Por: José David Guevara.   1 noviembre
Vemos solo lo que nos interesa, aquello que respalda nuestra opinión, las piezas que encajan en nuestra manera de ver el mundo. El resto lo obviamos.
Vemos solo lo que nos interesa, aquello que respalda nuestra opinión, las piezas que encajan en nuestra manera de ver el mundo. El resto lo obviamos.

Mi respuesta: tengo la impresión de que en Costa Rica se agudiza cada vez más una nociva y peligrosa actitud de indiferencia, desprecio, mofa, intolerancia y agresión ante quienes —con todo derecho— expresan, defienden o suscriben opiniones, ideas, perspectivas, análisis, interpretaciones, gustos, predilecciones y propuestas que no calzan con nuestra manera de ver el mundo.

Como que día a día nos tornamos más violentos, irracionales e intransigentes contra las personas que intentan armar el rompecabezas de la “realidad” de una manera diferente a la nuestra; aquellos que, haciendo uso de la libertad de elección, tienen otro método o sistema para colocar las piezas de la “verdad”, completar el puzzle de los grandes temas que nos inquietan e interesan como ciudadanos.

Desacreditamos, ridiculizamos, ofendemos, maldecimos, odiamos a todo aquel que comulga con una versión de los hechos que nos incomoda o perturba simple y sencillamente porque se diferencia, discrepa, choca, contradice, amenaza o en cierta forma desmiente nuestra lectura del panorama.

Nos abalanzamos como aves de rapiña sobre quienes tienen la osadía y desfachatez de llevarnos la contraria.

Terminantemente prohibido discrepar, parece ser la consigna. Hereje quien se salga del molde. Blasfemo el que nade contra corriente. Apóstata todo aquel que tome otro camino. Condenados a la hoguera quienes pongan en riesgo el “iguali-ticos”.

¿Es que todos, absolutamente todos, tenemos que mirar igual, percibir igual, sentir igual, juzgar igual, suponer igual, proponer igual, apoyar igual, descifrar igual, actuar igual, entender igual, comentar igual, deducir igual, comportarnos igual?

El peligro de la historia única

¿Tal es la idea: un país de autómatas, ciudadanos fabricados en serie, cerebros fotocopiados? Lo que el escritor David Foster Wallace (1962-2008) llama “pensar en automático” (léase, renunciar a razonar) en su libro Esto es agua.

Vale la pena leer, en este contexto, el ensayo El peligro de la historia única, de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Se trata de una reflexión oportuna y pertinente sobre el peligro de asumir una sola versión de la realidad como la verdad absoluta, incuestionable e infalible.

“El relato único crea estereotipos, y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos. Convierten un relato en el único relato”, dice esa autora africana en la página 22 de esa obra publicada por Literatura Random House.

Lo mismo expresa, con otras palabras, una personaje del cuento Historia de un amor, del austríaco Joseph Roth: “... todas las historias están relacionadas entre sí. Porque son parecidas o porque se contradicen”.

¿Por qué ese temor exacerbado y ese enojo exaltado frente a vocablos saludables y necesarios para la vida civilizada y en democracia como contradicción, discordancia, debate, objeción, oposición, disidencia?

Este déficit, el del respeto a la pluralidad, la multiplicidad y la diversidad, también obstruye el desarrollo del país.

Es mi modesta opinión. Se vale discrepar.