Lejos de liberar tiempo y reducir la carga laboral, la inteligencia artificial (IA) está haciendo el trabajo más intenso, acelerando el ritmo, ampliando el alcance de las tareas y extendiendo la jornada de los trabajadores del conocimiento. Esa es la principal conclusión de una investigación reciente publicada por Harvard Business Review, que cuestiona la promesa más repetida en torno a la adopción de estas herramientas en empresas de todo el mundo.
El estudio documenta que, cuando las organizaciones incorporan sistemas de IA generativa para “automatizar” tareas, el resultado típico no es menos trabajo, sino más producción en menos tiempo, mayores expectativas de desempeño y una presión creciente por estar disponible más horas del día. En términos prácticos, la IA se convierte en un acelerador de la productividad, pero también en un factor de intensificación de la carga, especialmente en puestos de oficina, tecnología, servicios profesionales y áreas administrativas.
En Costa Rica, donde la estrategia nacional de IA y diversos estudios privados resaltan el potencial de estas tecnologías para aumentar la productividad en sectores de servicios, centros de contacto, finanzas y economía del conocimiento, las conclusiones de la investigación funcionan como advertencia. La forma en que las empresas ticas decidan usar la productividad extra que habilita la IA —para liberar tiempo o para subir la meta— será clave para definir si la tecnología se traduce en mejores condiciones laborales o en jornadas más densas y exigentes.
La paradoja de la productividad
La investigación parte de una paradoja. Durante años, el discurso de adopción de IA se ha centrado en que estas soluciones “liberan” a las personas de tareas rutinarias para que se enfoquen en labores estratégicas, creativas o de mayor valor agregado. En la práctica, los autores encuentran un patrón distinto: cuando una tarea se hace más rápida gracias a la IA, esa ganancia raramente se devuelve al trabajador en forma de menos horas o menos carga.
Lo que ocurre, según el trabajo de campo, es que la organización ajusta silenciosamente sus expectativas: si antes un equipo producía cierta cantidad de informes, análisis o código en un periodo concreto, la capacidad extra ofrecida por la IA se convierte en una oportunidad para aumentar el volumen, acortar plazos o asumir nuevos proyectos sin reducir las obligaciones existentes. El resultado es que se eleva el estándar de lo que se considera “normal” y se estrechan los márgenes para pausas y tiempos muertos.
La disponibilidad permanente de estas herramientas en computadoras portátiles y teléfonos personales también facilita que el trabajo se desplace fuera de la oficina y del horario formal. Correcciones de último minuto, respuestas a clientes con apoyo de IA o revisiones de documentos generados por algoritmos tienden a colarse en las noches y fines de semana, difuminando aún más la frontera entre tiempo laboral y personal.

De automatizar tareas a densificar la jornada
El trabajo de Harvard Business Review describe un ciclo de intensificación en cuatro pasos. Primero, la IA permite realizar tareas de manera más rápida y con menos esfuerzo manual, desde redactar un correo complejo hasta estructurar un informe o depurar código. Segundo, esa mejora se traduce en nuevos indicadores de desempeño: se espera que una persona produzca más, con mayor calidad y en plazos más cortos.
Tercero, la organización comienza a asignar un mayor número de tareas y proyectos a quienes utilizan IA de forma intensiva, bajo el supuesto de que “ahora sí les da tiempo”. Cuarto, al aumentar el volumen y la diversidad de actividades, se incrementa la necesidad de coordinación, comunicación y supervisión, lo que añade todavía más trabajo —esta vez, de tipo invisible: reuniones, reportes, revisiones y ajustes sobre lo que produce la propia IA.
De esta manera, la tecnología no sustituye el trabajo humano ni lo reduce, sino que lo reorganiza y lo concentra. La jornada se vuelve más densa: caben más tareas en el mismo lapso, con menos pausas, más multitarea y mayor presión por cumplir con estándares que, de no mediar una regulación interna clara, tienden a subir sin una discusión explícita sobre sus efectos en la salud y el bienestar de las personas.
El espejo para el mercado laboral costarricense
En el contexto costarricense, el hallazgo llega en un momento en que empresas de servicios compartidos, centros de contacto, firmas tecnológicas, bancos y aseguradoras, así como instituciones públicas, están acelerando la adopción de IA generativa para automatizar partes de sus procesos. La promesa dominante también aquí ha sido la de “liberar tiempo” en tareas repetitivas para que los equipos se concentren en actividades de mayor complejidad o impacto.
A la vez, estudios sobre el impacto de la IA en el empleo en Costa Rica han subrayado que una proporción relevante de los puestos actuales no desaparecerá, sino que será “potenciada” por estas herramientas, especialmente en ocupaciones de alta calificación y en sectores intensivos en conocimiento. Esa combinación —trabajos potenciados y metas de productividad más altas— crea el terreno ideal para que se reproduzca la paradoja descrita por la investigación internacional.
La experiencia de empresas que ya usan IA en atención al cliente, soporte técnico o análisis de datos muestra que los beneficios de productividad son reales, pero también que se generan nuevas expectativas de respuesta inmediata, disponibilidad casi continua y mayor flexibilidad de horario, que muchas veces se traduce en jornadas extendidas o fragmentadas. La pregunta que plantea el estudio de Harvard Business Review es qué mecanismos existen, o deberían existir, para evitar que esa productividad adicional se convierta en una trampa de sobrecarga.
Retos para empresas, trabajadores y reguladores
Para las empresas costarricenses, el mensaje central es que la adopción de IA no puede limitarse a introducir herramientas en los flujos de trabajo: debe acompañarse de decisiones explícitas sobre metas, jornadas y políticas de desconexión. Si la organización no define qué se hará con el tiempo que supuestamente se “libera”, es probable que ese espacio se llene automáticamente con más tareas, más reportes y más comunicación urgente.
También se abre un desafío para las áreas de talento humano y salud ocupacional. La intensificación del trabajo asociada a la IA no siempre se refleja en más horas registradas, sino en mayor carga cognitiva, velocidad de respuesta y presión por cumplir con estándares crecientes. Medir estos efectos y anticiparse a ellos requerirá actualizar herramientas de diagnóstico, protocolos de riesgo psicosocial y programas de bienestar.
Del lado de los trabajadores, la investigación subraya la necesidad de desarrollar no solo habilidades técnicas para usar IA, sino también capacidades para negociar tiempos de respuesta razonables, participar en el diseño de políticas internas y poner límites claros a la disponibilidad fuera de horario. La brecha entre quienes dominan estas herramientas y quienes no lo hacen puede traducirse, además, en nuevas desigualdades dentro de los equipos, tanto en carga como en oportunidades.
Finalmente, para los reguladores y hacedores de política pública, la paradoja planteada por Harvard Business Review plantea preguntas sobre si la normativa laboral vigente está preparada para un entorno en el que la jornada no necesariamente se alarga en papel, pero sí se densifica en la práctica. Aspectos como la desconexión digital, la supervisión de riesgos psicosociales vinculados a la hiperproductividad y la transparencia en el uso de IA en la gestión del desempeño podrían ganar relevancia en la agenda regulatoria.
La conclusión de fondo de la investigación es clara: la IA, por sí sola, no aligera el trabajo. Cómo se distribuya y se gestione la productividad que libera determinará si se convierte en una herramienta para mejorar la calidad de vida de las personas trabajadoras o en un nuevo motor de intensificación del empleo en Costa Rica.
