Por: María Esther Abissi.   3 julio

El lento crecimiento de la economía del país cumplió en el 2018 tres años y, a la fecha, no muestra señales de mejoría, en un contexto en el que crece apenas por encima del 2,5%, aún lejos del nivel ideal de 4%.

La economía avanza lentamente luego de del último pico de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) que se dio en el primer trimestre del 2012, cuando crecimos a un paso firme de 5,56%.

Sin embargo, a partir de entonces, comenzamos a caminar más lento. Costa Rica avanza a una velocidad menor a la de un felino, pero más rápido que un perezoso.

¿Podría cambiar esta tendencia? La respuesta es no, o al menos mientras el país tenga las condiciones que han estado presentes en los últimos años.

El último aumento registrado en el Índice Mensual de Actividad Económica (IMAE), que además destaca el repunte de cada uno de los sectores productivos, fue en julio del 2015, cuando el comportamiento de la actividad económica empezó a mostrar una tendencia a la baja que nos hizo llegar a un nivel de 2,84% a abril de este año.

Un porcentaje más bajo al de 3% no se venía en el IMAE desde el 2014, y, en cuanto al Producto Interno Bruto, desde el primer trimestre del 2010, cuando se comenzaron a dar los primeros vestigios de recuperación de la crisis económica.

Además, debemos sumar la situación fiscal, que limita la capacidad de endeudamiento del Estado y el gasto público. También ocasiona que se hagan erogaciones importantes por el concepto de intereses de la deuda. Todos estos factores terminan por ser trabas u obstáculos para que la economía mejore.

Lo que nos trajo hasta aquí

Aunque no podríamos decir que estamos cerca de una crisis o una recesión, el escenario no pinta bien.

Para Rudolf Lucke, economista investigador de la Escuela de Estadística de la Universidad de Costa Rica, un IMAE por debajo del 3% es una mala noticia, sin embargo, lo heterogéneo de los sectores económico y la diferencia en su comportamiento nos puede frenar el camino hacia la crisis.

Sin embargo, el deterioro nos llevaría directamente al sentido contrario.

Dentro del IMAE las actividades profesionales, científicas y técnicas, que tienen un peso importante dentro del PIB han mostrado una reducción de 3,98 puntos porcentuales entre enero del 2017 y abril de este año y, otras, como las actividades financieras, que mantienen una porción importante de la estabilidad de la economía, han caído 3,81 puntos en el mismo período.

Pero la producción no es el único factor que ha influido en el lento crecimiento. Situaciones particulares de los hogares costarricenses y su comportamiento pesan en que la desaceleración se mantenga.

Las actividades de alojamiento y el comercio han reducido su dinamismo, que se ubica ahora por debajo del 3%, lo que implica que las personas tienen menos dinero para realizar actividades recreativas, paseos y comer fuera del hogar.

El aumento en el desempleo también contribuye.

La tasa de desempleo se ha mantenido constante desde el 2015, demostrando que, al cierre del 2017, el porcentaje de población desempleada era de 9,3%.

Para Adriana Rodríguez, gerente de Análisis Económico de Scotiabank, el ingreso disponible de los consumidores ya está en niveles críticos y la economía no logra dinamizarse, por lo que hace que a los hogares les cueste más salir de esta situación.

Una mezcla de desempleo y reducción del ingreso disponible en los hogares, desemboca inevitablemente en menor consumo y por ende, menos ingresos para las empresas y menos producción.

La reducción en el consumo interno tiene varias explicaciones, entre ellas, el proceso al alza de las tasas de interés nacionales e internacionales, que se comenzó a observar a partir de junio del 2017, el aumento en los precios de los combustibles y la incertidumbre de las finanzas públicas.

Además, la colocación de crédito del sector privado que se prevé que sea incluso menor que el año pasado en moneda nacional y que crezca solo 1% en moneda extranjera no incentiva ni la producción ni el consumo.

Hogares, los más afectados

La desaceleración puede que no se perciba de golpe, pero, en definitiva, terminará por sentirse en el bolsillo de los costarricenses.

A grandes rasgos, lo anterior implica menos actividad económica, menores tributos y menos consumo. Además, las familias comenzarán a percibir menos ingresos y deberán destinar más porcentaje de sus recursos al pago de deudas.

Una actividad económica pobre no nos permite combatir el desempleo, aumentar el ingreso de los hogares y dinamizar el consumo interno, factores vitales para la recuperación.

No se trata solo de los hogares, las finanzas públicas también resultan afectadas. Una economía desacelerada, más un entorno de finanzas al alza pone al Ministerio de Hacienda en un situación en la que la administración del flujo de caja se vuelve más delicada y las razones de deuda se deterioran a paso acelerado.

El escenario ideal

Aunque una reactivación económica sería a este momento lo mejor que nos podría pasar, el Gobierno no tiene la capacidad de realizar inversión en infraestructura que beneficie el desarrollo de otros sectores, como el agrícola y construcción, -que presentan cifras mínimas de crecimiento e incluso decrecimientos-, compra de maquinaria, equipo y edificaciones, por ejemplo.

La inversión pública no es realmente una posibilidad cercana.

Según datos del Ministerio de Hacienda, los gastos de capital en el rubro de inversión entre mayo del 2017 y el mismo mes del 2018 cayeron 17,2%.

El Gobierno no podrá inyectar dinamismo en la economía y, por el contrario, está recortando su apoyo al disminuir la compra de bienes y servicios.

En el entorno internacional, la realidad es que el sector externo podría dejar de beneficiarnos, como lo ha hecho en años anteriores.

Coyunturas como el conflicto de Nicaragua, el Brexit y el cambio en los acuerdos comerciales de Estados Unidos, podrían, lejos de beneficiarnos, sumarse al sin número de factores que podrían terminar la desaceleración e iniciar una crisis.