En los treinta años que llevo trabajando, el debate sobre la “capacidad de producción de China” no ha cesado. Al principio, se centraba en industrias de trabajo intensivo, como la confección, los juguetes y los electrodomésticos; en los últimos años, ha girado hacia sectores de alto valor agregado como los vehículos eléctricos y los componentes fotovoltaicos. Algunos se quejan de que China exporta demasiado, acusándola de “exceso de capacidad” y de “acaparar mercados”.
Estas preocupaciones reflejan, por un lado, cierta incomodidad ante el rápido desarrollo económico de China y el acelerado aumento de su competitividad industrial; y por otro, un malentendido de conceptos como el de “sobrecapacidad productiva”.
En primer lugar, hay que dejar claro que no se puede utilizar la etiqueta de “exceso de capacidad” simplemente porque la capacidad de producción de un país supere su demanda interna. Si tomamos el sector automotriz como referencia, los datos de las asociaciones nacionales de la industria de cada país revelan una realidad clara: en 2025, Alemania exportó cerca del 76% de su producción nacional y Japón el 50%. En contraste, China exportó apenas el 20% de sus vehículos, lo que demuestra que casi el 80% de su capacidad es absorbida por su propio mercado interno. Cada nación posee sectores en los que goza de una ventaja competitiva, como el café y los equipos médicos de Costa Rica, que también se venden en el extranjero. Si cada país se empeñara en la “autosuficiencia”, el comercio transfronterizo sería imposible y no podríamos compartir las ventajas de los demás.

Gracias a su vasta población, su volumen económico y su escala de mercado, China se ha convertido en el único país del mundo en tener todas las categorías industriales catalogadas dentro de la clasificación industrial de la ONU. Esta eficiencia en la integración de la cadena industrial y la capacidad de iteración tecnológica derivadas de su magnitud, constituyen en sí mismas una ventaja competitiva excepcional. Además, China ha ido construyendo, a través de un esfuerzo continuo, los siguientes pilares singulares:
Primero, la ventaja de la planificación. La planificación no implica economía planificada, sino la solución óptima que combina un mercado eficaz con un gobierno facilitador. Desde 1953, China ha implementado catorce “Planes Quinquenales”. Este año se ha iniciado el “XV Plan Quinquenal”, mediante el cual, a través de análisis científicos y reformas continuas, se identifican y subsanan las deficiencias para impulsar mejoras sistemáticas en el tejido industrial.

Segundo, la ventaja de la infraestructura. Gracias al esfuerzo sostenido de varias generaciones, la infraestructura china ha dado un salto histórico. El kilometraje de su red de alta velocidad y de autopistas se sitúa de primer lugar en el mundo; el número de estaciones base 5G supera la suma del resto del mundo; y China es uno de los países con la electricidad más asequible. Todo ello proporciona un soporte de base para el desarrollo industrial, la reducción de costes y el aumento de la eficiencia.
Tercero, el dividendo del talento. China no solo ha universalizado la educación obligatoria de nueve años, sino que también ha establecido el sistema de formación profesional y el sistema de educación superior más grande del mundo. Actualmente, en China se gradúan cada año a cerca de 11 millones de estudiantes universitarios, de los cuales aproximadamente 5 millones son titulados en disciplinas STEM. Este enorme reservorio de talento proporciona una poderosa fuerza motriz para la actualización industrial.
Cuarto, la inversión en investigación y desarrollo (I+D). El desarrollo científico y tecnológico de China ha entrado en una fase de innovación autónoma acelerada, y su inversión total en I+D se sitúa entre las primeras del mundo. Tomemos como ejemplo a Huawei, una empresa puramente privada: en 2025, su inversión en I+D representó el 21,8% de sus ingresos anuales, y sus empleados dedicados a I+D constituían el 53,7% de su plantilla total.
La competencia constituye el motor de la vitalidad del mercado y el camino imprescindible hacia el progreso tecnológico. El auge de las nuevas fuerzas productivas de calidad en China, si bien ha sido impulsado por decisiones gubernamentales estratégicas, es, en su esencia, el resultado orgánico de los mecanismos del mercado. Actualmente, cerca de 200,000 empresas manufactureras de capital extranjero operan en el país, integrándose en nuestra cadena de suministro para ofrecer productos de alta competitividad al mercado global. Al establecer centros de producción, infraestructuras fotovoltaicas y redes de comunicación en el exterior, las empresas chinas comparten su vasta experiencia acumulada. De este modo, sus tecnologías y productos no solo catalizan la transformación industrial de los demás países y mitigan las presiones inflacionarias, sino que también actúan como potentes generadores de empleo y de cooperación transfronteriza.
La competencia jamás debe entenderse como un juego de suma cero, sino como un motor de emulación mutua que impulsa el progreso compartido. El verdadero riesgo no reside en la fortaleza de otros, sino en la pérdida de la voluntad de apertura y en el abandono del aprendizaje recíproco. El mundo es lo suficientemente vasto como para permitir que todas las naciones cultiven sus propias ventajas competitivas y alcancen una complementariedad estratégica.
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La autora es embajadora de la República Popular China en Costa Rica.