Cuando me preguntan cómo estoy, mi respuesta suele ser: «Yo estoy bien, pero el mundo es un caos». Aun así, siendo danesa, las últimas semanas fueron especialmente difíciles, y mucho peores para la población de Groenlandia. Con su afirmación de la ley del más fuerte, sus amenazas a la soberanía de Dinamarca, su debilitamiento de las Naciones Unidas mediante lo que ha llamado «Junta de Paz» y su uso comercial de la ayuda humanitaria, el presidente estadounidense Donald Trump dejó bien clara su visión del mundo; y es muy preocupante.
Pero la verdad incómoda es que el orden mundial ya estaba roto antes de la primera presidencia de Trump. Él no creó la disfunción; sólo echó leña al fuego y aceleró el declive. La ONU había dejado de ser eficaz mucho tiempo atrás, y la Organización Mundial del Comercio estaba casi paralizada. Grandes potencias regionales como la India, Brasil y Sudáfrica cuestionaban abiertamente la legitimidad de un sistema internacional todavía atado a una mirada occidental y que demasiadas veces no reflejaba sus puntos de vista ni tenía en cuenta sus intereses.

El verdadero peligro ahora es que el caos provocado por Trump sirva de excusa a la parálisis; que por ocuparnos demasiado en defender el viejo orden no consigamos construir uno mejor. Es muy tentador cerrar filas y defender las instituciones actuales por principio o por sentido del deber. Pero esta actitud defensiva supone pasar por alto lo esencial: la alternativa a un orden disfuncional no es el mismo funcionando mejor, sino otro orden mejor, o ninguno.
Cuando a las instituciones internacionales les falta legitimidad, los países atienden a sus intereses en forma unilateral. Cuando la OMC no puede resolver disputas, tarde o temprano los gobiernos apelan a la guerra arancelaria. Cuando el Consejo de Seguridad de la ONU está paralizado, los conflictos se extienden y los costos se concentran en los países más pequeños y en los bienes comunes globales. Lo hemos visto una y otra vez en lo referido a abordar el cambio climático, las pandemias, la ciberseguridad y otros problemas colectivos.
La ley del más fuerte trumpiana sólo funciona porque los límites institucionales previstos ya fracasaron. Ahora que Trump está destruyendo alegremente lo que queda del viejo orden, una estrategia de reforma y renovación es impostergable. La erosión de la legitimidad institucional crea condiciones propicias para líderes como Trump.
Quien quiera una prueba de que la reforma de las instituciones globales ya es imprescindible sólo tiene que pensar en los desafíos de la inteligencia artificial. Es una tecnología (con extraordinarios beneficios potenciales y riesgos igual de extraordinarios) que ningún país, por poderoso que sea, podrá gobernar por sí solo. Para una gobernanza eficaz se necesita exactamente lo que nos falta: cooperación global legítima y eficaz.
Es decir, que tenemos ante nosotros una oportunidad. A diferencia de reformar instituciones cargadas de décadas de disfuncionalidad y resentimientos acumulados, podemos construir marcos de gobernanza para la IA desde cero, y lo que construyamos puede ser reflejo adecuado de la realidad multipolar actual, en vez del dominio occidental del pasado.
Un posible modelo es el Proceso de Hiroshima para la IA, puesto en marcha bajo la presidencia japonesa del G7 en 2023, que reunió a grandes economías para establecer pautas voluntarias para el desarrollo y el despliegue de la IA. Pero, por supuesto, la adopción de pautas voluntarias por un grupo limitado de países no es suficiente. Lo que realmente necesitamos es un marco internacional que incluya al sur global, que encuentre un equilibrio óptimo entre la innovación y la seguridad y provisto de mecanismos de fiscalización efectivos.
No se trata de crear una nueva burocracia, sino de establecer principios claros en materia de seguridad, transparencia, responsabilidad jurídica y derechos de las poblaciones afectadas. Así, todos los países podrán confiar en que el desarrollo de la IA esté al servicio de la humanidad y no al servicio de intereses nacionales o privados estrechos.
La comparación con las armas nucleares es instructiva, aunque no sea perfecta. La IA es una tecnología demasiado distribuida para contenerla con tratados de no proliferación. En vez de eso, necesitamos algo más parecido a los marcos de gobernanza para la seguridad aérea o la vigilancia de pandemias, que operan a través de la cooperación técnica basada en intereses compartidos, con mecanismos para el intercambio rápido de información y la respuesta coordinada a riesgos emergentes.
Necesitamos marcos inclusivos, prácticos y empoderadores. La creación de una gobernanza eficaz de la IA puede ser una muestra de cómo sería un multilateralismo reformado, además de restaurar la confianza en que la cooperación internacional genera valor real. Y puede servir de modelo para otros desafíos transfronterizos.
Es innegable que el mundo está hecho un caos. Pero la solución no es defender instituciones que han perdido eficacia y legitimidad. Podemos y debemos construir algo mejor, y la IA es un buen punto de partida. La alternativa no es preservar el statu quo, es verlo derrumbarse por completo.
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Traducción: Esteban Flamini
Margrethe Vestager, exvicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de la UE para la competencia, es copresidenta de la Europa Power Initiative y presidenta del consejo directivo de la Universidad Técnica de Dinamarca.