Por: Manuel Avendaño Arce.   18 diciembre, 2019
La desigualdad en Costa Rica tiene 30 años de estar estancada por diferentes factores estructurales, como el acceso a la educación y la caída en los ingresos de las familias. Fotografía: John Durán.
La desigualdad en Costa Rica tiene 30 años de estar estancada por diferentes factores estructurales, como el acceso a la educación y la caída en los ingresos de las familias. Fotografía: John Durán.

Se le achacan muchos males en el país, los políticos la mencionan durante sus campañas y discursos para prometer cambios, los investigadores claman por nuevas iniciativas para reducirla y los hogares la viven en carne propia cada mes, en ocasiones, sin darse cuenta.

La desigualdad, esa brecha entre quienes ganan más dinero y quienes viven con menos, se convirtió en una especie de trampa de la que Costa Rica no ha podido escapar en las últimas tres décadas.

Atrás quedaron los primeros años de la década de los 90, cuando el país era uno de los menos desiguales de América Latina. La realidad para 2019 es que la diferencia entre los más ricos y los más pobres permanece estancada.

Las explicaciones para entender el fenómeno son tan variadas como las fuentes para medirlo. Una caída generalizada en los ingresos de los hogares, salarios más bajos en los sectores menos calificados y desaceleración en el crecimiento de estas industrias son parte de los argumentos.

La forma más utilizada para calcular el grado de concentración de la riqueza es el índice o coeficiente de Gini: cuanto más alta (cercana a uno) la cifra, mayor desigualdad; cuanto más baja (cercana a cero), mayor igualdad en los ingresos.

¿Qué dicen los datos?

La desigualdad creció el año pasado, con respecto a tres décadas atrás, con base en el ingreso bruto corriente (todo el dinero que perciben las familias), de acuerdo con los datos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (Enigh 2018), publicada el 14 de diciembre por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).

Aunque la comparación del índice de Gini muestra una reducción el año anterior si se enfrenta con el registrado en 2004 y 2013, la caída todavía es insuficiente para alcanzar el mismo nivel de distribución que se tenía hace 30 años.

Puede que la pequeña disminución del indicador entre las encuestas del 2013 y 2018 sea estadísticamente significativa, pero no lo necesario para afirmar que se presentó una reducción sostenible en el tiempo. Así lo explicó Annia Chaves, coordinadora de la Enigh, en entrevista con EF.

Otra fuente de información para medir la inequidad es la Encuesta Nacional de Hogares (Enaho) que se publica de forma anual. La diferencia es que esta investigación obtiene los datos del ingreso de los hogares del mes previo a su publicación, mientras que la Enigh registra el dinero percibido en los últimos 12 meses.

El coeficiente de Gini de la Enaho, por persona, revela que la desigualdad tiene tres años estancada en el mismo nivel de 5,014. El punto más bajo fue en el 2010, con un 0,507.

Pese a que los datos de ambas mediciones no coinciden, existe similitud en la tendencia. Las dos encuestas muestran un aumento y luego un estancamiento en este indicador.

Detrás de la desigualdad

La desigualdad puede analizarse tanto a lo interno de las naciones como entre ellas, a nivel global.

La paradoja es que la tecnología, la globalización y la economía de mercado contribuyeron a reducir la desigualdad entre los países en los últimos años, pero agravaron el fenómeno a lo interno de cada nación.

Costa Rica no escapa de la situación. La incapacidad para crear empleo para todas las personas que lo necesitan y la contracción del dinero que ganan las familias son los primeros factores que explican la situación.

El ingreso promedio por hogar cumplió dos años seguidos de reducciones. Según la Enaho, en 2018 la caída fue del 3,6% y en 2019 se registró en 0,2%. El año pasado la ganancia por trabajo (que representa el 80% del total) también cayó un 4,1%.

Es cierto que el ingreso no crece o lo hace a menor ritmo en relación directa con el sector de la economía en el cual se desempeña una persona. Esto explica, por ejemplo, por qué el salario de un trabajador de construcción aumenta a menor ritmo (o no lo hace del todo), mientras que el de un ingeniero que labora en una compañía de zonas francas sí mejora con el tiempo.

En este punto entra uno de los componentes que permite explicar mejor la brecha entre los que ganan más y los que reciben menos dinero: la educación.

“Si vemos un contexto de más largo plazo, en los últimos 30 años, los profesionales o propietarios de medianas empresas sí mejoraron sus ingresos en términos reales. Esto no sucede con el resto de trabajadores, sobre todo los de menor calificación, que prácticamente ganan lo mismo que hace tres décadas”, explicó Natalia Morales, economista e investigadora del Programa Estado de la Nación (PEN).

Esta división por nivel educativo provoca que el país tenga un grupo muy numeroso de bajos ingresos con salarios estancados que no logran mejoría y un segmento más limitado de personas que percibe altas ganancias y que, además, crece en el tiempo.

Aquí también entra en juego la estructura productiva, ya que las condiciones no son iguales para un trabajador calificado que se emplea en el sector agrícola que para uno que se desempeña en compañías de alta tecnología, industria médica o finanzas. Estos sectores crecen a mejor ritmo incluso en conyunturas económicas adversas como la que vive el país en la actualidad.

“En Costa Rica es que la desigualdad aumenta porque a los de mayores ingresos les va mejor y cuando se estanca es porque a todos los grupos les va igual, pero no se debe a una reducción”, agregó Morales.

En el ámbito internacional, América Latina tiene el coeficiente de Gini más alto del mundo (medido por ingreso captado en las encuestas de hogares). Uruguay es el país más equitativo de la región y aun así es más desigual que cualquier nación de Europa y Asia Central.

Soluciones y efectos

Costa Rica –al igual que el resto de los países del mundo– se planteó el reto de reducir la pobreza y la desigualdad como parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas para el 2030.

Si se combinan estos dos problemas estructurales, los resultados van desde un creciente malestar social hasta un aumento en la violencia, la inseguridad, el crimen organizado y el narcotráfico.

La falta de oportunidades para acceder a educación, empleo de calidad bien remunerado y mejores ingresos son factores que abren la puerta para obtener dinero de otras fuentes ilícitas, y esto se traduce en una serie de problemas que implican más gasto para los gobiernos.

No existen recetas mágicas ni fórmulas para superar la trampa de la desigualdad. Sin embargo, un primer paso podría estar en el impulso de políticas públicas de redistribución más progresivas.

A nivel tributario las cargas no están bien repartidas. Aunque existen impuestos directos como el de renta, que se pagan sobre las ganancias percibidas, también se aplican otros indirectos como el impuesto al valor agregado (IVA), que tiene efectos regresivos.

La situación se agrava con los portillos para la evasión y la elusión fiscal que recargan una parte de la recaudación a los grupos de menores ingresos para compensar el dinero que se deja de percibir por quienes buscan mecanismos para no tributar.

Mientras los debates sociales se centran en la pobreza, el desempleo, las nuevas políticas fiscales y el descontento social, prevalece un dato que merece recibir más atención: el 20% de las familias de Costa Rica concentra el 50,3% de los ingresos.

Todos los actores del país deben volver su mirada para tratar de equilibrar esa distribución que permitiría mejorar la vida de miles de hogares y, de paso, reducir algunos indicadores como la pobreza y la inseguridad.