Por: Ramiro Casó.   4 abril

Estamos viviendo tiempos inciertos. La crisis mundial desatada por la pandemia del COVID-19 ha hecho que nunca como hoy sea más cierto aquello del mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo que se suele resumir en el acrónimo VICA (o VUCA, si es en inglés) y del cual se habla en incontables reuniones de negocios. El problema con este contexto es que la incertidumbre es una de las sensaciones que más nos cuesta manejar a los seres humanos. No poder anticipar qué ocurrirá en el futuro nos produce gran estrés y puede llegar a paralizarnos.

¿Cómo vivir bajo incertidumbre? ¿Cómo reaccionar en ambientes en los que anticipar qué ocurrirá es muy difícil?

El escritor Nassim Nicholas Taleb ofrece una perspectiva interesante en su libro Antifragilidad: las cosas que se benefician del desorden. Allí, Taleb afirma que podemos dividir el mundo en tres grandes categorías: frágil, robusto y antifrágil.

La diferencia entre las tres es que, ante un evento inesperado, la primera se rompe, la segunda permanece igual y la tercera se fortalece. Eventos inesperados son aquellos con baja probabilidad de ocurrencia que, una vez que ocurren, cambian completamente nuestra forma de entender el mundo.

Hay dos puntos muy interesantes de la propuesta de Taleb que quisiera resaltar. El primero es que la fragilidad surge, sobretodo, de la ausencia de estrés y la tendencia que tenemos en el mundo corporativo a minimizar cualquier variabilidad. Lo antifrágil, por contraposición, surge del estrés, de los errores, de verse en la obligación de adaptarse a los cambios, de aceptar y correr riesgos. El segundo es que la fragilidad, a diferencia del riesgo, se puede medir. Si tu empresa está diseñada para funcionar si y solo si las cosas permanecen de una forma determinada, tu empresa es frágil. Y se puede saber con exactitud qué tan frágil simplemente respondiendo cuánto perderías si cambia el status quo. Lo que nunca puedes saber con certeza es cuándo y cuánto puede cambiar tu entorno.

En situaciones como las que vivimos, más que robustos o resilientes, queremos ser antifrágiles. Queremos que lo que nos golpee, nos haga más fuertes. Eso significa tomar más riesgos, aceptar errores, aprender a cambiar de opinión, evitar el confort. Aquellas empresas que ya venían haciendo esto serán, sin duda, las que lograrán salir mejor paradas de esta dura situación. Ojalá todo esto sirva, por lo menos, para hacernos más antifrágiles.