Por: José David Guevara.   12 febrero

Etiquetar a otras personas debido a sus ideas, opiniones, gustos, creencias, afinidades políticas, estilo de vida, actitudes, reacciones, intereses, hábitos, luchas, visiones, complejos, dudas, certezas, errores, sueños, temores, obsesiones, clases sociales, posición económica, formación académica, amistades, temas de conversación, enfermedades, pasado, pasatiempos, formas de vestir, profesión u oficio, estado civil, apariencia física, pasatiempos, nacionalidad, domicilio, etcétera, ha formado parte siempre de la naturaleza humana.

No es nada nuevo.

Sin embargo, el inicio del 2018 nos muestra a una Costa Rica en la que lamentablemente se etiqueta (encasilla, clasifica, estigmatiza) con una alta dosis de desprecio, altanería y burla a quien es o piensa diferente.

"Ateo". "Pandereta". "Ricachón". "Fanático". "Pecador". "Ignorante". "Animal". "Bestia". "Inútil". "Idiota". "Estúpido". "Acomplejado". "Resentido social". "Inculto". "Manipulador". "Cavernícola". "Baboso". "Hipócrita". "Pendejo". "Dinosaurio". "Bruto". "Comunistilla". "Burro". "Corrupto". "Tarado". "Arrastrado". "Cara de barro". "Oveja". "Choricero". "Muerto de hambre". "Alucinado". "Extremista". "Falto de valores". "Inescrupuloso". "Títere". "Payaso". Rebaño". "Maricón".

Esos y otros epítetos de mayor calibre abundan en nuestro país durante estos días de agitación política-religiosa.

A falta de un debate respetuoso, inteligente, constructivo y empático —tan necesario y urgente para una Costa Rica con problemas que no podemos seguir postergando— entre un bando y otro llueven etiquetas que procuran desacreditar a los "contrarios".

Perderle el miedo a los acuerdos

No es hora de perder tiempo valioso en el absurdo intento de meter a los demás dentro de las camisas de fuerza de rótulos o marcas maniqueístas, sino de moderar los discursos para estimular acercamientos, promover diálogos y entendimientos, y empezar a esbozar acuerdos importantes aún por encima de las diferencias.

Sí, porque en este país necesitamos perderle el miedo a las palabras acuerdo, pacto, negociación, convenio, alianza, compromiso, transigir, ceder, flexibilizar, contribuir, conceder, sumar y sacrificar.

No veo cómo podemos avanzar como nación si no renunciamos de una vez por todas a "satanizar" esos vocablos tan vitales para la vida democrática y cuya mala imagen y mercadeo negativo es promovido por quienes desean —de manera egoísta, demagoga, populista y miope— que nada cambie en Costa Rica para seguir gozando de la fiesta de los privilegios.

Olvidémonos del progreso, el desarrollo, el salto hacia el futuro, la calidad de vida y un país con mayores oportunidades para TODOS si insistimos en privilegiar conceptos como mezquindad, intereses particulares, filibusterismo, obstrucción, obstinación y cálculo político.

De paso, procuremos deshacernos al menos de unas cuantas etiquetas, en especial las denigrantes. Quizá así sí podamos ver al otro y tratar de comprenderlo, lo cual resulta imposible cuando somos momias cubiertas no por vendas sino por etiquetas.