Por: Constantino Urcuyo.   14 enero

Algunas serpientes ocultan su huevo entre la tierra o la maleza hasta que eclosione, otras lo esconden en su interior… Las vivíparas nutren a sus fetos pacientemente, hasta el momento de su nacimiento. Las formas de reproducción varían, pero la toxicidad es igual de letal.

El veneno de la autocracia lucha por contaminar Washington. Lo que parecía una patología individual, encarnada por Trump, es el rostro de un peligro más grave. Los embriones eclosionaron.

La democracia representativa y liberal se deteriora mundialmente, el populismo autoritario busca sustituir instituciones por caudillos salvadores, y estado de derecho por demagogia.

Orbán, Le Pen, Putin, Erdogan, Maduro… todos instrumentalizan elecciones para llegar al poder, para luego asesinar democracia y libertades.

El asalto al Capitolio recuerda la Marcha sobre Roma de Mussolini (1922), el incendio del parlamento alemán (1933), las milicias nazis –Sturmabteilung, las turbas sandinistas, los colectivos chavistas y tantos otros métodos de violentismo político.

Insurrección, intento de golpe, sedición, son términos útiles para tipificar delitos, pero no pasan de discusiones teóricas. El gran tema es el irrespeto al equilibrio de poderes, gran legado de la democracia norteamericana al mundo, estableciendo que el poder tiene límites.

Las turbas, instigadas por Trump, trataron de interrumpir con sangre el proceso constitucional. Su presidente forzó a los legisladores a desconocer la voluntad de millones de votantes y ante la negativa de su propio vicepresidente, lanzó insurrectos al asalto. Llegó al poder por los votos y quiso perpetuarse por distintas vías.

¿El gran reto de los norteamericanos? Preservar su estado de derecho, único antídoto contra la terciopelo del autoritarismo.