Se ha acordado un alto el fuego de dos semanas entre Estados Unidos e Irán, pero aún hay muchas incógnitas. ¿Qué implicará? ¿Durará? ¿Llegará siquiera a materializarse? Y lo más importante, ¿a dónde conducirá?
La buena noticia es que muchas de las presiones que propiciaron el alto el fuego siguen vigentes. El despliegue de fuerzas terrestres estadounidenses, los ataques contra la infraestructura civil de Irán o la destrucción de las instalaciones de tratamiento de agua, las refinerías de petróleo o los centros de datos de los países vecinos del Golfo no beneficiarían a ninguno de los intereses de las partes beligerantes. Esto no significa predecir el surgimiento de una paz formal, integral y duradera. Pero sí sugiere que una vuelta a la guerra a gran escala, aunque posible, no es inevitable. Esto nos permite hacer una evaluación preliminar de la guerra y sus efectos.
El gran ganador es Rusia. Su economía se ha beneficiado significativamente del aumento de los precios de la energía. La relajación de las sanciones estadounidenses sobre el petróleo ruso se sumó a esta ganancia inesperada y bien podría prolongarse más allá del retorno de los precios de la energía a los niveles previos a la guerra. El Kremlin también se benefició del uso por parte de Estados Unidos de armas que podrían haber ido a parar a Ucrania y que no son fáciles de reemplazar, y el deterioro de la relación de Estados Unidos con Europa ha debilitado aún más a la OTAN, un objetivo de larga data del presidente ruso Vladimir Putin.
China también ha salido ganando. Se beneficia de un renovado enfoque de Estados Unidos hacia Oriente Medio, lo que se traduce en una reducción de las fuerzas y la potencia de fuego estadounidenses en el Indo-Pacífico, lo que significa que habría menos armas disponibles para cualquier contingencia en Taiwán. Además, dado que Estados Unidos ha socavado significativamente su posición en Oriente Medio con su imprudente guerra, China podría emerger como un socio muy codiciado en la región.

¿Quién sale peor parado? El conflicto fue claramente perjudicial para las relaciones entre Estados Unidos y Europa y para Taiwán, así como para Ucrania, debido a los avances de Rusia. Al mismo tiempo, sin embargo, la tecnología de drones de vanguardia de Ucrania ha ayudado al país a establecer nuevos lazos comerciales y de seguridad con los Estados del Golfo, incluida Arabia Saudí.
Un Irán más agresivo ha puesto de manifiesto las vulnerabilidades de los Estados árabes (Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Kuwait, Catar y Omán). Ahora deben vivir bajo la sombra de Irán y enfrentarse a la posibilidad de un nuevo conflicto, lo que pone en peligro el modelo económico de la región —basado en la estabilidad, la inversión extranjera y el turismo—.
El otro gran perdedor de la guerra no es un país, sino una población: el pueblo iraní. El régimen, que ya había matado a decenas de miles de civiles antes de que comenzara la guerra, está ahora más afianzado que nunca, con líderes posiblemente más intransigentes. Nada de esto augura nada bueno para las perspectivas económicas o la libertad de los iraníes.
Los tres países más afectados por el conflicto son los más difíciles de evaluar. Todos ganaron y perdieron, pero algunos perdieron más que otros.
Irán perdió gran parte de su poderío militar convencional. Su economía, que ya se encontraba en pésimas condiciones antes de la guerra, está ahora en una situación mucho peor. Muchos líderes políticos y militares fueron asesinados.
Pero también se puede argumentar que Irán salió ganando con la guerra. Demostró su capacidad para plantar cara con éxito a EE. UU. y absorber el castigo sin dejar de ser capaz de hacer daño a otros y ejercer influencia regional. Es probable que Irán desempeñe un papel significativo, si no exclusivo, en el funcionamiento del estrecho de Ormuz en el futuro, lo que le dará influencia y, posiblemente, ingresos. Es muy posible que conserve elementos de su programa nuclear. En el futuro previsible, el régimen parece seguro.
En cuanto a Israel, muchos de sus objetivos bélicos no se han cumplido. Israel redujo, pero no eliminó, la capacidad de Irán para proyectar su poder. No logró el cambio de régimen que buscaba, y el cambio de liderazgo que sí se materializó probablemente irá en detrimento de Israel.
Sigue sin estar claro si algún acuerdo de paz impedirá el apoyo iraní a sus aliados (Hezbolá, Hamás y los hutíes) o limitará su arsenal de misiles balísticos y drones. Un acuerdo de paz podría incluso imponer restricciones a la capacidad de Israel para utilizar la fuerza militar contra Irán y sus aliados.
La relación entre Estados Unidos e Israel también podría empeorar. La indignación de la izquierda estadounidense por la guerra de Gaza ya había puesto bajo presión estos lazos históricos. Ahora, los estadounidenses de la derecha argumentan cada vez más que Israel llevó a Estados Unidos a una guerra en el extranjero para servir a sus propios intereses. Si Israel rompiera el alto el fuego y volviera a involucrar a Estados Unidos, la actitud hacia él podría empeorar.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, inició la guerra bajo la aparente suposición de que sería rápida y fácil, como la intervención en Venezuela. Pero los resultados deseados por la Administración —una victoria militar decisiva, el fin del programa nuclear de Irán y un cambio de régimen— no se materializaron. En el proceso, murieron 13 soldados estadounidenses y cientos resultaron heridos. Varios aviones fueron derribados. Cinco semanas de guerra costaron decenas de miles de millones de dólares. Las municiones se consumieron mucho más rápido de lo que pueden reponerse.
La guerra también puso de manifiesto la incapacidad de Estados Unidos para proporcionar una defensa adecuada a sus aliados en la región, lo que ha debilitado esas relaciones. La decisión de Estados Unidos de no consultar con muchos de sus aliados antes de atacar a Irán ha reforzado la percepción de que es un país errático y que menosprecia las preocupaciones legítimas de los demás.
Mientras tanto, el precio de la gasolina se ha disparado en el país y los agricultores se enfrentan a una escasez de fertilizantes. Todo esto sugiere que es probable que se produzca una mayor inflación y una desaceleración de la economía. Por su parte, Trump a menudo parecía inestable, y sus publicaciones en las redes sociales planteaban dudas sobre su criterio y su temperamento. Los objetivos no eran ni claros ni constantes, y el aparato de formulación de políticas parecía disfuncional.
Trump puede seguir insistiendo, y lo hará, en que la guerra fue un gran éxito, pero la realidad es otra. Los éxitos tácticos en el campo de batalla y el impresionante rescate de un piloto no pueden ocultar lo que se perfila como una derrota estratégica.
Durante la campaña presidencial contra el presidente en ejercicio Jimmy Carter en 1980, Ronald Reagan preguntó al pueblo estadounidense: «¿Están ustedes mejor que hace cuatro años?». Muchos pensaron que no, lo que contribuyó a la victoria de Reagan aquel noviembre. Hoy se podría plantear una pregunta similar a los estadounidenses: «¿Están ustedes mejor que hace cinco semanas?». La respuesta es un rotundo «No».
Si la guerra de Irán hubiera sido una guerra de necesidad —si los intereses vitales de Estados Unidos estuvieran en peligro y no hubiera alternativa al uso de la fuerza militar—, el enorme coste para Estados Unidos y sus aliados podría estar justificado. Pero Estados Unidos tenía tiempo y otras opciones. Sin embargo, Trump emprendió una guerra por elección propia, una decisión que la historia juzgará con toda seguridad con dureza.
---
Richard Haass, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores, es asesor sénior de Centerview Partners, académico distinguido de la Universidad de Nueva York y autor del boletín semanal de Substack Home & Away.