Hace noventa años Federico García Lorca fue asesinado por los falangistas de Franco. El pelotón de fusilamiento enfrentó su poesía luminosa. El mundo entraba en la oscuridad del fascismo, con la Segunda Guerra Mundial en el horizonte.
En Latinoamérica hemos acuñado la palabra oscurana para la penumbra, lo sombrío, el oscurecimiento del cielo por nubes densas, negras y bajas.
Lorca murió en 1936 por ser distinto: poeta, gay, libre. Su asesinato fue un anuncio de lo que venía. El exterminio de la vanguardia republicana e ilustrada. Un castigo ejemplarizante contra la República.
En su fusilamiento convergen fascismo, homofobia y reaccionarismo. No militaba en partido alguno pero se declaraba progresista y antifascista.
El régimen nacional-católico utilizó su homosexualidad para estigmatizarlo y justificar la violencia.
La oligarquía granadina le reprochaba sus escritos a favor de la clase obrera.
La condena se difundió. Neruda, Sartre y Aragon denunciaron el atentado contra un mártir de la libertad, acelerando la solidaridad con la causa republicana. Aragon escribió: Sobre este cuerpo y contra sus verdugos / En Granada hoy surge ante el crimen / todo lo que el hombre fue de grande y sublime.
Machado, por su parte: se le vio caminando entre fusiles / por una calle larga / salir al campo frío / aún con estrellas, de la madrugada. / Mataron a Federico / cuando la luz asomaba. No pudieron acallar su voz.

Allí resuena todavía un canto a la dignidad humana y a la libertad.
El fantasma del fascismo autoritario recorre otra vez el mundo, predicando odio y suprimiendo la libertad de expresión. La oscurana vuelve a asomar sus orejas monstruosas. Otros Francos se incuban.
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Constantino Urcuyo Fournier es abogado y doctor en Sociología Política de la Universidad de París. Catedrático de la Universidad de Costa Rica, exdiputado y director académico del Ciapa. Profesor visitante en las universidades de Tulane y Salamanca. También es consultor internacional y nacional para diversas empresas.
