Por: Jairo Mena Arce.   22 julio

A estas alturas de la emergencia nacional, todos hemos vivido de cerca el desempleo, ya sea por experiencia propia, por un familiar, un compañero, un amigo, o un conocido; sea cual sea la relación, el desempleo “se puede ver”. Esta es definitivamente una de las repercusiones sociales más graves que ha causado la emergencia nacional. Los datos proporcionados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) para el trimestre “marzo—abril—mayo” mostraron el desempleo más alto desde que se aplica la Encuesta Continua de Empleo (ECE).

Pero; ¿esa tasa de 20,1% de desempleo refleja la realidad actual del país y totalidad de los impactos del COVID-19 en el empleo de Costa Rica? La respuesta es no, y a continuación algunas de las razones:

1. La metodología de la encuesta: la ECE se realiza de manera permanente durante todo el año. Y alcanza una muestra cercana a las 9.000 viviendas por trimestre.

Esto implica que el 20,1% de desempleo se concluye de 3.000 hogares entrevistados en marzo (cuando inició la incertidumbre); 3.000 hogares en abril (cuando iniciaron las medidas empresariales); y otros 3.000 hogares en mayo (cuando se consolidaron los daños al empleo a cabalidad). Los datos de mayo sostienen a la baja el resultado del trimestre.

El trimestre “enero—febrero—marzo” mostró un desempleo del 12,5%; para el periodo terminado en abril la cifra aumentó a 15,7%; esto implica que las 3.000 familias encuestadas en abril alcanzaron un desempleo aproximado del 22%. Bajo esta misma lógica, para alcanzar una tasa del 20,1% entre marzo y mayo, el último mes tuvo que haber agregado desempleo superior al 25% entre los entrevistados esos últimos 30 días.

Sin duda la tasa de desempleo para el trimestre venidero y terminado en junio se va a incrementar aún más, ubicándose muy posiblemente entre 24% y 25%, sin descartar la posibilidad de que sea aún mayor.

2. El tamaño de la fuerza de trabajo: la fuerza total de trabajo del país es la base para el cálculo del desempleo. Sus variaciones son importantes no solo porque afectan directamente los resultados, sino que también reflejan el comportamiento de la oferta laboral del país.

Para primer trimestre de este año, la fuerza de trabajo total fue de 2.522.328 personas. Para el lapso entre marzo y mayo esta fue de 2.328.633 personas. Evidenciando una disminución de casi 194.000 individuos.

Una persona desempleada es aquella que a pesar de querer trabajar no tiene empleo; quien carece y deja de buscar trabajo ya no es parte del desempleo. Por lo que la pregunta clave es: ¿Qué motivó a 194.000 personas a dejar buscar trabajo de enero a mayo?

Optar por la pensión es una de las razones; no obstante, según datos de la Superintendencia de Pensiones, la población pensionada neta aumentó en poco menos de 8.000 personas de enero a mayo de este año. Por lo que todavía falta por explicar la salida de casi 186.000 personas de la fuerza laboral. ¿Qué motivó esta deserción? ¿La inexistente necesidad de trabajar? ¿Cambio de prioridades? ¿Resignación? Sea cual sea la razón fue detonada en estos últimos meses.

3. El “sub” subempleo: el subempleo llegó al 17,6%, es decir, 96.877 personas más en situación de subempleo de enero a mayo. No obstante, según datos del Ministerio de Trabajo la situación COVID-19 ha generado más de 60.000 suspensiones de contratos y más de 160.000 reducciones de jornadas. Lo que evidencia una subcontabilización. Además, es importante señalar que si la situación no mejora, si las empresas no vuelven a operar lo más pronto posible, si el comercio no abre de nuevo, esta población está a un paso del desempleo.

En definitiva, la crisis laboral que vive el país es mucho más grave de lo que puede evidenciar el dato de 20,1%. La economía demanda políticas públicas de reactivación, pero ante la evidente falta de claridad política en esta línea; es necesario, por lo menos, que se le permita al sector privado trabajar, dado que es el único en este momento con capacidad de combatir el desempleo.

 Foto: John Durán
Foto: John Durán