Laura Fernández ganó las elecciones presidenciales del pasado 1.° de febrero con más del 48% de los votos válidos: una victoria aplastante.
Su victoria, sin embargo, no se distribuyó de manera uniforme en todo el territorio costarricense.
Mientras arrasó en distritos rurales y con rezagos sociales, tropezó en varias de las las zonas más desarrolladas del país.
El resultado global de las elecciones confirmó un triunfo claro y contundente en favor del oficialismo, pero los datos territoriales revelan una fractura socioeconómica: a diferentes realidades, diferentes votaciones.
¿Dónde barrió?
Laura Fernández superó el 70% de los votos válidos en 27 distritos del país, todos ubicados fuera de la Gran Área Metropolitana (GAM) y con indicadores relativamente bajos de desarrollo.
Los cinco donde alcanzó su mejor rendimiento fueron Biolley y Volcán, de Buenos Aires; Chira, de Puntarenas; Duacari, de Guácimo; y Llanuras del Gaspar, de Sarapiquí. En todos ellos, tres de cada cuatro personas que acudieron a las urnas respaldaron a la candidata oficialista.
Los cinco distritos comparten una misma característica. Son parte de los 60 peor ubicados en el Índice de Desarrollo Social distrital; el cual es construido por el Ministerio de Planificación (Mideplán) cada cuatro años con base en variables económicas, educativas, sanitarias, electorales y de seguridad.
Los demás distritos donde Fernández superó el 70% también comparten un perfil similar: son sitios periféricos, mayormente de cantones costeros o fronterizos.
El respaldo a Fernández, sin embargo, no se limitó exclusivamente a la periferia del país.
La candidata continuista también superó el 55% de los votos válidos en diversos distritos de la Gran Área Metropolitana (GAM). Lo hizo en Turrúcares, Tambor, San Antonio y Guácima, de Alajuela; Sabana Redonda y Carrillos, de Poás; y Los Guido, de Desamparados.
Se trata de distritos con niveles medios de desarrollo social, o incluso medios-altos; pero relativamente bajos, cuando se comparan con el resto de sus similares en la región central.
¿Dónde no?
En contraposición, la candidata oficialista no tuvo el mismo éxito en los 10 distritos con los mejores niveles en el IDS.
Solo logró imponerse en el distrito central de Atenas, con un 42,5% de los votos y una ventaja de solo 1,6 puntos porcentuales.
Más allá de que ganó con 15 puntos de ventaja a nivel nacional, Fernández perdió el recuento en La Asunción, de Belén; en los distritos centrales de Escazú, Santa Ana, Barva, Santo Domingo y Atenas; en Sánchez y Barrantes, de Curridabat; en San Joaquín, de Flores; y en San Juan, de La Unión.
En Sánchez de Curridabat, el respaldo a Fernández incluso cayó a solo un 20% de los votos válidos: una de sus cinco peores registros en todo el país, junto a los que obtuvo en Tierra Blanca (14%) y Llano Grande (17,9%) de Cartago, Pacayas (19,9%) de Alvarado, y Patio de Agua (20%) de El Guarco.
Fernández ganó en unos cuatro de cada cinco distritos del país, y apenas fue superada por Álvaro Ramos en la porción restante. Sin embargo, hay claras diferencias entre los distritos donde obtuvo sus mejores resultados y aquellos donde no traccionó de la misma manera.
La clave socioeconómica
El contraste territorial del voto no es casual.
Que Laura Fernández y el oficialismo hayan arrasado en territorios con peores indicadores sociales y económicos, y que hayan tropezado en las zonas con mejores indicadores, responde a una lógica reconocible.
Según el politólogo Gustavo Araya, la campaña continuista logró articular una “promesa de futuro”, la cual caló con mayor fuerza en sectores de la población que se han sentido históricamente abandonados.
“El oficialismo le planteó a la población el mensaje de que podría estar mejor desde hace mucho tiempo. El presidente Chaves colocó el mensaje de que le obstruían, de que necesitaba más poder y de que, con más poder, podría aplicar mejoras y cambios importantes. Eso movilizó a sectores de la población que no han estado bien”, explicó Araya.
En ese marco, Laura Fernández encarnó la continuidad de esa promesa de cambio, amplificando ese discurso.
Las variables socioeconómicas y las decisiones electorales mantienen una estrecha conexión, como también ha señalado la coordinadora del Programa Estado de la Nación (PEN), Natalia Morales. Según había explicado en una reciente entrevista con EF, el malestar social puede alentar la abstención, pero también puede estimular el surgimiento de candidaturas populistas, cuyos discursos suelen ofrecer explicaciones simples, culpables claros y soluciones inmediatas —aunque muchas veces poco realistas— a problemas estructurales.
En ese sentido, explicó Araya, el próximo gobierno parte con un altísimo respaldo, pero también con la gran responsabilidad de cumplir con la mejoría prometida.
“Hablamos de un altísimo riesgo para el gobierno entrante, porque ahora sí debe dar resultados... ya no puede decir otra vez que no lo dejaron gobernar”, puntualizó.
A pesar de la posible conexión, la politóloga e investigadora Carolina Ovares Sánchez subrayó que el voto hacia Fernández es heterogéneo, igual que el de cualquier otro candidato.
Entonces, la variable socioeconómica sería solo una más en la ecuación.
Esto explicaría por qué Fernández barrió en zonas menos desarrolladas, pero, incluso en las que terminó perdiendo, también recibió niveles de apoyo relevantes.
“No es mayoritario, pero sí fue importante el resto del discurso chavista”, observó Araya. “Hablamos de ese discurso de combate a la corrupción, de no darle el poder a los mismos de siempre, de posicionarse contra los medios... ese perfil de vengador también cala en sectores medios y altos que lo que quieren ese un cambio de élites más que una promesa económica”, puntualizó.
