Por: Constantino Urcuyo.   13 marzo

La confianza y seguridad predominaban. Preocupaciones cotidianas se matizaban con una falsa noción de infinito progreso científico, la tecnología nos fascinaba como para pensar en escenarios apocalípticos. ¡El mundo, en espiral siempre ascendente!

Irrumpió un virus de génesis todavía incierta y experimentamos, como antaño, el miedo a morir por algo tan básico como respirar. El recién llegado derrumbó relatos deterministas. Ni el Estado ni el mercado pudieron contra el ente microscópico. Aunque el cierre de fronteras, los confinamientos y la respuesta sanitaria afirmaron el papel del primero.

El regreso del estado nacional creó riesgos de autoritarismo y amenazas a la privacidad tras las cuáles aparecieron “conspiranoicos” cuestionadores de la autoridad científica, encerrados en el aislacionismo de identidades-burbuja.

¿Qué resultó más apremiante, la digitalización o la enfermedad? La respuesta parece imprecisa ante la aceleración del teletrabajo, videoconferencias, comercio electrónico, ciberguerras y una batalla por el conocimiento (inteligencia artificial) más allá de fronteras físicas.

El animal social se debate frente a los temores del confinamiento. Aislarse de todo y todos dejó de parecer ese retiro ocasional, desintoxicante. La pandemia destacó la necesidad del otro, entretenimiento, interacción, escucha… Insustituibles afecto y palabra.

Hoy, seguimos en alerta, no solo sanitaria sino ante el crecimiento acelerado de las desigualdades. Desempleo, acceso limitado a servicios de salud y educación, mayor brecha entre ricos y pobres, protesta y malestar crecientes.

¿Y el mundo? Desconexiones en las cadenas de valor no minan la profunda imbricación económica. Pese a la rivalidad, la competencia y la cooperación entre China y los EE. UU. coexisten.

Surgirán formas de gobernanza global para la gestión de conflictos. Salud, paz, ordenamiento migratorio y protección del ambiente son bienes comunes.

Lejos de la aparente aniquilación, caminamos.