Por: Yanis Varoufakis.   25 marzo
Los europeos no son estúpidos. Pueden percibir que en la mayoría de los estados las decisiones resultantes no utilizan los recursos existentes en interés de la mayoría de las personas.
Los europeos no son estúpidos. Pueden percibir que en la mayoría de los estados las decisiones resultantes no utilizan los recursos existentes en interés de la mayoría de las personas.

El Eurogrupo de ministros de Finanzas de la eurozona está esforzándose por llegar a acuerdos sobre una respuesta fiscal coordinada y macroeconómicamente significativa ante los enormes efectos recesivos de la pandemia COVID-19. El resultado, me temo, será anuncios heroicos que pregonen cifras impresionantes, que disfracen la irrelevancia y timidez de las políticas acordadas.

El primer indicio de lo antedicho proviene del reciente anuncio del paquete de ayuda financiera del gobierno alemán al sector privado. Si bien los medios internacionales se refirieron a él como una bazuca de €550.000 millones ($600 mil millones), un análisis minucioso sugiere que no es más que una pistola de agua.

Compuesto por aplazamientos de impuestos y grandes líneas de crédito, el paquete alemán revela un grave malentendido sobre la naturaleza de la crisis. Y, es el mismo malentendido que impulsó con fuerza la crisis del euro hace una década. Hoy, como en aquel entonces, las empresas y los hogares se enfrentan a la insolvencia, no se enfrentan a la falta de liquidez. Para detener la crisis, los gobiernos deben apostar todo a una formidable expansión. Pero, eso es exactamente lo que el paquete alemán quiso evitar.

Los ministros de finanzas de países en problemas económicos más profundos que los de Alemania (por ejemplo, Italia y Grecia) intentarán indudablemente impulsar la necesaria expansión fiscal. Pero chocarán contra el muro de oposición del ministro de finanzas alemán y sus fieles partidarios dentro del Eurogrupo. Pronto, los ministros europeos provenientes de los países del sur de Europa, es decir los ‘sureños’, enrollarán sus carpas de campaña, y darán su aquiescencia, misma que oleará y sacramentará otro paquete fiscalmente insignificante del Eurogrupo, mismo que será aplastado por la recesión que se avecina.

¿Cómo puedo estar tan seguro? Debido a que he estado en esa posición. Representé a Grecia en las reuniones del Eurogrupo en el 2015, en las cuales se decidió derrotar la lucha desesperada de nuestro gobierno para evitar más préstamos a expensas de una recesión más profunda. La forma metódica en la que esas reuniones del Eurogrupo cerraron cualquier camino que condujera a un debate racional sobre cuáles serían las políticas fiscales apropiadas se constituye en la clave para comprender por qué el Eurogrupo tampoco logrará montar una defensa fiscal eficaz contra el shock inducido por la pandemia.

Se debe destacar una entendimiento profundo respecto a esas reuniones cruciales del Eurogrupo que se celebraron hace cinco años: cualquier ministro de finanzas de un país en dificultades que se atrevía a oponerse a la línea de Berlín, o se atrevía a proponer soluciones que beneficien a la mayoría de los europeos en lugar de beneficiar al sector financiero, se metía en una ardua travesía.

Yo me metí en esa ardua travesía. Cualquiera que escuche las largas horas de las reuniones del Eurogrupo de 2015, mismas que ahora están, libremente, a disposición de todos, escuchará al Presidente del Eurogrupo amenazando con terminar las negociaciones si yo me atrevía a presentar propuestas escritas que Alemania no quería discutir (todo ello para posteriormente informar a los medios de comunicación que yo había llegado “con las manos vacías”).

Hogares endeudados

Luego se puede escuchar al jefe del Mecanismo Europeo de Estabilidad, que es el fondo de rescate de Europa, quien me acusó de preocuparme demasiado por los hogares endeudados y muy poco por la capitalización de los bancos (los cuales ya estaban en quiebra). Y, no olvidemos al ministro de finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, que exigió mantener para el presupuesto alemán – “mi presupuesto”, como él lo expresó – las ganancias del Banco Central Europeo que provenían de la negociación de los bonos griegos. La UE había acordado que este dinero debía ser devuelto a Grecia; al final, Schäuble lo conservó para el presupuesto alemán.

Mientras tanto, los ministros de Europa del Norte ejercieron la amenaza de un "Grexit" y, de manera equivalente, el Plan B (una moneda alternativa para Grecia) para obligarme a aceptar más préstamos. En lugar de ofrecer un alivio y una reestructuración realistas de la deuda, nos presentaron de pronto con un aluvión de ultimatos de carácter “tómalo o déjalo”, y una larga lista de calamidades que recaerían sobre nuestra población en caso de negarnos a tomar más préstamos y negarnos a aceptar niveles ridículos de austeridad adicional que garantizaban que Grecia nunca estaría en la capacidad de repagar dichas deudas.

Las reuniones del Eurogrupo del año 2015 ofrecen a los oyentes un asiento en primera fila para presenciar el deporte sangriento que es detentar un poder irresponsable. Todo está ahí: decisiones cruciales que vuelan en contraposición a la ciencia y las matemáticas simples. Intimidación a los débiles hasta que se rindan. Robo disimulado. Noticias falsas armadas contra aquellos que se atrevían a resistir. Y por último, pero no menos importante, el desprecio por la transparencia y los demás controles y equilibrios que son esenciales en cualquier democracia.

No es casualidad que estos temas ahora sean tan frecuentes en todo Occidente. Las reuniones del Eurogrupo de 2015 fueron, me atrevo a decir, el campo de batalla en el cual se derrotó a la democracia europea, misma que repercutió no sólo en Europa, sino también en las Américas y otros lugares. En menos de un año, el Brexit y la elección de Donald Trump dejaron de ser hipótesis divertidas. Las prácticas que en la actualidad el establishment liberal critica, se exhibieron vívidamente en dichas reuniones del Eurogrupo, que es la misma institución que, hoy, está decidiendo sobre la respuesta de política fiscal que dará Europa a la recesión del coronavirus.

Los euroescépticos, ya sea fuera de la Unión Europea, como por ejemplo Trump y el presidente ruso Vladimir Putin, o dentro de ella, como Viktor Orbán de Hungría, Matteo Salvini de Italia y Marine Le Pen de Francia, sin duda se alentarán con la publicación de las transcripciones de las reuniones del Eurogrupo del 2015. Pero, hacer públicas estas transcripciones va a favor de los intereses del europeísmo. Revelar a los ciudadanos el proceso de toma de decisiones de la UE, con todos sus detalles feos, es un requisito previo para empoderar a los demócratas para que ellos, a su vez, salven a la UE mediante la retoma del control de nuestras instituciones.

Los europeos no son estúpidos. Incluso si no saben exactamente lo que sucede a puertas cerradas en los órganos decisorios europeos, ellos pueden percibir que en la mayoría de los Estados miembros las decisiones resultantes no utilizan los recursos existentes en interés de la mayoría de los europeos.

“Cualquier ministro de finanzas de un país en dificultades que se atrevía a oponerse a la línea de Berlín, se metía en una ardua travesía”.

Tenemos el deber de comunicar a los ciudadanos sobre cómo, incluso en nuestras democracias liberales, funcionarios que detestan la democracia, y hasta llegan a fingir defenderla, toman rutinariamente decisiones en nombre de dichos ciudadanos, en contra de sus intereses y sin su conocimiento.

Si fracasamos, las decisiones de la UE sobre política fiscal, inversión verde, salud, educación y política migratoria serán, especialmente durante esta pandemia, tan ineficaces como las que magnificaron la crisis del euro hace diez años. En dicho caso, sólo se beneficiarán personas como Trump y Putin, y los propios Orbáns, Salvinis y Le Pens de Europa, quienes quieren disolver nuestras instituciones comunes desde adentro.