
Nir Eyal no se arrepiente de haber escrito el manual de introducción a la tecnología de Silicon Valley que se llama Enganchado: cómo construir productos y servicios exitosos que formen hábitos, aunque ahora está a punto de publicar un nuevo libro sobre cómo liberarnos de esa misma adicción.
En su manual original, que explica cómo crear aplicaciones de teléfonos inteligentes para que capten la atención, Eyal describió los trucos “para alentar de manera sutil el comportamiento de los clientes” y “lograr que los usuarios regresen una y otra vez”. Eyal hizo una gira por empresas tecnológicas para hablar sobre el modelo Hook, su plan de cuatro pasos para captar y mantener gente con incentivos como recompensas o placeres que llegan en intervalos impredecibles.
Los literatos tecnológicos de Silicon Valley alabaron Enganchado. Dave McClure, el fundador de 500 Startups, una prolífica incubadora, lo definió como “unos apuntes de repaso para cualquier empresa emergente que quiera entender la psicología de los usuarios”.
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Ahora, en los últimos días de 2019, Eyal tiene un nuevo éxito de ventas. Esta vez se llama Indistractable: How to Control Your Attention and Choose Your Life (Cómo controlar tu atención y elegir tu vida). Si Enganchado era un manual, este sería una guía práctica para desconectarse.
Eyal, de 41 años, no está solo en esta tendencia. El exespecialista en ética de Google, Tristan Harris, ha popularizado la idea de que los teléfonos son dañinos y adictivos. Ejecutivos que trabajaron para Facebook y WhatsApp se han convertido en críticos de la tecnología. En la Universidad de Stanford, el investigador B. J. Fogg, quien dirigía el Laboratorio Tecnológico Persuasivo, lo ha renombrado como Laboratorio de Diseño Conductual y ahora está empezando a lanzar herramientas para reducir el tiempo que la gente pasa frente a las pantallas.
“En 2020, surgirá un movimiento para ser ‘posdigital’”, escribió Fogg el mes pasado. “Comenzaremos a darnos cuenta de que estar encadenado al teléfono móvil es un comportamiento que representa un estatus bajo, parecido a fumar”.
Sin embargo, a diferencia de otras personas que acaban de volverse recelosas, Eyal no cree que el problema sea la tecnología. Somos nosotros.
“Hablamos de adicción, pero cuando se trata de Candy Crush, ¿de verdad? ¿Facebook? No estamos inhalando Facebook. No nos estamos inyectando Instagram”, comentó Eyal durante una mañana en el parque Bryant de Nueva York. “Son cosas que podemos solucionar, pero nos encanta pensar que la tecnología nos está afectando”.
Por lo tanto, en el nuevo libro, que será publicado el próximo mes, Eyal ha escrito una guía para liberar a la gente de una adicción que, según él, nunca tuvo. Solo trataba de desprenderse de responsabilidades personales, supone Eyal. Así que la solución es recuperar las responsabilidades de muchas maneras pequeñas.
No es ninguna sorpresa que el nuevo libro de Eyal haya provocado la burla de algunos críticos.
“Nir Eyal está queriendo cambiar”, señaló Richard Freed, un psicólogo infantil que apoya la idea de pasar menos tiempo frente a las pantallas. “Esta gente ahora está intentando venir a vendernos la cura. Pero son los que empezaron a vender las drogas en primer lugar”.
“Estoy seguro de que la industria del cigarro dijo que solo hay cierta cantidad de gente propensa a padecer enfermedades pulmonares”, agregó.
Eyal dijo que no busca retractarse. Su modelo fue útil, es verdad, y cree en esa táctica. Sin embargo, no fue lo que volvió adictas a las personas. Según él, es nuestra culpa y no la de Instagram, Facebook o Apple.
“Es irrespetuoso para la gente que tiene la patología de la adicción decir: ‘Vaya, todos tenemos esta enfermedad’”, mencionó. “No es así”.
Se pone a la defensiva cuando habla sobre el tema. “¿Quién dice que estar enganchado en las redes sociales es algo malo?”, cuestionó. “Para muchas personas, las redes sociales son algo muy bueno, y los juegos son algo muy bueno. Lo importante es el uso que les das”.
Adicción tecnológica
Harris, el especialista en ética que trabajaba para Google, se ha convertido en el contrapunto de Eyal. En 2016, Harris popularizó la idea de que la tecnología era excepcionalmente adictiva y “secuestraba” cerebros. Sus eslóganes, como “el buen uso del tiempo”, se han convertido en mantras de la industria.
Según Harris, debido a que la tecnología misma es adictiva, el responsable de solucionar este problema no son los individuos.
“Los libros que defienden un mejor autocontrol distraen al público de los verdaderos asuntos alarmantes que ha creado la tecnología en una época en la que necesitamos un cambio urgente”, señaló. “Las plataformas tecnológicas han degradado a millones de niños. La desinformación sobre el cambio climático está descontrolada, ha destruido la verdad y detenido las acciones. Nuestros procesos democráticos están sufriendo”.
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El año pasado, Harris expandió su organización sin fines de lucro, Center for Humane Technology, para que sirva como un centro para los disidentes de la tecnología.
A la distancia, Eyal observó cómo se desplegaban las reacciones negativas del sector tecnológico. Eso le molestó y no termina de creer en el argumento de Harris. Si las pantallas fueran tan malas, se preguntó Eyal, ¿por qué la gente no era adicta a LinkedIn? ¿Por qué tantas aplicaciones no tienen éxito?
Sí, había un problema, pero el razonamiento estaba totalmente equivocado, decidió Eyal. Usar el lenguaje de la adicción les quitaba la responsabilidad a los usuarios de la tecnología. Era demasiado fácil. El problema no eran las pantallas, sino las mentes de las personas, y para resolver el problema debían ver su interior.
“Si digo que la tecnología es algo a lo que la gente se hace adicta, debe haber alguien que la venda, un traficante que te la provea”, comentó Eyal. “Pero si digo que la tecnología es algo que la gente usa en exceso, entonces debes pensar: ‘Demonios, ahora debo hacer algo para solucionarlo’”.
Y las soluciones fueron inútiles, recordó.
“Conseguí un teléfono especial sin aplicaciones. Compré un procesador de palabras en eBay y lo único que puedes hacer es escribir. Configuré mi teléfono en escala de grises, lo cual solo arruinó mis fotos”, mencionó. “Intenté una desintoxicación digital, pero extrañaba los audiolibros y el GPS”.
Y seguía distrayéndose. Ordenaba y limpiaba. Lavaba la ropa. Leía libros al azar.
“La tecnología no era el problema, o al menos no era la raíz del problema”, confesó Eyal. “No había solucionado por qué seguía procrastinando”.
En 2015, estaba viendo su teléfono mientras su hija pequeña quería hablar con él, sin lograrlo. Eso provocó que comenzara a escribir Indistractable. Después de Enganchado, Eyal fue festejado en el mundo de la tecnología. Esta vez, está recibiendo una aceptación más silenciosa del público en Silicon Valley.
“No tengo una gran audiencia por allá”, comentó Eyal tras citar el dominio de la narrativa de la adicción. “Ese es el último malo del cuento, y a la gente le encanta”.