Por: Juan Carlos Hidalgo.  18 enero
Ícono de no me gusta en la red social Facebook.
Ícono de no me gusta en la red social Facebook.

“Si usted piensa esto o lo otro, o está considerando votar por x candidato, le pido que por favor me elimine de sus contactos”. ¿Ha leído últimamente eso en su muro de Facebook? Alguna gente ni se molesta en pedir el favor y procede de una vez a borrar, o incluso bloquear, a las personas cuyos comentarios le incomodan. ¿Cuál es el problema? Al final de cuentas uno escoge con quién relacionarse y no tiene sentido tener contactos que le puncen el hígado, ¿no?

Ciertamente cada quien tiene el derecho de manejar sus redes sociales a su antojo. Pero hay un fenómeno preocupante detrás de estas purgas facebookeanas: las redes sociales se están convirtiendo en nuestro principal mecanismo de interacción política. Son nuestra ventana al debate e intercambio de ideas y puntos de vista, que antes se daba en espacios públicos o en los medios de comunicación tradicionales. Si empezamos a limitar las redes sociales únicamente a gente que piensa como uno, corremos el riesgo de vivir sumergidos en burbujas que endurecen nuestros sesgos ideológicos. Es una receta para la polarización y la intolerancia en el debate político.

Es cierto que la opinión de un amigo puede amargarle a uno el día. Igualmente es cierto que uno puede tener causas muy preciadas cuya oposición por parte de otros pueden considerarse una afrenta personal. Y también es cierto que uno puede caer en agrias discusiones que incluso terminan dando al traste con relaciones personales.

Pero es importante que estemos expuestos en todo momento a puntos de vista contrastantes, incluso cuando estemos en la completa certeza de que la razón está del lado de uno. Es bueno estar al tanto de cómo piensan los demás, qué les incomoda, qué les preocupa y por dónde va su visión de mundo. A mí Facebook me ha servido para tratar de comprender por qué los progresistas piensan que los criminales deben ser vistos como víctimas de la sociedad, por qué los conservadores se sienten amenazados con el matrimonio igualitario, o por qué los simpatizantes de Juan Diego Castro apoyan a un candidato tan incendiario.

Lamentablemente estamos viviendo una de las campañas políticas más deprimentes en la historia reciente del país. Los ánimos están caldeados y la polarización política va en aumento. La gente ya no debate las ideas y propuestas por sus méritos, sino que ahora casi siempre cuestiona de inmediato la integridad y las intenciones de quienes tienen posiciones diferentes.

Ojalá viviéramos en un mundo donde la política no fuera tan importante en nuestras vidas. Esto por cuanto la política nos hace peores personas, como explican en este magnífico artículo mis colegas Aaron Ross y Trevor Burrus:

“La política, frecuentemente, hace que nos odiemos unos a otros. La política nos anima a comportarnos en maneras que, de suceder en un contexto diferente, nos repelerían. Ninguna persona realmente virtuosa debe comportarse de la forma en que la política a menudo nos hace actuar”.

No permitamos que la política nos controle o defina nuestras amistades o relaciones. Abstengámonos de eliminar contactos en base a las opiniones políticas de otros. Usted como individuo –y el país como colectivo– ganamos si nos leemos y hacemos un esfuerzo por entendernos mejor.