Por: .   4 mayo, 2014
Solís apostó con poco riesgo
Solís apostó con poco riesgo

El padrón electoral de estas recientes elecciones fue de 3.078.321 votantes. Para las elecciones del 2002, las primeras en la historia en ir a segunda ronda, ese padrón era de 2.279.851. Entre la primera, la del 2002, y la más reciente, el crecimiento del padrón fue sustancial: 34,62%.

Ahora, considérese la siguiente pregunta hipotética a partir de lo anterior: ¿Cuántos votos habría obtenido Luis Guillermo Solís con el actual padrón electoral, si hubiera alcanzado el mismo porcentaje del voto válido que Abel Pacheco (57%) logró en la segunda ronda del 2002, y con el mismo nivel porcentual de abstencionismo de entonces (39,8%)? La respuesta: 1.056.000 y pico votos. En otra palabras, repetir como mínimo el rendimiento de Abel Pacheco y el nivel de abstencionismo de la segunda ronda del 2002, se traducía para Luis Guillermo Solís en su meta del millón de votos más un spread .

Esto pareciera tirar una luz enteramente distinta sobre ese objetivo tan comentado. En particular porque el panorama de riesgo que enfrentó el actual presidente electo hacia la segunda ronda, no fue tan complicado como al que hizo frente el presidente Pacheco en su momento para llegar a lo que sería equivalente (hoy por hoy) al millón de votos. Luis Guillermo Solís inclusive contaba con un margen de error cómodo, así como circunstancias relativamente favorables en su aventura electoral.

Para empezar le ayudaba que en la mayor parte no tuvo un contrincante activo. Abel Pacheco, mientras, nunca dejo de tenerlo. Por otro lado, en cuanto al abstencionismo, ambos enfrentaron un nivel bastante similar en sus primeras rondas, 31,16% en el 2002 versus 31,73% en la más reciente. Esto también pintaba muy bien para el próximo presidente, anterior al 6 de abril.

Hace 12 años el abstencionismo saltó unos 8,64 puntos porcentuales (p. p.) de la primera a la segunda ronda. Siendo ultraconservador en vísperas de esta anterior votación, como prueba de resistencia estadística, uno podría haber asumido que ese mismo número se redoblaría. Es decir que el abstencionismo aumentaría 17,28 p.p. Bajo ese escenario, con un abstencionismo del 49,01%, Luis Guillermo Solís tenía que alcanzar un poco menos del 64% del voto válido para superar el millón de votos.

Ciertamente, ese porcentaje se habría perfilado como más difícil de alcanzar que un 57%, pero tampoco mucho más si se es honesto. En particular tomando en cuenta la inversión de tiempo, esfuerzo y dinero que Luis Guillermo Solís venía realizando, de nuevo, como único candidato diligentemente participando en el concurso. Véanlo así: ¿quién no se habría sorprendido si Johnny Araya habría acumulado más del 36% del voto válido, con un abstencionismo del casi 50%, después de retirarse de la campaña tan crudamente?

Riesgo pequeño

Todo este análisis, a lo que viene, es a enmarcar de manera históricamente apropiada las expectativas electorales con que fuimos a las urnas este pasado 6 de abril.

El millón de votos que la campaña de Luis Guillermo Solís propuso obtener fue interpretado por una abrumadora mayoría de costarricenses como una meta que representaba todo un hito electoral. Era un número redondo poderosamente llamativo en su sencilla audacia. Como hazaña política, parecía ir contra todo pronóstico. Pero la realidad, sin embargo, es que la meta nunca corrió mucho más que un pequeño riesgo de no cumplirse.

El cambio demográfico de nuestro país se aseguró de ello. Ese millón de votos era un monto ligeramente menor al correspondiente de un rendimiento normal dentro de lo esperado, entiéndase, bueno pero nada excepcional. Precisamente como lo fue el de Abel Pacheco en la segunda ronda del 2002, la única otra que ha tenido el país. Era, para todos propósitos, un objetivo relativamente precavido y seguro.

Y ¿qué tanto importa esto? De dos maneras que no se pueden sobremirar: no mucho. Primero, porque así habría ganado con solo 100.000 votos, Luis Guillermo Solís habría ganado no obstante. Hoy por hoy, es el presidente electo de los costarricenses, completamente legitimado. Segundo, porque en cuanto a la divisa política que otorga la cantidad de votos obtenida, él superó ese rendimiento equiparado de Abel Pacheco por alrededor de 250.000 votos más –al mismo tiempo que se enfrentó a un abstencionismo de unos 4 p. p. más (aproximadamente del 43%). Ahora, si es eso es un monto verdaderamente extraordinario dada las circunstancias que encaró el candidato ganador, es una discusión que dejo abierta a los lectores.

Sin embargo, en un tercer sentido sí importa mucho porque suscita una pregunta tanto interesante como relevante: la meta del millón de votos, ¿fue escogida sin mucha más consideración que su peso simbólico? ¿Simplemente como un número que, bajo una y otra apreciación, parecía grande e imponente en términos brutos? De ser así, fue un golpe de suerte increíble que la proporcionalidad calzara tan bien.

O, ¿fue escogida por astuto diseño de mercadeo político a sabiendas de que era sumamente alcanzable, al mismo tiempo que parecía, en la sicología de nosotros los votantes, como un objetivo cerca de imposible y como una manera, en otras palabras, de condicionar las expectativas del electorado? De ser esto última, habría sido un mecanismo sumamente perspicaz, entre otras cosas.

La respuesta definitiva, creo, queda para la historia. Pero da para pensar entre los estudiosos (profesionales o no) de los ciclos electorales de Costa Rica.