Pocas variables macroeconómicas despiertan tanto interés y debate como el tipo de cambio.
Discutir el valor del dólar se volvió una actividad relativamente común en hogares, empresas e instancias políticas en un país que, durante muchos años, vio en la devaluación del colón la norma de su comportamiento. Sin embargo, la realidad actual ha roto todos los manuales: la apreciación cambiaria de los pasados tres años, que ya supera un drástico 30%, ha variado el libreto significativamente. En el día a día, la atención se centra en conocer cuánto más podría estar cayendo el tipo de cambio con poquísimas expectativas de una recuperación a niveles similares a los experimentados años atrás. Esta nueva realidad nos ha puesto a discutir sobre el sistema cambiario y su relación con el modelo económico, la política monetaria, el funcionamiento de los mercados y los ingresos de muchas familias.
Si bien es cierto que todo movimiento cambiario genera grupos ganadores y perdedores, el razonamiento no debe quedarse ahí. Costa Rica apostó desde hace 40 años por un modelo exportador y de desarrollo turístico que ha sido bastante exitoso y en donde el tipo de cambio sigue jugando un rol especial. Si bien este macroprecio no debe convertirse en una herramienta para generar rentas especiales, lo cierto es que una apreciación de esta magnitud y persistencia daña los estados financieros y, por ende, la existencia misma de muchas empresas. Esta situación va definitivamente a contrapelo del funcionamiento del modelo de desarrollo que se ha venido gestando. Además, el argumento de ganadores y perdedores es más complejo que un simple juego de sumas y restas; los movimientos en sectores productivos generan riesgos que no se han valorado en su justa dimensión, como la pérdida de empleos, al tiempo que los eventuales beneficios de una fuerte apreciación no siempre se trasladan plenamente a los consumidores.

Ciertamente, el excelente desempeño exportador contribuye a que las presiones sean mayores, pero ese éxito no se reparte de forma homogénea. Mientras la economía globalizada crece con fuerza, buena parte del aparato productivo local enfrenta un colón apreciado, costos internos altos y márgenes cada vez más estrechos. Para los exportadores tradicionales, productores agropecuarios y pymes que pagan sus costos en colones pero cobran en dólares, el dólar barato no es una buena noticia: es una presión diaria sobre la rentabilidad y la inversión. Por otro lado, aunque el Banco Central insiste en que el valor del dólar responde al mercado, presentar el fenómeno como el resultado de un mercado puro, eficiente y casi automático es ingenuo. Costa Rica tiene un mercado pequeño, concentrado y con una presencia relevante del Banco Central y del Ministerio de Hacienda, lo que convierte al tipo de cambio en un producto tanto de fuerzas de oferta como de decisiones políticas.
Mientras tanto el país acumula reservas con niveles históricos, el riesgo financiero aumenta para muchas empresas exportadoras y del sector turismo.
Ante este panorama, la complacencia no es una opción y se requiere una hoja de ruta de urgencia donde el Banco Central abandone su dogmatismo monetario. Con una inflación que se mantiene por debajo de la meta, es imperativo acelerar la baja de la Tasa de Política Monetaria para estimular la economía local y abaratar las deudas adquiridas; el Central no puede ser un espectador pasivo ante lo que vive el sector productivo local. Paralelamente, el Ministerio de Hacienda debe dejar de asfixiar el mercado local con la liquidación masiva de divisas provenientes de deuda externa, buscando mecanismos para que los desembolsos se utilicen para pagar vencimientos directamente en el extranjero, evitando presionar artificialmente el valor del colón. Finalmente, el Poder Ejecutivo debe entender que si no defenderá el precio del dólar, está obligado a defender la rentabilidad empresarial bajando agresivamente los costos de energía, logística y burocracia.
¿Somos víctimas de nuestro propio éxito? En cierto sentido, sí. Costa Rica construyó un modelo muy eficaz para generar dólares, pero incapaz de proteger su propia competitividad sistémica. El país exporta más y atrae más inversión, pero la visión actual parece profundizar una tendencia bajista que canibaliza nuestra propia producción. Además, la visión del Banco Central parece solo ser un observador pasivo de los problemas y queda lejos de ser parte de las soluciones.
Mantener el rumbo actual no es simplemente “respetar el mercado”, es permitir que la inacción técnica desmantele, pieza por pieza, el modelo que nos costó cuatro décadas construir. Quedan planteadas las dudas sobre cuánto más podrán resistir las empresas antes de que este éxito macroeconómico termine por devorar el tejido empresarial que sostiene al país.