os jóvenes de 15 años no estaban nada contentos cuando Australia les prohibió el acceso a las redes sociales. Se acabó Instagram, se acabó Snapchat, se acabó TikTok. A partir de la medianoche del 10 de diciembre de 2025, las empresas tecnológicas que no impidieran que los menores de 16 años tuvieran cuentas se exponían a multas de hasta 54,6 millones de dólares australianos. En las semanas previas a la prohibición, los adolescentes compartieron consejos sobre cómo eludirla (hacer una papada para engañar a las herramientas de verificación de edad era uno de ellos).
Solo uno de cada cuatro tenía previsto dejar de usar las redes sociales una vez que entrara en vigor la prohibición. Dos jóvenes de 15 años, respaldados por un colectivo de derechos digitales, solicitaron al Tribunal Supremo una orden judicial para bloquearla.
Es fácil entender por qué los adolescentes se sintieron consternados, afirma Jeff Hancock, psicólogo y director fundador del Stanford Social Media Lab de California, que colabora con el Gobierno australiano para evaluar los efectos de la prohibición. “Su reacción es: ‘Un momento, yo no estaba haciendo nada malo. He construido este mundo. Me comunico con mi equipo de baile y mi equipo de fútbol, he creado un pequeño negocio y así es como me mantengo en contacto con mi abuela. ¡Y ahora me lo quitan!’”.
Sin embargo, el rechazo de los adolescentes australianos no ha servido para frenar el impulso global a raíz de la prohibición. Desde Noruega hasta Indonesia, pasando por Brasil y el Reino Unido, los gobiernos están elaborando leyes para limitar el acceso de sus adolescentes a las redes sociales, animados por el amplio apoyo de los padres, el alarmante deterioro de la salud mental de los adolescentes y un libro que está entre los más vendidos, The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness (La generación ansiosa: cómo la gran reconfiguración de la infancia está provocando una epidemia de enfermedades mentales). Y no son solo los políticos quienes están tomando medidas contra las empresas tecnológicas. Los tribunales también lo están haciendo: Meta, propietaria de Instagram, ha sido condenada a pagar casi 1.000 millones de dólares en multas en lo que va de 2026, después de que varios jurados estadounidenses declararan a la empresa responsable de causar daños a los usuarios jóvenes. Además, en un acuerdo anunciado el 26 de agosto, la empresa aceptó pagar más de 17.000 millones de dólares a los estados, territorios y al Distrito de Columbia de EE.UU., así como incorporar controles y medidas de protección para los usuarios menores de 18 años en Instagram y Facebook. Hay muchas más demandas en trámite.
Pocos discuten que algunas redes sociales perjudican a los niños. Son innumerables los informes sobre acoso escolar y abusos sexuales y verbales, así como sobre la exposición a pornografía, contenidos misóginos y de radicalización y material que fomenta los trastornos alimentarios. Funciones como el scroll o desplazamiento infinito fomentan un uso incesante de las redes sociales que puede desplazar actividades beneficiosas para el bienestar, como dormir o pasar tiempo cara a cara con los amigos. Sin embargo, tras dos décadas de investigación, las pruebas de que las redes sociales son tóxicas para la salud mental de la mayoría de los adolescentes siguen sin ser concluyentes.
Hay quienes esperan que el experimento natural de “antes y después” que supone la prohibición australiana pueda ser una oportunidad para evaluar los efectos de las redes sociales de forma más rigurosa.
Pero también hay un llamamiento cada vez mayor para ir más allá de la herramienta tan poco precisa que son las prohibiciones. En su lugar, políticos, investigadores, grupos de defensa e incluso los propios adolescentes afirman que ya es hora de comprender y regular los algoritmos y la experiencia que ofrecen a los adolescentes, dos aspectos que siguen siendo frustrantemente opacos.
“Tenemos que dar un giro y preguntarnos cómo podemos diseñar estos espacios para que sean seguros, eficaces, atractivos y de apoyo”, afirma Candice Odgers, experta en salud mental adolescente de la Universidad de California en Irvine.
Una etapa vulnerable
Es fácil imaginar cómo un entorno de redes sociales mal diseñado podría perjudicar la salud mental de un adolescente. Cada día, los adolescentes pueden pasar entre cuatro y cinco horas en las redes sociales, algo que en gran medida pasa desapercibido para sus padres. Y esto ocurre durante un periodo de desarrollo en el que la propensión al riesgo, así como la sensibilidad ante las recompensas, el juicio de los compañeros y la exclusión social, alcanzan su punto álgido a lo largo de la vida, mientras que el control emocional aún no ha madurado. No es descabellado sugerir que las redes sociales podrían aprovecharse de estas vulnerabilidades, desencadenando problemas de salud mental en el proceso.
Pero lo que complica el panorama es la mezcla de perjuicios y beneficios que conforman la experiencia en las redes sociales. Por cada publicación de acoso hay otra que ofrece apoyo a adolescentes marginados. Por cada publicación que fomenta las autolesiones, hay otra centrada en el bienestar mental; por cada contenido que atrofia el cerebro, hay algo educativo, alegre, incluso trascendente.
Y, de hecho, las investigaciones realizadas hasta la fecha no han aportado claridad. Algunos estudios que buscaban asociaciones entre el comportamiento de los adolescentes y las horas dedicadas a las redes sociales descubrieron que un uso más intensivo se relacionaba con resultados negativos, como depresión y ansiedad; peor capacidad de atención, toma de decisiones y sueño; además de suicidio e insatisfacción con el propio cuerpo. Pero estos estudios no pudieron determinar si un mayor uso de las redes sociales es una causa o una consecuencia de dichos comportamientos.
El debate tampoco ha quedado zanjado por los estudios longitudinales que han seguido a decenas de miles de adolescentes en el Reino Unido, Estados Unidos, Australia y otros lugares, a veces durante varios años, para analizar cómo el uso de las redes sociales en las primeras etapas de la adolescencia afectaba a la salud mental posteriormente. Algunos no encuentran ningún efecto; otros detectan pequeños efectos positivos o negativos. En un informe de 2024, las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EE.UU. documentaron con gran detalle el daño que las redes sociales pueden causar a los adolescentes a título individual, al tiempo que reconocían sus beneficios, y concluyeron que no había pruebas suficientes para afirmar que las redes sociales estuvieran causando problemas de salud en los adolescentes a nivel poblacional.
Cuando los métodos tradicionales no funcionan
A medida que siguen llegando los resultados de los estudios longitudinales, algunos expertos sostienen que la investigación sobre las redes sociales se encuentra, de forma preocupante, en una crisis metodológica, ya que los estudios existentes son incapaces de determinar verdaderos efectos causales. Esto se debe a que no reconocen las redes sociales como un ecosistema complejo de redes y bucles de retroalimentación. Entre las consecuencias de esta complejidad se encuentran nuevas variables emergentes que introducen factores de confusión en los diseños de estudio convencionales. Al igual que la edad, el género y el origen social, estas variables deberían tenerse en cuenta, pero no es así, afirma el estadístico Tobias Dahl, de la Universidad de Oslo.
Para ilustrar su argumento, Dahl y sus colegas proponen un concepto que la mayoría de los padres perciben de forma intuitiva: el costo de perderse algo, o COMO por sus siglas en inglés (cost of missing out). En un mundo en el que la mayoría de los adolescentes están en las redes sociales, aquellos que no las utilizan pueden sentirse profundamente excluidos. Cualquier impacto del COMO en la salud mental no quedaría reflejado en los estudios existentes, lo que podría ocultar el verdadero impacto de las redes sociales. No hay una solución rápida, afirma Dahl. Al intentar simplemente medir el COMO y compensarlo, uno se topa con problemas relacionados con otras variables omitidas, como las actitudes de los padres hacia las redes sociales.
Pero, ¿qué pasaría en un mundo en el que todos los adolescentes estuvieran fuera de las redes sociales? Consciente de que más de un millón de jóvenes forman parte actualmente de un experimento de política pública, el Comisionado de Seguridad Digital del Gobierno australiano —encargado de hacer cumplir la prohibición— está financiando estudios para evaluar sus beneficios o perjuicios. El proyecto, que incluye encuestas, grupos de discusión y entrevistas; el seguimiento del uso de las redes sociales en los teléfonos móviles; y en el que participan más de 4.000 adolescentes, junto con sus padres y cuidadores, está supervisado por 11 expertos, entre ellos psicólogos, bajo la dirección del Laboratorio de Redes Sociales de la Universidad de Stanford. Se analizarán los efectos sobre el bienestar, incluida la salud mental, la exposición a los riesgos en línea (existe la preocupación de que la prohibición pueda empujar a los adolescentes hacia los rincones más oscuros de Internet) y las repercusiones en la vida familiar.
Tras tres meses de aplicación, las encuestas indicaron que el sueño y la salud mental de los adolescentes no habían cambiado con la prohibición. Sin embargo, el impacto total, si lo hubiera, no quedará claro hasta que los niños más pequeños hayan superado la adolescencia.
Tal y como ya habían advertido, la mayoría de los adolescentes australianos han encontrado formas de eludir la nueva ley, y más del 85 % afirma utilizar las plataformas prohibidas tres meses después de su entrada en vigor.
La culpa recae en los gigantes de las redes
Lo que más preocupaba al Gobierno australiano era un posible incumplimiento por parte de los verdaderos destinatarios de la nueva ley: las propias plataformas de redes sociales, a las que se exigía “tomar medidas razonables” para impedir el uso por parte de menores. Empresas de redes sociales, como Snap y Meta, habían argumentado anteriormente que las prohibiciones son una mala idea debido a los retos técnicos que plantea la verificación de la edad y a los riesgos de que los menores se vean empujados hacia sitios con menos protecciones. Pero el primer ministro australiano, Anthony Albanese, consideró que las plataformas no estaban haciendo lo suficiente y anunció en junio que su Gobierno ampliaría las competencias del Comisionado de Seguridad Digital y duplicaría las multas hasta los 99 millones de dólares australianos.
Algunos investigadores consideran que los responsables políticos y los investigadores deberían cambiar de estrategia por completo. En lugar de intentar, muy probablemente en vano, aplicar prohibiciones generales, muchos defienden que es hora de reforzar el control de los algoritmos de las redes sociales: las reglas que dictan cómo se muestra el contenido a los usuarios.
Estos algoritmos están diseñados para mantener a los adolescentes pegados a sus feeds el mayor tiempo posible, ofreciéndoles contenidos que pueden ser inofensivos o banales, pero que, con demasiada frecuencia, resultan perjudiciales. Cada semana, más del 80 % de los australianos de entre 17 y 24 años ven contenidos que consideran potencialmente angustiosos, que van desde la violencia sexual hasta el fomento de las autolesiones, afirma Ella Moeck, experta en regulación emocional de la Universidad de Adelaida, en Australia. Esa exposición suele ser no deseada y se produce incluso cuando los adolescentes intentan curar sus feeds para evitarla.
Las empresas tecnológicas consideran que sus algoritmos son información confidencial, por lo que los investigadores se enfrentan a una “caja negra” cuando intentan comprender cómo funcionan y qué experiencia ofrecen a los jóvenes, afirma la psicóloga Susanne Schweizer, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sídney. “Si tienes 15 años”, dice, “y buscas información sobre la depresión, ¿te la muestran durante 50 segundos? ¿Una hora? ¿Tres días? ¿Qué está pasando realmente?”.
Los reguladores están empezando a presionar a las empresas de redes sociales para que ofrezcan transparencia. Por ejemplo, la Ley de Servicios Digitales de la Unión Europea exige, desde agosto de 2023, que las plataformas en línea con más de 45 millones de usuarios —entre las que se incluyen Instagram, TikTok y Snapchat— compartan, de forma general, cómo funcionan sus algoritmos. Pero estas medidas no contribuyen mucho a aclarar cómo los algoritmos moldean las experiencias reales de los usuarios, afirma Daniel Angus, científico social computacional de la Universidad Tecnológica de Queensland, en Brisbane.

Un mejor seguimiento del uso real
Por ello, para desentrañar esta “caja negra”, los investigadores están recurriendo a herramientas como la aplicación “Effortless Assessment of Risk States” (EARS), que en un principio se diseñó para predecir y prevenir el suicidio, las autolesiones y otras crisis de salud mental. Una vez instalada en un smartphone, EARS puede realizar un seguimiento del uso de las aplicaciones, incluido el tono de los mensajes de texto del usuario, lo que permite a los investigadores analizar el uso de las redes sociales con mucha mayor profundidad. EARS aún se encuentra en una fase inicial, pero hasta ahora los estudios han permitido conocer con mayor precisión cuánto tiempo pasan los adolescentes con el móvil: cinco horas al día, dos horas más de lo que ellos mismos declaraban.
Otra prioridad es descubrir qué anuncios ven los adolescentes en sus efímeros feeds de redes sociales; las plataformas digitales obtienen ingresos gracias a la publicidad altamente personalizada, que a veces se difunde a través de influencers. Para estudiar esto, Angus y sus colegas desarrollaron la aplicación Mobile Observation of Advertising Toolkit (herramientas para observar los anuncios en un teléfono móvil), que realiza capturas de pantalla automáticamente y las analiza para identificar los anuncios en los feeds de redes sociales de los usuarios. Mediante filtros de privacidad, solo se envían los anuncios a los servidores de los investigadores. “Esto significa que podemos examinar el ecosistema publicitario y ver cosas que de otro modo no veríamos”, afirma Angus.
Una versión preliminar de la aplicación Toolkit, basada en navegadores, identificó anuncios de apuestas ilegales e incumplimientos de la normativa australiana sobre publicidad política en los feeds de Facebook de adultos, explica Angus. El equipo está utilizando ahora la aplicación Toolkit para capturar anuncios en los feeds de YouTube, Facebook, Instagram y TikTok de jóvenes adultos.
Pero, ¿podría ser innecesario todo este sinfín de trámites para obtener una visión de las interacciones dinámicas y altamente personalizadas entre el algoritmo y los adolescentes? Tim Errington, director de investigación del Center for Open Science, una organización sin ánimo de lucro con sede en EE.UU., espera que así sea. El centro ha negociado un acuerdo por el que el gigante tecnológico Meta comparte datos sobre la experiencia en Instagram con los investigadores, manteniéndose al margen del diseño y la ejecución del estudio. El proceso de intercambio de datos, gestionado por el Centre d’Accès Sécurisé aux Données de París, consiste en enviar a los investigadores una caja fuerte de datos segura, autenticada mediante huella dactilar.
Un estudio que se está llevando a cabo en el marco de este acuerdo, conocido como el Instagram Data Access Pilot, examina la interacción sincrónica entre diferentes tipos de actividad en Instagram y los sentimientos positivos y negativos en australianos de entre 18 y 25 años, a lo largo de 14 días. (El plan original era incluir a menores de 16 años, pero la prohibición australiana lo impidió).
“Lo importante es que les preguntamos en ese mismo momento. No les pedimos que recuerden cómo se sintieron”, afirma Moeck, responsable del estudio. Los participantes completan encuestas de dos minutos que aparecen en sus teléfonos seis veces al día. Meta proporciona datos de actividad con marca de tiempo, incluyendo cuándo se publicaron las entradas, los comentarios y los “me gusta”. Moeck espera que el estudio ayude a aclarar cómo los diferentes tipos de comportamiento en las redes sociales afectan a las emociones, y viceversa.
Otros estudios incluidos en el acuerdo aportarán más detalles al panorama. Uno investigará el impacto del contenido beneficioso y perjudicial de Instagram en el bienestar de los adultos jóvenes; otro, si la sensibilidad a los “me gusta” y otras recompensas de las redes sociales es un factor de riesgo para la depresión. Se espera que los primeros resultados se publiquen en junio de 2027.
Frustración en ambos lados
Los acuerdos de investigación como estos no son fáciles de forjar, afirma Errington. Mientras que los investigadores se han sentido frustrados por no tener acceso a los datos, las empresas de redes sociales se preguntan: “¿Cómo sé que, si les doy los datos, van a hacer un trabajo de calidad? ¿O simplemente se van a quedar ahí sentados buscando la narrativa que les conviene?”, explica. De esta forma, añade, “se hace que ambas partes rindan cuentas la una ante la otra”.
Errington espera que el programa piloto de acceso a datos de Instagram dé lugar a un marco establecido para el intercambio de datos entre las plataformas de redes sociales y los investigadores. El punto óptimo, afirma, se alcanzará cuando las empresas acepten probar diferentes configuraciones de algoritmos en colaboración con los investigadores, de modo que los resultados puedan influir directamente en las políticas.
Para Angus, ese día no puede llegar lo suficientemente pronto. “A falta de transparencia, acabamos con una formulación de políticas realmente muy terrible”, afirma. “Hay muchas formas en las que podríamos regular de manera constructiva dentro del entorno de las plataformas, en lugar de expulsar a los jóvenes de ellas”.
Una opción sobre la mesa es regular de forma independiente los distintos sistemas dentro de las plataformas de redes sociales, en lugar de las plataformas en su conjunto. Esto podría suponer exigir a los sistemas de recomendación que eligen qué contenido mostrar que limiten las funciones adictivas, o exigir que los sistemas de búsqueda que exponen a los usuarios jóvenes a contenidos nocivos sean seguros por diseño. Podría prohibir funciones como el scrolling o desplazamiento infinito. “No solo estaremos previniendo los daños que vemos ahora, sino que cualquier otra aplicación que utilice la misma tecnología estará sujeta a esa legislación”, afirma Sandersan Onie, investigadora en salud mental de la Facultad de Medicina de Harvard en Boston, que ha publicado un marco para dicha regulación.
Es probable que los responsables políticos de todo el mundo estén barajando nuevas formas de regulación mientras esperan a ver el impacto del experimento de Australia con las redes sociales. Hancock insta a la paciencia. “No es como si agitaras una varita mágica y, de repente, los niños estuvieran en los campos de fútbol”, afirma. En cambio, es posible que una generación completamente nueva tenga que atravesar la adolescencia con una exposición limitada a las redes sociales antes de que se produzca el cambio.
Pero hay un aspecto en el que la prohibición australiana está teniendo un impacto más inmediato. En todo el mundo, ya ha cambiado las actitudes hacia el diseño y la regulación de las redes sociales, y ha aumentado el escrutinio público de las herramientas que utilizan las empresas para hacer que sus productos resulten irresistibles. “Realmente ha cambiado el debate a nivel mundial”, afirma Hancock.
Artículo traducido por Debbie Ponchner
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Este artículo fue publicado originalmente en Knowable Magazine, una publicación sin ánimo de lucro dedicada a poner el conocimiento científico al alcance de todos. Suscríbase al boletín de Knowable en español”.