Por: José David Guevara Muñoz.   2 abril, 2020
Incluso en las obras literarias de ficción, las luchas contra las epidemias de diversos tipos son dirigidas por voces autorizadas.
Incluso en las obras literarias de ficción, las luchas contra las epidemias de diversos tipos son dirigidas por voces autorizadas.

En su tinta no solo porque se trata de tres personajes literarios, dos mujeres y un hombre, que lideraron con éxito el combate contra diversas epidemias, sino también porque estaban en su elemento natural, en el lugar que les correspondía y se les necesitaba.

Podemos decir también que son tres líderes en su papel, no tanto en alusión a las páginas de los libros en que habitan, sino porque asumieron el rol que les correspondía o que demandó de cada uno de ellos la cruda realidad.

La tinta, el servicio y acción oportuna y eficaz; su papel, la responsabilidad ejercida con determinación, visión y conocimiento.

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Oscurece y nos reímos

Se trata, en primer lugar, de “la mujer del médico”, tal como se la denomina a lo largo de la novela Ensayo sobre la ceguera, del escritor portugués José Saramago (1922-2010), premio Nobel de Literatura 1998.

Asimismo, Ilse Tadic, la doctora de Los días de la peste, del boliviano Edmundo Paz Soldán (1967), ganador en 1997 del galardón Juan Rulfo de Cuento.

Finalmente, el doctor Bernard Rieux, personaje principal de La peste, del autor francés Albert Camus (1913-1960). Nobel de Literatura 1957.

Líder visionaria

“La mujer del médico” es la única persona que conserva la vista en una sociedad en la que paulatinamente las personas empiezan a quedar ciegas. Ella asume la tarea de velar por el bienestar de un grupo de seis individuos, incluido su esposo. Orienta, guía, organiza, ordena, apoya, advierte.

No solo eso, se encarga, a lo largo de jornadas extenuantes, de la alimentación, vestimenta, descanso, aseo, seguridad y tranquilidad -dentro de lo que cabe- de sus semejantes. Incluso, les lee antes de dormir, como si fueran niños.

Cierto, ella no es especialista en medicina, pero es la única que posee visión. “No mando, organizo como puedo, soy los ojos que dejasteis de tener... dejaos guiar por mis ojos mientras duren”, manifiesta.

En efecto, una líder que más que vista tiene visión. Se guía por lo que ve, lo que puede otear, la evidencia; no por ocurrencias ni disparates.

“Gracias a tus ojos estamos vivos”, le dice “la chica de las gafas oscuras”.

El ojo sano como metáfora de panorama y perspectiva en un mundo que “está lleno de ciegos vivos”.

Líder pragmática

En el entorno de Ilse Tadic, una caótica prisión llamada la Casona, no hay ciegos como los de Saramago, pero sí abundan aquellos que se niegan a ver y aceptar la realidad.

Además, están presentes los políticos que se preocupan más por llevar agua a sus molinos que por el bienestar de la población. Quedan al desnudo, pues pierden el tiempo en pulsos intrascendentes y luchas ególatras mientras la gente y su futuro corren peligro.

“¿Cómo ser líder en este caos?", pregunta uno de los prisioneros. La doctora no pierde tiempo tratando de responder preguntas como esa; prefiere actuar, poner manos a la obra.

Ilse Tadic no tiene tiempo para discusiones filosóficas ni debates existenciales. Tampoco para quejarse de los escasos y obsoletos recursos con los que cuenta para hacerle frente a una peste en la que los encarcelados mueren entre vómitos, ataques de tos, fiebres, articulaciones inflamadas, sangrados y cuerpos adoloridos.

Es una doctora que trabaja con lo que tiene a mano, a pesar del sentimiento de derrota que la embarga ante la tozudez de quienes insisten en no aislarse ni acatar las recomendaciones.

Tal como pregunta la escritora y periodista británica Laura Spinney en su libro El jinete pálido, sobre la llamada gripe española de 1918: “Los médicos nos dicen que, durante un brote, nos mantengamos alejados de los individuos infectados, pero hacemos lo contrario. ¿Por qué?”

“¿Y desde cuándo hacemos caso a esas reglas?”, pregunta uno de los reos.

Para Tadic no hay horarios, jornadas legales, tiempo de dormir ni compromisos personales que valgan. Tiene muy claras sus prioridades y por ellas paga cualquier sacrificio y asume todo riesgo.

Líder riguroso

Orán, ciudad de Argelia, país donde nació Camus, es el escenario donde el doctor Bernard Rieux ejerce su liderazgo en medio de una mortífera peste que se manifiesta a partir de la aparición de miles de ratas muertas.

Ese médico, a quien le toca lidiar con informaciones infundadas -como que el vino mata los microbios, la clase y la elegancia espantan a la peste y que aquello es un castigo de Dios-, se ve obligado a actuar en favor del bien común en una comunidad de profesionales competentes en materia de banca, comercio exterior, agricultura, leyes y seguros, pero con conocimientos nulos en materia de calamidades en el campo de la salud.

“Una líder que más que vista tiene visión. Se guía por lo que ve, lo que puede otear, la evidencia; no por ocurrencias ni disparates”.

No obstante, nadie puede escapar a su responsabilidad. “Al convertirse la peste en el deber de unos cuantos, se la llegó a ver realmente como lo que era, esto es, cosa de todos”, dice el narrador de la historia (el doctor Rieux).

Este líder en tiempos de calamidad se distingue por su rigor científico. A las pruebas se remite, en lugar de ceder a rumores, presiones y ocurrencias, opta por apegarse a criterios científicos.

Rieux duda. Siempre duda. No se matricula con certezas de buenas a primeras. Es adicto a los signos de interrogación y al sano escepticismo.

Además, trabaja en equipo, no se apresura a cantar victoria, está plenamente consciente de la fragilidad humana y está dispuesto a los riesgos, amenazas y sacrificios.

Y. como si fuera poco, previsor y consciente de que hay que prepararse para nuevos desafíos y problemas.

“... el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás... puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa... espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

“La vida cambia en un instante”, dice la escritora y periodista estadounidense Joan Didion (1934) en su libro El año del pensamiento mágico. ¿Alguien duda de esa verdad hoy día?

Sin embargo, eso no es lo más relevante. Lo sustancial es contar en nuestro país -como de hecho sucede- con líderes que en tiempos de crisis estén en su tinta y en su papel.