Las Reservas Internacionales Netas (RIN) del Banco Central de Costa Rica (BCCR) alcanzaron números récord en los últimos meses, con registros que superaron los $20.000 millones durante abril y mayo.
Estos depósitos corresponden a activos que incluyen principalmente bonos de gobiernos soberanos, depósitos y títulos valores en moneda extranjera.
Según su Ley Orgánica, el Central tiene la responsabilidad de custodiar y administrar estas reservas para mantener un nivel de liquidez suficiente ante requerimientos del comercio exterior y el servicio de deuda, garantizar la estabilidad del sistema financiero y servir como instrumento de intervención cambiaria.
Actualmente, los objetivos de su gestión, en orden de prioridad, son preservar el capital, mantener un monto adecuado de liquidez y obtener rentabilidad a partir del pago de intereses que generan las inversiones de este dinero.
De acuerdo con el BCCR, al 31 de diciembre de 2025, la proporción disponible para liquidez en un plazo de diez días, ante un caso necesario, era del 72% del total de las reservas.
Ese mes, el total era de $17.081 millones. Es decir, el monto disponible para liquidez en diez días era de $12.300 millones.
Si se toma ese porcentaje como referencia para estimar el monto que podría liquidarse a una fecha más reciente, por ejemplo en mayo, sobre un total neto de reservas de $20.972, el disponible alcanzaría los $15.099.
Inversionista conservador
Bernardita Redondo, directora de la División Gestión de Activos del Banco, explicó que el nivel récord de reservas no responde a cambios recientes en la política de inversión ni en la estructura por plazos.
Según detalló, la institución mantiene, desde hace al menos dos años, la misma composición estratégica del portafolio, tanto por tipo de activos como por horizontes de inversión incluso en un contexto de mayor acumulación de recursos.
En términos simples, aunque el monto total crece, “la distribución relativa se conserva, lo que implica que un porcentaje mayor se traduce en más recursos en términos absolutos, pero sin alterar la lógica de inversión”.
Ahora bien, el Banco Central invierte en instrumentos financieros que se ajustan a su perfil de “inversionista altamente conservador”.
Es decir, únicamente se invierte en entidades calificadas como grado de inversión, en instrumentos de renta fija (bonos y depósitos), entidades financieras del exterior, gobiernos de países extranjeros, entidades supranacionales (entidades multilaterales), agencias gubernamentales y entidades no financieras en el exterior.
Las monedas extranjeras que se utilizan para este fin, aunque priorizan el dólar de los Estados Unidos, también contienen el dólar canadiense como australiano, la corona noruega y el yen japonés.
Daniel Ortiz, economista de Consejeros Económicos y Financieros (Cefsa), explicó que la alta participación del dólar estadounidense responde a una estrategia de diversificación ante riesgo crediticio y geopolítico, no cambiario.
“Al cubrir con contratos a plazo, el BCCR elimina la exposición a fluctuaciones entre, por ejemplo, el euro y el dólar o el euro y otra moneda. Es una diversificación de contraparte, no de divisa”, comentó.
Sin embargo, esta ruta de acción no exime a Costa Rica de las consecuencias que podría generar una eventual crisis económica de dicha moneda.
Congruente con el perfil conservador, la composición de las reservas refleja una clara preferencia por instrumentos de bajo riesgo y alta liquidez.
Los datos muestran que casi la mitad (un 44,2% del portafolio) se concentra en instrumentos de renta fija de corto plazo, lo que permite responder con rapidez ante necesidades de liquidez.
Al respecto, Redondo explicó que el nulo involucramiento de instrumentos de renta variable responde a la “priorización de la seguridad de los fondos por encima de los rendimientos que se puedan obtener, aún si algunos bancos de otros países lo integran en su portafolio”.
Ortiz coincidió con esta apreciación y lo justifica con un sencillo ejemplo: los instrumentos de renta variable pueden caer entre un 30% y 50% de su valor en una crisis precisamente cuando el Banco Central más necesita las reservas. Es por esta razón que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los estándares no los recomiendan.
“Algunos bancos centrales con reservas muy holgadas (Suiza, Noruega, Singapur) sí tienen exposición accionaria, pero lo hacen a través de vehículos separados (fondos soberanos), no desde la cartera de reservas propiamente”, mencionó.
A esto se suma una participación relevante de bonos emitidos por gobiernos de países extranjeros, que representan el 38,0% del total.
Por su parte, los títulos de agencias, entidades supranacionales y organismos oficiales internacionales alcanzan un 14,7%, mientras que los bonos de entidades no financieras del exterior tienen una presencia más reducida, con un 3,1%.
Redondo fue enfática al señalar el alto nivel de seguridad que representan las supranacionales para las reservas internacionales, por lo que no descarta un aumento del porcentaje invertido en ellas en el futuro.
¿Dónde se invierte?
Al analizar la distribución geográfica, la mayor exposición de las reservas se concentra en América del Norte, que agrupa un 38,2% del total, impulsado, principalmente, por inversiones en Estados Unidos y, en menor medida, Canadá.
Europa se posiciona como la segunda región con mayor peso, con un 26,4%, al integrar colocaciones en la eurozona, países escandinavos, Reino Unido y Suiza, lo que diversifica el riesgo dentro de economías desarrolladas. Asia representa un 24,9% del portafolio, consolidándose como un destino relevante para la diversificación internacional.
El restante 10,5% se distribuye en otras regiones y categorías, donde destacan Oceanía y los instrumentos emitidos por organismos supranacionales, que complementan la estrategia del Banco Central con opciones adicionales de bajo riesgo.
Para el economista Jorge Martínez, esta distribución resulta adecuada en tanto se mantenga una gestión activa, puesto que “son inversiones en instrumentos de deuda, de alta liquidez y que permiten una fácil liquidación”.
Por su parte, José Francisco Pacheco, economista y exviceministro del Ministerio de Hacienda, consideró que la exposición a mercados como Asia u Oceanía forma parte de un esfuerzo por “escudar” las reservas ante escenarios adversos, aunque insistió en que el contagio internacional seguiría presente.
A su criterio, la clave no radica únicamente en dónde se invierte, sino en el tamaño del fondo disponible.
En cuanto a los plazos, casi la mitad de las reservas (un 43,8%) se mantiene en instrumentos con vencimientos de hasta seis meses, lo que facilita una rápida disponibilidad de recursos ante eventuales presiones.
A partir de ahí, la distribución se dispersa: entre seis meses y un año, y hasta dos años, concentran participaciones más moderadas, que en conjunto aportan diversificación sin comprometer la capacidad de respuesta inmediata.
En contraste, un 27,1% se ubica en plazos entre tres y cinco años, lo que permite capturar algo más de rendimiento dentro de un marco prudente. Las posiciones a más de cinco años resultan marginales, con apenas un 0,4%.
Redondo señaló la posibilidad de evaluar el ajuste de la composición del portafolio, ya sea para incluir más instrumentos de organismos supranacionales o mejorar los rendimientos, lo que se evalúa periódicamente mediante ejercicios técnicos.
Estos análisis, que se realizan cada tres o cuatro años, determinan la combinación de activos que maximiza el retorno dentro del nivel de riesgo que la institución está dispuesta a asumir. Por ahora, afirmó, la estructura actual es la más adecuada bajo ese criterio.
