
Marena Chavarría es una agrónoma que trabajó en el Centro de Investigación de Agroquímicos de la Universidad de Costa Rica (UCR) durante más de 34 años. Cuando estaba a punto de jubilarse, la invitaron a un concurso de proyectos patrocinado por el gobierno de Corea del Sur. Lo ganó y fundó su empresa.
Terrabiol en la actualidad tiene 10 colaboradores, ofrece productos para el control de plagas y enfermedades en los cultivos y acaba de trasladarse a sus propias instalaciones en Turrúcares, Alajuela. En todo este proceso su objetivo es claro.
“La idea es llegar a más agricultores”, dijo Marena.
Los proyectos de investigación generados en los laboratorios universitarios también apuntan a constituirse en emprendimientos con claras propuestas en el área ambiental. Incluyen productos, servicios y prácticas que reducen el impacto de los residuos en la naturaleza, las emisiones de gases de efecto invernadero que están en la base del calentamiento global y los costos de producción, aumentando la rentabilidad y generando valor en la cadena productiva.
Quienes emprenden con soluciones ambientales obtienen el apoyo de las universidades, y de programas de incubación e innovación. “Estos proyectos tienen productos o servicios derivados de conocimiento técnico científico, probado ampliamente mediante investigación, además de la experiencia y formación de sus fundadores”, dijo Alonso Vargas, líder de incubación de la Agencia Universitaria para la Gestión del Emprendimiento (Auge).
Fundes, otra organización de apoyo a emprendedores, recientemente también anunció el primer centro regional en América Latina, con sede en Costa Rica, dedicado a fortalecer y acelerar startups en etapa temprana que desarrollan soluciones regenerativas para cuidar los recursos de la tierra.
La apuesta es urgente. El 55% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial depende directamente del bienestar de la naturaleza, según PwC. La producción está cada vez más ligada a la capacidad de las empresas de integrar soluciones disruptivas en el campo ambiental.
Inquietud de siempre
Cuando Chavarría ingresó a la UCR estaba en boga la “revolución verde”, que incentivaba el uso de agroquímicos. Ella investigó alternativas y buscó identificar microorganismos beneficiosos para la producción y el ambiente.
A punto de jubilarse, hace dos años, la invitaron de Proinnova, una iniciativa de la UCR, a participar en un concurso de fondos de Corea del Sur. Ella presentó un proyecto de productos biológicos para control de plagas y enfermedades en los cultivos. Quedó entre las cinco seleccionadas.
La UCR le propuso apoyo con el licenciamiento y en la creación de una empresa, derivada de un spin off, a cambio de un porcentaje de las ventas. De hecho, Terrabiol empezó a funcionar en las instalaciones de la Universidad en Turrúcares. En la actualidad, tiene cuatro productos propiedad de la UCR y siete propios.
El crecimiento de las ventas permitió trasladarse a una propiedad de uno de los socios, Andrés, que es gerente financiero y sobrino nieto de Marena. Otra sobrina nieta, Andrea, está a cargo de la parte administrativa. “Es una empresa familiar”, dijo con orgullo.
Precisamente, según Auge, un reto en común que tienen los proyectos iniciados en las universidades es sumar a sus equipos personas con habilidades de negocios o comercialización. “O bien empezar a tener formación complementaria en negocios para afrontar el crecimiento luego del lanzamiento al mercado y consolidar un negocio sostenible”, dijo Vargas.
La meta de Marena y su equipo es llevar los productos a la mayor cantidad de agricultores posible en Costa Rica y en otros países.

Generar energía con desechos agrícolas
En eso también está Biomatec. Su socia fundadora y presidenta, Cindy Torres, contrató a Marco Chaves, un estudiante de agroquímica, para un proyecto de investigación que ella lideraba en la UCR hace casi 10 años. Pero avanzaban muy lento.
Entonces fundaron la empresa, que en la actualidad tiene 26 colaboradores. La empresa desarrolló una planta que convierte residuos en energía y bioinsumos. Desde entonces obtuvieron el apoyo de la Cooperación Alemana, el Ministerio de Innovación, Ciencia, Tecnología y Telecomunicaciones (Micitt) y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), entre otras entidades.
La planta convierte la pulpa del café en gas combustible, reduce los costos por manejo de residuos y produce hasta el 40% de la electricidad de una agroindustria.
Hace lo mismo con residuos sólidos de piña, caña de azúcar, palma aceitera y lodos residuales, que generan malos olores, moscas, contaminación del agua y gases de efecto invernadero asociados al calentamiento global.
La inversión en la planta va de $1 millón en adelante. Aparte de reducir el 60% de las emisiones y ahorrar en gasto de electricidad, la recuperación de la inversión se logra a los 4,8 años, según Chaves.
La primera planta se instaló en las instalaciones del Instituto del Café (Icafe) en Barva y pronto harán lo mismo —junto con CoopeTarrazú y CoopeSantos— en la zona de Los Santos. Y ya tienen casos de interés en México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Panamá y Venezuela.
“La idea es ingresar en ellos en 2028”, dijo Marco, encargado de la operación, pues Cindy se mantiene a medio tiempo como docente en la UCR.
Una de las situaciones que deben resolver es si encargan la fabricación de la planta en China para disminuir costos. Dependerá de lo que sea más útil y rentable en cada mercado.


Un alga para combatir al metano
Los estudiantes Kevin Cordero y Caleb Sibaja, fundadores de Málma, ganaron un concurso de la firma Nestlé en 2024 en la categoría de idea.
Ahí presentaron su solución de un suplemento para ganado basado en el alga roja, la cual disminuye hasta en 90% la generación de metano, uno de los principales gases de efecto invernadero asociados a la alimentación tradicional de la ganadería.
Kevin estudió biotecnología en el Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC) y tiene una maestría en la Universidad Lead en ciencia de datos. Caleb, por su parte, ya terminó microbiología y solo espera el acto de graduación del TEC.
Ambos tienen familias dedicadas a la ganadería en San Carlos y Guanacaste. De ellas escucharon los problemas asociados al gas metano. “Es un problema en América Latina”, dijo Kevin.
En el concurso de Nestlé ganaron $10.000 para iniciar el proyecto. Luego obtuvieron una suma similar de Banca para el Desarrollo para concluir el prototipo, tarea en la que están con la asesoría de Auge. Necesitarán unos $100.000 para escalarlo.
Luego pasarán a la etapa de producción del alga roja en una laguna de agua salada. La ubicarán cerca del litoral Pacífico, donde esperan generar empleo en la zona costera, en especial para mujeres.
La tercera etapa es el procesamiento del suplemento, que llevaría algunos aditivos (como la melaza) para que sea atractiva al ganado.
“Queremos ser la primera empresa en América Latina con esta solución. En otros mercados como Estados Unidos, Australia y Gran Bretaña ya se aplica”, dijo Kevin.

Semillas resistentes
Carlos Roberto Echandi y Walter Barrantes, socios en Semillas Híbridas Tropicales, se jubilarán en poco tiempo. Por ahora su interés se concentra en aumentar las ventas para tener instalaciones propias, pues en la actualidad están en la Estación Experimental Agrícola Fabio Baudrit Moreno, de la UCR, en Fraijanes.
Ellos producen semillas híbridas con tolerancia genética o resistencia a la bacteria Ralstonia solanacearum (agente causal de la marchitez bacteriana del tomate) y al virus de la cuchara (que afecta la hoja de esta hortaliza).
Carlos, quien es agrónomo, se incorporó a la Estación, en las instalaciones de La Garita, cuando regresó a Costa Rica en 1992, tras su posgrado en mejoramiento genético híbrido de la Universidad Estatal de Iowa, Estados Unidos.
En ese momento su exprofesor de la UCR, Marco Moreira, le planteó el reto de generar una alternativa a las semillas importadas para cultivos como el tomate o el chile dulce. En aquel tiempo, no existían programas de mejoramiento genético, que requieren recursos, mano de obra y convencer a los agricultores.
El proyecto empezó en 1995 y 10 años después se realizó una presentación a los agricultores de tomate, en una actividad realizada en San Isidro de Heredia, de las semillas híbridas resistentes a la marchitación causada por una bacteria tropical, el principal problema identificado entonces. Las semillas híbridas desarrolladas tenían un mayor rendimiento que las semillas importadas. “Era un cambio de paradigma”, señala Carlos.
El proyecto se sostuvo con el apoyo de la UCR, del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) y, más tarde, de la Unión Europea, que aportó recursos para investigación en seguridad alimentaria.
El siguiente reto fue cuando en Santa Bárbara de Heredia apareció el virus de la cuchara, proveniente del Medio Oriente y que afecta a la hoja del tomate. Rápidamente él y Walter, que se incorporó al proyecto en 2016 tras un posgrado en España de biotecnología, desarrollaron semillas híbridas también resistentes al nuevo mal. Al tomate que se obtenía le llamaron Acorazado.
Con Proinnova se inició el proceso para la protección de la propiedad intelectual y luego para generar un spin off, donde el 5% de las utilidades son para la universidad. Aunque no quedaron en los cinco proyectos iniciales, elegidos por la cooperación coreana entre 35 en total, el retiro de uno de los ganadores permitió que la iniciativa de Carlos y Walter recibiera $40.000 de financiamiento.
Los recursos fueron invertidos en la construcción de un invernadero en las instalaciones de la Estación en Fraijanes.
Paralelamente lograron vender 100.000 semillas híbridas resistentes a la marchitación del tomate y al virus de la cuchara, contactaron a más productores (reunieron a 95 agricultores y les entregaron semillas híbridas y un folleto) y realizaron la inscripción ante la Oficina Nacional de Semillas en 2023. Todo parecía ir sobre ruedas.
Luego se dieron cuenta de que casi ningún productor siguió las recomendaciones y que no lograron una presentación adecuada del tomate, lo que les valió un castigo en el precio por parte del Centro Nacional de Abastecimiento y Distribución de Alimentos (Cenada). Era frustrante.
Un hecho fortuito lo cambió todo. En 2024, el rector de la UCR los invitó a colocar un stand en el pasillo por donde pasarían las autoridades de gobierno durante la negociación del Fondo Especial para la Educación Superior (FEES), para demostrar la contribución a la sociedad de las universidades públicas con sus programas de investigación y extensión.
A la entonces ministra de Educación, Anna Katharina Müller, le llamó la atención el proyecto de Semillas Híbridas Tropicales. Junto con su asesor y futuro sucesor, José Leonardo Sánchez, exploraron la posibilidad de proveer a los comedores escolares de tomates producidos con esta semilla.
Se inició, entonces, un plan piloto con cinco productores que llevan sus cosechas a las instalaciones del Consejo Nacional de Producción (CNP). Desde ahí se envían a varios comedores escolares. En la actualidad, están por iniciar otro piloto para proveer a hospitales.
Walter y Carlos esperan generar el capital suficiente para construir un invernadero en un terreno propio, con los equipos y el recurso humano que necesitan, para escalar la producción.
No es la única situación que están constatando, ya que los mismos productores empiezan a comprobar los resultados de sus semillas híbridas mejoradas.
“Vengo muy contento”, contó Carlos. “Un productor tenía tomates producidos con semillas importadas y se marchitaron, mientras a los tomates acorazados cultivados con nuestras semillas no les pasó nada”.

