Por: Sofía Calderón.   29 noviembre, 2020

Pasarán años antes de que podamos dimensionar exhaustivamente las ramificaciones e impacto del COVID-19 en la economía y la sociedad. Sin embargo, algo cierto es que nos mantendremos en un proceso iterativo de aprendizaje y adaptación, no solo para responder, también para prosperar.

Sin temor a equivocarme, hoy diría que no existe una sola persona en el mundo que no haya experimentado algún cambio producto de la pandemia. Las mujeres con responsabilidades laborales de tiempo completo no son la excepción, de hecho, son uno de esos grupos susceptibles con repercusiones realmente áridas que trascenderán en el tiempo.

Foto: Shutterstock
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Ante este panorama es importante mostrarse intencional, ¿Por qué hablar del impacto de la pandemia en mujeres trabadoras y no en hombres? A título personal he estado siguiendo los datos y lo cierto es que, desde marzo las diferencias ya eran abismales: mientras el 32% de los hombres con hijos menores de 18 años refirió un detrimento en su salud mental, el 57% de las mujeres describió el mismo patrón; casi el doble según una encuesta aplicada por Glassdoor. Posterior a esto, Deloitte realizó una encuesta a 400 mujeres trabajadoras en diferentes países del mundo, la cual reveló una cifra alarmante: antes de esta crisis sanitaria solo el 16% de las mujeres trabajadoras era responsable de las labores de cuido hasta en un 75% y en pandemia ese porcentaje se ha triplicado. En otras palabras, hoy casi el 50% de las mujeres que tienen responsabilidades laborales a tiempo completo también se hace cargo de la mayoría de las labores de cuido en sus hogares y la mitad de las que tienen hijos también se hacen responsables del homeschooling.

Me conmovió reconocer que este estudio también revela que siete de cada diez mujeres están convencidas de que la presión que hoy experimentan va a repercutir negativamente en el desarrollo de su carrera y el 54% considera que sus homólogos hombres van a sobresalir y avanzaran más rápido.

Lo anterior es realmente desesperanzador porque las últimas décadas fueron testigos de un avance heterogéneo, pero importante, en la participación laboral de las mujeres en los países de nuestra región. De hecho, producto del compromiso de una agenda regional compartida en materia de género, antes de la pandemia había más mujeres participando en el mercado laboral que en cualquier otro momento de la historia. Sin embargo, la crisis sanitaria está entorpeciendo estos avances, sobre todo, porque esta, a diferencia de otras crisis, ha sacudido a sectores que suelen ser grandes empleadores del ala femenina como son el comercio y la hotelería.

Las diferencias se ampliarán, es fácil entender que mientras las mujeres sin labores de cuido demandan más oportunidades de aprendizaje y visibilidad, las que tenemos el recargo demandamos mayor flexibilidad, jornadas reducidas y mejores políticas parentales.

Como si fuera poco, las brechas se seguirán ampliando, porque empieza también a dibujarse una clara división entre aquellas mujeres con trabajo de tiempo completo y recargos de cuido y las que no lo tienen, y sus patrones y expectativas difieren. Por ejemplo, según este último estudio, aquellas sin responsabilidades de cuido presentan mayores niveles de estrés físico y mental, casi 10% por encima de aquellas que son responsables del cuido. Al observar este patrón, yo como mujer trabajadora de tiempo completo con dos niños en edades preescolares, me detuve a interiorizarlo ¿lo habré entendido bien? Corroboro los datos y reflexiono en las razones, repaso mi día y reconozco en cómo me obligo a hacer pausas activas para atender a mis niños y en cómo los momentos con ellos me energizan y distraen del ritmo acelerado del teletrabajo. Este estudio también lo constata porque el segmento de mujeres sin labores de cuido muestra una mayor necesidad de estar siempre disponible en su labor, un claro disparador de los niveles de estrés.

Sin duda, estas diferencias se ampliarán, porque analizando lo que esperan estos dos grupos de sus empleadores, es fácil entender que mientras las mujeres sin labores de cuido demandan más oportunidades de aprendizaje y visibilidad, las que tenemos el recargo demandamos mayor flexibilidad, jornadas reducidas y mejores políticas parentales. Dicho en otras palabras, al igual que las empresas en la pandemia, mientras el primer grupo aspira a desarrollar un perfil exponencial y transformarse, el segundo araña condiciones que le permitan subsistir.

No tengo afán de ser extensiva, pero si a este ya deteriorado panorama se le suma la imposibilidad de muchas familias de seguir apoyando a sus hijos en materia de educación producto de la pérdida de empleo y la reducción de jornadas, el gran reto de preparación e inserción que usualmente enfrentan las mujeres en nuestros países se profundizará.

Sin embargo, ante tantas llamadas de atención me niego a cerrar esta nota únicamente con matices negativos. Sobre todo, porque sorpresivamente el 75% de una muestra de empresas centroamericanas consultadas por Deloitte, recientemente aseguró que ha logrado construir un propósito común y avanzar de forma resiliente aún en estos meses de tribulación. Positivamente, gran parte de estas empresas se muestran conscientes de la importancia de rediseñar el concepto de bienestar e impulsar la diversidad, el respeto e inclusión como elementos no negociables.

De facto, hay mucho que las organizaciones pueden hacer para contener el impacto de la pandemia en las mujeres trabajadoras. Como punto de partida es vital entender las diferencias que existen dentro de esta fuerza laboral y promover un liderazgo basado en la empatía y confianza. Con esta base construida, las acciones pueden ser ajustables a los distintos arquetipos identificados; sin embargo, se recomienda que las tácticas estén sustentadas en conversaciones sinceras y recurrentes. La escucha activa y consciente de sesgos será la clave en estos espacios.