El concepto formal de financiamiento de startups, llamado fondo de capital de riesgo o venture capital (VC) se remonta a mediados del siglo XX, donde encontramos ejemplos tanto de familias millonarias como de instituciones, arriesgándose para financiar compañías con potencial de crecimiento rápido y grande.
Pero en esa época y hasta los años noventa aproximadamente, el financiamiento era visto como una estructura de retorno “paciente”, con el propósito de apoyar la innovación, primero en manufactura, tecnología científica (investigación) e infraestructura, y más adelante y con el surgimiento del Internet, se fue concentrando aún más en tecnología.
Antes del siglo XXI, las startups levantaban dinero solo cuando tenían ya ventas y necesitaban crecer. Los procesos de debida diligencia eran extensos y la relación entre los fundadores de las startups y los fondos era muy estrecha.

Los fondos eran especializados en industrias particulares, y los representantes de esos fondos tenían el conocimiento para seleccionar a las startups de acuerdo a su potencial, pertenecían a la junta directiva de la startup, estaban en contacto constante con los fundadores, apoyaban a los fundadores con múltiples acciones: presentándolos con potenciales clientes y aliados, opinando en la estrategia de ventas y crecimiento, inclusive recomendando o seleccionando personal.
¿Cuándo cambió todo? Con el surgimiento del Internet se aceleraron todos los procesos y cambió la mentalidad tanto de fundadores como de inversores. El tamaño de los fondos se disparó de un máximo de $300 millones a billones de dólares. Con más dinero disponible, se comenzó a invertir en muchísimas más startups, en etapas muy tempranas, con alto riesgo, sin tan amplia diligencia y en muchas ocasiones: como parte de una tendencia, con tal de no perderse una posible buena oportunidad.
Nació el concepto de spray and pray: invertir en muchas startups, en todo tipo de negocios, a sabiendas de que la mayoría no va a lograr crecer ni venderse, pero confiando en que alguna iba a dar retornos tan grandes, que el fondo y sus inversionistas recuperarían su inversión.
Y lo más importante, al convertirse los fondos en mecanismos de inversión rápida y por volumen, la relación entre los fondos y fundadores cambió. Los fondos pasaron a ser llamados “agnósticos”, donde los representantes de los fondos invertían en todo tipo de industria, sin tener el conocimiento para seleccionar bien a las empresas ni acompañarlas después. Ya no había tiempo para dedicarle a los fundadores.
La cantidad de startups que se tiene en portafolio (en las que se invirtió) y su valor de mercado, pasó a ser más importante que el análisis de si esas startups realmente podían venderse a futuro o volverse públicas en la bolsa de valores. Y peor aún, se dejó a un lado el concepto de valor agregado real: innovación y mejora.
¿Y cuál ha sido el resultado de este cambio completo del financiamiento de riesgo o VC?
- Muchos fondos aún invierten en tendencias (en una época cleantech, hoy es la inteligencia artificial) sin detenerse a realmente analizar si tienen ante ellos una innovación o una copia.
- El financiamiento a innovación de más largo plazo, pero de tremenda importancia como la infraestructura, la agricultura, logística, entre otros, ha mermado y con ello, el avance que se necesita para solucionar problemas actuales y futuros.
- Las compañías invertidas por tendencia y no por potencial muy pronto se convierten en “zombies” o compañías que nunca llegarán a venderse
- Los fundadores de las startups se ven metidos en una carrera contra el tiempo que muchas veces no permite el crecimiento adecuado. Buscan levantar la siguiente ronda antes de buscar vender.
- Debido a que muchos fondos invierten de forma indiscriminada y a altas valuaciones, las compañías se vuelven invendibles.
- Los inversionistas que pusieron dinero en los fondos, se están quedando sin retornos.
- Y finalmente, los fundadores de las startups han perdido la confianza en los fondos y en la posibilidad de que les puedan realmente apoyar más allá de firmar un cheque.
¿Qué debe pasar ahora?
Como parte de un fondo pequeño que apoya startups en agtech, he visto el resurgimiento de fondos VC al estilo de los noventa, más pequeños, especializados, concentrados en otorgar a los fundadores lo que hoy se le llama smart money: cheques más pequeños pero acompañamiento y apoyo real. Más aún, estamos volviendo a la era de darle importancia al impacto, a marcar una diferencia. Y si bien no todos los fondos están siguiendo esta senda, los emergentes sí lo hacen.
Es imperativo volver a ganarse la confianza tanto de inversionistas como de fundadores de startups. Y también es indispensable volver a invertir en ciencia y tecnología que resuelvan problemas reales y que nos afectan a todos a nivel mundial: en la salud, la agricultura, la cadena de suministros y otros.
La autora es empresaria y gerente de Danta Fund.