Por: Larisa Paez.   24 septiembre

¿Recuerda la última fiesta o reunión familiar a la que fue? Seguramente desde que inició la pandemia no asiste a una fiesta grande o incluso a un evento familiar. ¿Se acuerda de la comida que sirvieron la última vez que se reunió con su familia o amigos? Si ya olvidó la comida es muy posible que si recuerde como se sentía. Esa sensación de estar alrededor de una mesa con platos llenos compartiendo una buena conversación. Hay algo acerca del comer con otras personas que nos une, nos sensibiliza.

Desde un punto de vista de sobrevivencia el alimentarnos es una necesidad básica. Pero parte de lo que nos diferencia de otras especies del reino animal es nuestra capacidad y necesidad de relacionarnos con otras personas. Parte fundamental de la socialización se da alrededor de la comida. Celebramos el inicio de la vida, el pasar de los años, los logros y fracasos, e incluso la muerte rodeados de comida. Tan cierto es esto que trasciende a través de la historia, culturas y religiones.

Analicemos cómo nos afecta el comer con otras personas en distintos ámbitos de nuestras vidas:

A nivel fisiológico: el comer con otros estimula la producción de endorfinas. Estos neuroquímicos nos generan una sensación de bienestar e incluso pueden aliviar el dolor. De hecho la palabra endorfina viene de morfina endógena, es decir morfina producida por nuestro cuerpo.

A nivel psicológico: la psicóloga Ayelete Fishback de la Universidad de Chicago recientemente condujo un experimento para evaluar si el comer con otros nos hace más propensos a confiar y trabajar más eficientemente. Observó que en efecto si sucede aún si estas personas son extrañas. Es decir, el simple hecho de compartir la comida nos hace confiar y acercarnos a otros.

A nivel familiar: numerosos estudios demuestran los beneficios de comer en familia. Si es posible al menos una vez al día. Crea un espacio para comunicarse y saber que está pasando en las vidas y rutinas de todos. Particularmente a los niños y adolescentes que comen en familia se ha visto que: aprenden a comer más variedad de alimentos, tienen un riesgo disminuido de desarrollar un desorden alimenticio, tienen mejor autoestima, etc.

A nivel relacional: desde un bebé que recibe la leche de su madre, hasta una cena romántica en pareja, o una cena importante de negocios los alimentos compartidos alrededor de una mesa ayudan a crear vínculos que pueden durar una vida entera.

A nivel antropológico: algunos científicos creen que los seres humanos se reunían a comer como una forma de utilizar el exceso de alimentos mientras estuvieran disponibles para establecer relaciones con otros e incluso obtener favores después. Algunas teorías sugieren que los festines dieron paso al inicio de la agricultura y la domesticación de animales por la presión de tener siempre alimentos disponibles en grandes cantidades.

A pesar de todos estos beneficios también existen algunos retos particulares. Por ejemplo, el caso de quienes tienen una burbuja de una persona o sus familiares viven lejos. En esta situación les recomiendo que hagan al menos un tiempo de comida “virtual”. Aunque esto no remplaza la compañía de sus seres queridos al menos les hará sentirlos más cerca.

Adicionalmente, en ocasiones al estar con otras personas se suele comer de más por distracción o por obligación. Si es su caso trate de estar muy consciente mientras come para saber cuando está satisfecho y puede parar de comer.

Volverán los días en que podamos compartir los alimentos con nuestros seres queridos y las burbujas se extenderán. Por el momento, tratemos de disfrutar de las personas que vemos con más frecuencia, de estar presentes a la hora de comer con otros y conectar con ellos y nuestros alimentos. Para más información de este y otros temas, puede revisar la página web www.centrodenutricion.co.cr y nuestras redes sociales.