Por: Roy Campos.   2 septiembre

Aunque el perfeccionista es el subalterno ideal para cualquier gerente, su orientación al detalle puede resultar sumamente desgastante, psíquica y físicamente. Amerita entonces entender algunos rasgos básicos de esta personalidad dentro del ejercicio profesional, como sugiere el libro del psiquiatra Javier Schlatter, titulado “Ser felices sin ser perfectos”.

Al perfeccionista le supera la necesidad de cumplir el deber, y conforme más le absorbe el trabajo, más confirma sus patrones de autoexigencia. Aparentemente, preocuparse por el trabajo le hace sentirse más tranquilo. Por ello, debe evitar el “micromanagement”, dar paso a la creatividad, romper la rutina, y no obsesionarse con la mejora continua.

Le cuesta delegar, decir que no, y se agota rápidamente, como consecuencia de querer controlar lo que pasa a su alrededor. Le apasiona resolver problemas, pero eso le impide ver el conjunto. Puede ayudarle pensar que la perfección absoluta es humanamente imposible.

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La autoexigencia del perfeccionista le impide descansar. El agotamiento que esto provoca, tarde o temprano genera fantasmas de inseguridad y afecta la autoestima. Debe delegar, decir lo que le preocupa, dejarse ayudar, aunque eso implique reconocer ciertas limitaciones y verse vulnerable.

Le gusta “rumiar”, entender al detalle las situaciones profesionales – “overthinking” en inglés–. Se trata de un mecanismo de reaseguramiento emocional: incluso busca explicaciones racionales a situaciones emocionales. La realidad es más compleja de lo que parece, y ese “darle vueltas a las cosas” más bien puede complicar su existencia. Debe aprender que la vida no da garantías, y que toda recompensa o éxito exige un riesgo, aunque sea controlado.

El perfeccionista tiene poca tolerancia a la incertidumbre. Por eso vive más tranquilo en entornos profesionales donde priman las normas y los procesos establecidos. No obstante, la peor decisión es la que no se toma. Puede ayudarle reconocer que asumir un riesgo, cuesta; y conservar la seguridad, paraliza.

Le gusta poseer información, porque brinda seguridad; pero un exceso de datos puede conseguir el efecto contrario. Debe aprender a navegar con incertidumbre, porque desconocer ciertos detalles no implica perder la visión de conjunto para tomar buenas decisiones.

Al perfeccionista lo puede definir un pensamiento dicotómico: las cosas son blanco o negro. En consecuencia, se deja llevar por el pesimismo. Suele guardar una memoria más concreta de lo que salió mal, pero más difusa de lo que salió bien. En cambio, si parte de la realidad puede ser positiva y más optimista, para motivar a su equipo y mirar con esperanza el futuro.

Posee una gran sensibilidad, la cual está perfectamente disimulada, precisamente porque cuida mucho sus formas externas. Por ello, debe aprender a convivir con las emociones y la mejor manera de hacerlo es aprender a expresarlas: bajar la guardia, dar paso a la empatía, y no intentar que las personas encajan dentro de sus estereotipos del liderazgo.