En el marco del Día del Niño me parece importante recordar algo que les he comentado en otras ocasiones: los niños necesitan moverse, y no como “premio” ni como “castigo del doctor”, sino como parte de su desarrollo, desde antes de gatear.
Unicef señaló en el 2023 que Costa Rica tenía “el índice más elevado de casos de sobrepeso y obesidad en la población de 5 a 19 años en la subregión de América Central, alcanzando un preocupante 31,7%.” Eso es un pelín más que la de los adultos, que —según nuestro Ministerio de Salud— se ubicaba en 31,4% en 2022. Capaz que ahora están empatados.
¿En serio la incidencia del sobrepeso en nuestros güilas, que deberían andar corriendo de arriba para abajo, subiéndose en todo lado y pegando brincos sin parar, es casi la misma que la de una persona adulta que trabaja ocho horas diarias sentada?
Algo está mal.

Se sabe que el movimiento es salud. Diversos estudios ligan el ejercicio con buena salud cardiaca, mayor longevidad y de calidad cognitiva, mejor salud mental y otros beneficios que la ciencia lleva décadas documentando.
Pero, aunque es posible crear hábitos a cualquier altura de la vida, mejor empezar desde temprano, ¿no?
Un estudio publicado en la última edición del Journal of Sports Science and Medicine siguió a 63 peques de 3 a 6 años durante 12 semanas, divididos según su frecuencia real de participación en actividades multideportivas estructuradas: desde menos de 1 vez por semana hasta 3 o más veces.
Midieron su desarrollo motor grueso (locomoción y control de objetos) antes y después, y encontraron que quienes hacían actividad física estructurada 2 veces por semana tenían mejoras significativamente mayores en habilidades específicas: salto horizontal, golpe de pelota a dos manos y dribleo con una mano.
Pero, ¿a quién le importa que mi hija sepa driblear o que mi hijo brinque bien?
Ahí está el detalle, dijo Cantinflas. A nadie le debería importar el dribleo ni el salto en sí mismo. Lo que importa es lo que ese hábito estructurado representa a largo plazo. Establecerlo desde temprano, por las buenas, es una ventana de desarrollo que, si se aprovecha o se pierde, tiene efecto dominó hasta la adolescencia.
A (¿casi?) nadie le gusta dedicarle tiempo a lo que le cuesta, y la relación es inversamente proporcional también. Así lo vio un análisis de diversos estudios con cientos de participantes en total, que concluyó que aprender a moverse bien desde la infancia (correr, saltar, lanzar, atrapar) no solo mejora la condición física de los niños, sino que hace que el ejercicio sea divertido y se convierta en un hábito para toda la vida.
Similarmente, otro estudio longitudinal con varios cientos de participantes mostró que la relación entre competencia motora y actividad física es recíproca a lo largo de la niñez y la adolescencia temprana y que, sin intervención, las brechas (poca habilidad motora + poca actividad) tienden a persistir y ampliarse, no a corregirse solas.
Además, una investigación en la que participaron más de 3.000 pares de hermanos gemelos encontró que un desarrollo motor infantil más avanzado, el que se logra precisamente con la práctica, predice mayores niveles de actividad física en el tiempo libre en la adultez joven, independientemente de factores genéticos y ambientales compartidos entre hermanos.
O sea, niñez físicamente activa = adolescencia y adultez físicamente activa = vejez saludable. Point blank, period.
Yo fui una de esas güilas a las que no les gustaba la clase de Educación Física porque me costaba. Mi mamá, el día antes del examen, quitaba los colchones de las camas y me ponía a practicar. No es chiste. Y por años crecí diciendo (y creyendo) que yo no podía correr. Lo decía así, totalmente convencida de que tenía una especie de discapacidad física que me lo impedía.
A los 25 años empecé a correr (en intervalos de 2 y 3 minutos hasta completar 15, y llegaba jadeando como si hubiera sido Forrest Gump cruzando USA). Y me gustó. Me gustó tanto que quise aprender otras actividades físicas. Y me gustó tanto que seguí entrenando más y ejercitándome más, al punto que quise volverme entrenadora.
Pero, chequellos, ¡cómo me hubiera gustado saber que me podía gustar hacer ejercicio desde antes! No haber perdido 25 años de mi vida siendo una papa sedentaria que se la pasaba viendo tele y haciendo manualidades. Que conste: me sigue gustando eso, ¡pero ya no puedo pasar un día sin moverme!
Por eso, si hay una sola cosa que se llevan de este post, que sea esta: debemos enseñarles a los peques, ojalá con el ejemplo, a dedicarle dos momentos semanales de actividad física estructurada para que ellos puedan descubrir, mucho antes de lo que yo lo descubrí, que moverse se siente bien.
