Por: Luis Jiménez Silva.   21 agosto

En mi experiencia, el emprendimiento es un ámbito donde constantemente estamos en presencia y aprendemos de la dualidad representada por yin y el yang. Un monge taoísta, posiblemente diría que eso no es nada extraño o nuevo, pues según esa religión, todo el universo se fundamenta en ese equilibrio de la noche y el día, el norte y el sur, el invierno y el verano... siempre el yin y el yang.

Empecemos por la dualidad que debe darse en todo startup. Arrancamos con el yang, representado por la pasión, que es, sin duda, el combustible que mueve a toda persona emprendedora. Sin embargo, la pasión debe ser moderada por su yin: el enfoque. Este resulta fundamental para ayudar a concentrarnos en el camino que muestran los resultados de los experimentos ejecutados; para no distraerse en tareas que nos desenfocan de la meta principal, aunque nuestro apasionamiento diga que es posible y deseable.

Otro equilibrio importante en el proceso es el del miedo y la valentía. Aquí el yin, es decir el miedo, puede resultar crucial. Toda persona emprendedora tiene miedo, aunque se crea que no; la diferencia esta en lo qué hace el emprendedor con el miedo. El miedo al fracaso es su gran palanca, pues le obliga a preparse todo lo posible para no fracasar, al menos, no como un resultado final. Todos descubren que los fracasos son parte del camino, pero es la valentía la que les permite sobreponerse a ellos y construir a partir de sus enseñanzas.

Finalmente, en su línea de tiempo todo startup pasa por ciclos de escasez y abundancia, lo que lleva a una nueva dualidad, que es tan interesante como peligrosa. En el yin de la escasez, quien emprende aprende que puede hacer mucho con poco, usa a sus primeros clientes satisfechos como fuerza de ventas gratuita, su creatividad crece mientras resuelve con mucho más cuidado dónde invierte sus escasos recursos, poniendo atención a las métricas, por si debe cambiar de rumbo antes de quedarse sin nada.

De hacer lo anterior, llegará la abundancia; al principio de forma intermitente, cuando empieza a conseguir inversión, que llega interesada por los buenos resultados iniciales. Y se alcanza así el punto de inflexión más importante de toda la trayectoria, pues el futuro dependerá de la inteligencia con que se use esa abundancia para impulsar el salto definitivo o para dilapidar todo lo alcanzado, en una último equilibrio crucial que puede resultar fatal o fenomenal... siempre el yin y el yang.