Por:  13 julio, 2013

Son muchos, desde las organizaciones internacionales hasta los gobiernos a escala nacional, regional y local, quienes señalan los problemas, y las limitaciones que tiene la economía informal frente a la formalidad.

La economía informal es un fenómeno que tiene muchas dimensiones y no es tan sencillo de cuantificar. Podemos hablar de empresas formales que generan empleo informal o lo contrario. Así, la línea entre lo formal e informal es más tenue de lo que muchos creen. Justamente en razón de lo anterior, se da mi posición en favor de –algunos aspectos de- la economía informal como parte del proceso de desarrollo empresarial. Pensemos en su origen. En muchos casos, se da ante la imposibilidad de los emprendedores de cumplir con toda la normativa que se requiere para iniciar un negocio. Y no solo ello, sino el manifiesto sentido común del emprendedor que no está dispuesto a invertir en algo (trámites) que no “agrega valor” y cuyos frutos serán relevantes solo si el negocio prospera. De ahí que primero invierten en hacer el negocio operativo y luego, si las cosas van bien, lo formalizan. Si ellos no llevaran adelante su idea y dejaran que su sueño siga durmiendo, no habrían nuevos emprendedores en la economía.

Pensemos ahora en su operación. Y para ello hablemos tanto de empresas como de trabajadores por cuenta propia. Estos últimos, de acuerdo a las estadísticas de las Encuestas de Hogares representan a las personas que trabajan de forma independiente y son más del 90% de todos los empleos del sector informal. El otro 10% son de las empresas (patronos) en el sector informal. Aun no hay estudios de cuántos de ellos pasan a la formalidad, pero una aproximación hecha hace algunos años para el caso de México señaló que el 25% de todas las microempresas tenían las condiciones para convertirse en pequeñas y/o medianas empresas. Ese sería el potencial de los cuentapropistas. Si ellos no existieran, tampoco podríamos pensar en su evolución a empresarios.

Por supuesto, la economía informal no es un fenómeno a alentar. Sin embargo, su presencia permite que los emprendedores superen los primeros escollos institucionales y posteriormente -probablemente los más innovadores-puedan dar el salto hacia la formalidad.

El otro aspecto que no debemos dejar de lado es la actitud policial y represiva de las autoridades que no ven en las empresas el caudal de negocios, empleo y crecimiento económico, sino únicamente la fuente de recaudación fiscal. De ahí la importancia tanto de la simplificación administrativa como de los incentivos tributarios. La simplificación para que los emprendedores decidan poner o no un negocio en función de sus posibilidades de éxito y no de lo fácil o difícil que pueda ser abrirlo. Los incentivos para generar una base tributaria sólida, cobrando los impuestos luego de que la empresa ha logrado cierto nivel de consolidación en el mercado (2 o 3 años). Es mejor empezar a cobrarle a empresas luego de ese período, con mayores posibilidades de recaudación a largo plazo, que hacerlo desde que nacen y solo por algunos cuantos meses, hasta que deciden cerrar por la insostenibilidad financiera.

Ser informal no es lo ideal, pero es parte del proceso de desarrollo empresarial. De ahí la importancia de apoyar a las empresas y emprendedores en su evolución y no cortarles las alas antes de que puedan volar.