsables por la mayoría de los costos del cambio climático e infraestructura. Sin embargo, ya que están agobiados con más de $3 billones de deuda municipal, los gobiernos estatales se encuentran abrumados por la escala de sus obligaciones de mantenimiento que se han diferido y los únicos costos que recientemente fueron documentados fueron aquellos relativos a la mitigación del cambio climático. Sin embargo, debido a que el cambio climático y la seguridad de la infraestructura son asuntos nacionales, en lugar de locales, el gobierno federal es responsable en última instancia por esos $11,8 billones en deudas relacionadas con la infraestructura y el medio ambiente. Estos millones son el “techo con goteras” de Estados Unidos.

Esa cifra aumenta cada año, debido a que a medida que los puentes continúan debilitándose, cuesta aún más arreglarlos; así como que a medida que las temperaturas y los niveles del mar continúan incrementándose, y a medida que los incendios forestales se tornan más graves, es más costoso mitigar el daño causado por todo esto. De hecho, entre el 2012 y el 2016, la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles (ASCE) incrementó su estimación de la brecha entre infraestructura e inversión anual de Estados Unidos en $221.000 millones —unos $55.000 millones por año. Y, entre el 2012 y el 2014, la Agencia Internacional de la Energía (IEA) aumentó su costo estimado de pasar a un sistema de energía limpia en aproximadamente $270.000 millones por año. Juntos, el déficit ajustado a la inflación no contabilizado llegó a la cifra de $345.000 millones —sólo por retrasar los gastos necesarios en infraestructura y mitigación de los efectos del cambio climático—.

El déficit federal de Estados Unidos del 2017 fue de $665.000 millones, lo que refleja la cifra por la que aumentó la deuda que en los hechos sí se contabiliza. Si la deuda en infraestructura y clima que no se contabilizó estuviese incluida, el déficit con todo incluido en el 2017 habría sido de más de $1 billón. Sí, es cierto, estos son cálculos aproximados, pero llaman la atención hacia una pregunta urgente: ¿Por qué Estados Unidos no está contabilizando sus deudas ocultas?

La respuesta corta es que la ley no lo requiere. El “límite de deuda” federal nunca fue un constructo sólido, y bajo presión se convirtió en un “techo suspendido” blandito que permite al gobierno pedir prestado todo lo que quiera. Mientras tanto, una norma del Congreso que tenía la intención de garantizar la responsabilidad fiscal al prohibir aumentos de déficit por encima de $1,5 billones en un plazo de diez años se ha convertido en un truco contable para eludir la responsabilidad hasta el año 11 y más allá.

Pero, de manera similar a que robaríamos al comprador de una vivienda si no revelamos y pagamos por la reparación de nuestro techo con goteras, estamos robando a las futuras generaciones de estadounidenses cuando ignoramos el alcance total de las responsabilidades del gobierno. Hasta el momento en que se contabilice toda la deuda, no podremos ni siquiera comenzar a saber si las políticas fiscales están teniendo efectos positivos o negativos sobre el crecimiento futuro.

Daniel Blitz es un consultor de gestión de inversiones. Robert Dugger es socio director en Hanover Provident Capital.

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