Por: Jacques Sagot.   20 octubre, 2018

Al amar a un ser humano no podemos sino amar sus atributos, sus accidentes, eso que, según Pascal, no somos nosotros. Amamos cualidades, facultades, peculiaridades, acaso no más que ideas.

Sin embargo -y a pesar de la importancia desmesurada que Occidente les da-, es evidente que un hombre no es sus ideas. Antes bien, es el remanente que queda, simple, puro, irreductible, cuando de él hemos quitado todo calandrajo filosófico, todo eso que llamamos ideología.

Nadie puede amar una “forma pura”, desprovista de los atributos de la materia que la constituye (Aristóteles). La única “forma pura” que podemos amar es Dios… good luck with that, fellows.

11/4/2017. Tibas, Estudio Grupo Nacion. Retrato de Jacques Sagot, pianista y escritor. Foto: Jeffrey Zamora.
11/4/2017. Tibas, Estudio Grupo Nacion. Retrato de Jacques Sagot, pianista y escritor. Foto: Jeffrey Zamora.

Lo que amamos en el ser humano es siempre el adjetivo, no el sustantivo. La suma de cualidades que lo califican: inteligencia, bondad, dulzura, mansedumbre. Así pues, un hombre inteligente, bondadoso, dulce y manso. Pero hemos de entender que esos adjetivos no son meras colgaduras, cintas y pañuelos con los que ataviamos al ser. Esos adjetivos son constitutivos del ser.

La criatura humana se constituye a partir de los incontables epítetos que lo caracterizan. Empecemos a quitarle a un hombre -a cualquier ser viviente o inanimado- uno por uno todos sus adjetivos: ¡nos quedaremos con una voluta de humo en la mano, nuestro ente habrá sido completamente desustanciado!

A diferencia de Pascal, yo creo que al amar las cualidades de una persona amamos elementos constitutivos, fundamentantes y estructurales de su ser.

Urge devolverle al adjetivo (atributo, accidente, cualidad) su virtud instauradora del ser, su densidad ontológica, su poder creativo. La vieja “configuración binaria” (Derrida) sustancia - atributo (donde el segundo es marginal y satelital con respecto a la primera, dotada de autonomía ontológica) pide a gritos ser deconstruida.

En muchos aspectos, mi vida no ha sido otra cosa que una enorme profesión de fe y un testimonio de amor por el adjetivo: la belleza de la aesthesis, de la sensación, de lo concreto. La abstracción me asusta, me sume en el vértigo y me apabulla.