Por: José David Guevara.   24 julio
Muchos costarricenses están con el agua al cuello, chapoteando para sobrevivir en un mar de deudas.
Muchos costarricenses están con el agua al cuello, chapoteando para sobrevivir en un mar de deudas.

Lo digo en serio: en aras de evitarme unos minutos de angustia en el bus que viajé esta mañana, hubiera preferido no escuchar la conversación telefónica de una de las pasajeras. Sin embargo, aquella señora ocupaba el asiento ubicado detrás del mío y hablaba fuerte.

—Sí señor, ya sé que estoy atrasada con los pagos, pero entiéndame por favor...

Calla para escuchar a su interlocutor.

—No, no estoy negando nada. Ya le dije que tengo claro que debo varias cuotas...

Nuevo silencio.

—Es que usted no me está escuchando. ¿Me puede escuchar, por favor?

Otra pausa.

—Si no me deja hablar, cuelgo. Le cuelgo. Voy a colgar.

Apenas se escucha la voz de quien habla al otro lado del teléfono.

—Es que no puedo darle una fecha porque no sé cuándo voy a tener el dinero.

...

—Se lo acabo de decir: ¡no sé cuándo podré pagarles! No tengo la menor idea.

Mutismo.

—No es que no quiera pagar. Es que no tengo dinero. Por eso no le doy una fecha, porque no sé si podré cumplir y no quiero quedarles mal.

Intervalo.

—Es que yo gano por comisión y las ventas han estado tan malas que no he recibido casi nada de salario.

Respiro.

—Créame, por favor, que si tuviera la plata hoy mismo voy a pagarles, pero no la tengo.

Paréntesis.

“Voy a ver qué puedo hacer”

—Precisamente ayer hablé con mi jefa para ver si podía hacer algo para mejorarme los ingresos y bueno, ¡habla más la pared que usted tiene cerca! Con eso se lo digo todo.

Entreacto.

—Haga lo que tenga que hacer.

Suspenso.

—Lo que le de la gana.

Receso.

—¡Lo que le de la gana!

Tregua.

—Solo le pido que me de chance de aquí al viernes para ver qué puedo hacer. Ustedes saben que es la primera vez que me atraso.

Señal de Alto.

—Pues pónganse de acuerdo, porque ayer me llamó un compañero suyo para ofrecerme otros productos y le dije que no porque más bien les debo plata. ¿Por qué si estoy morosa me llaman para ofrecerme más cosas.

Ceda el paso.

—Sí, por favor, llámeme el viernes y hablamos. Voy a ver qué puedo hacer.

Me bajé del bus y caminé unas cuantas cuadras recordando varias informaciones publicadas en los últimos meses. Las tres primeras en El Financiero; las otras en La Nación: “Morosidad aumenta en más de la mitad de bancos”, “¿Qué hacer cuando ya no puede pagar sus deudas?”, “Deuda con tarjetas de crédito se duplicó en ocho años” y “Hogares duplican deudas para consumo en seis años”.

Lo digo en serio: hubiera preferido no escuchar esa conversación telefónica, pero tengo la sospecha de que cada vez serán —lamentablemente— más frecuentes. Ojalá me equivoque.