Por: Emilio Zevallos.  3 abril

La importancia de las empresas en la economía nadie la pone en duda. Por medio de su aporte los mercados cuentan con bienes y servicios, se genera empleo, ingresos, impuestos y un ciclo económico vigoroso.

Sin embargo, esta aportación económica que se reconoce y aplaude, ¿puede generarse a cualquier precio? Los consumidores, el Estado y los propios empresarios que hacen las cosas bien, estaremos dispuestos a aceptar que a cambio de empleos, ingresos e impuestos, ¿podamos correr la tenue línea entre lo correcto y lo que no lo es? Veamos algunos ejemplos sencillos. Todos sabemos que no es permitido pasar con el semáforo en rojo.

Carátula blog Pymescopio de Emilio Zevallos
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Sin embargo, ¿cuantos conductores lo han hecho (o lo hacen)? Se dan miles de excusas; es que es tarde, es un sitio peligroso, no hay nadie, estoy tarde, etc., etc. Es un ejemplo simple, pero representativo que muchas veces, nosotros “corremos” la línea de lo permitido en función de nuestros intereses. ¿Es correcto? No. ¿Es aceptable? ¿Qué dice usted? En este caso es claramente una falta, pero que de alguna forma aceptamos como “normal”.

Ahora, ¿qué pasa cuando las empresas hacen cosas que no son ilegales, pero que al menos son “reprochables”? ¿Sabía usted que la gran mayoría de los restaurantes han reducido el tamaño de sus porciones, pero no sus precios? ¿O que una empresa de bebidas redujo en 100 ml la porción de uno de sus productos y los precios se mantuvieron? ¿Algunos supermercados presentan una oferta en sus góndolas pero en las cajas no se han actualizado, y por tanto, no les cobran el precio reducido?

Pero, o bien las personas no se dan cuenta o no les importa. Y ante esa actitud, las empresas que lo hacen, no tiene problema en seguirlo haciendo. O peor aún, las que no lo hacen, viendo que no hay sanción (ni legal, ni moral), empiezan a hacerlo. Finalmente, todos caen en esa situación que claramente afecta a todos, porque desvaloriza el poder de la ética de negocios.

¿Existen empresas honestas que hacen bien las cosas? Por supuesto! Pero, ¿qué pasa cuando ellas ven que las que no lo son, no reciben ninguna sanción? ¿Acaso ese no es –y perdón por la frase- un gran incentivo a no hacer lo correcto? Como dice el viejo refrán: “en arca abierta, el justo peca”.

Muchas veces las sanciones morales son tan efectivas como las legales. Hace unas semanas, un adulto mayor olvidó pagar unos limones en el supermercado (y lo ponemos resaltado porque compro bastantes más cosas y el monto pagado era por mucho superior a los limones). Cuando se le señaló la falta, la reconoció, pidió disculpas y estaba dispuesto a pagarlos. El supermercado no aceptó y lo llevaron detenido. Esta situación se conoció por las redes sociales, y un consumidor decisión no comprar en el supermercado en protesta. A ello le siguieron otros. El caso del adulto mayor es solo ilustrativo.

Si usted va al supermercado y compra algo en promoción, y en la caja no se refleja, si usted no se da cuenta simplemente pagó de más. Es responsabilidad del supermercado el cambiar los precios en función de sus promociones. Si lo hace muy seguido, ¿no le parece que merece una sanción social? ¿Cómo nos defendemos los consumidores?