Por: Ramiro Casó.   14 mayo, 2020

Esta es la segunda entrega de esta columna que escribo durante la crisis del COVID-19, que nos tiene a todos sumidos en una enorme incertidumbre. Es difícil pensar en otra cosa. No hay portal de noticias, muro de Facebook o grupo de WhatsApp en el cual el tema de la pandemia no ocupe un lugar protagónico. Entendiendo que hablar o pensar de otra cosa es en estos tiempos es casi imposible, e intentando dar con un tema para compartir en este espacio, me pregunté:

¿Cuánta información es suficiente información?

Parece un juego de palabras, pero detrás de esa pregunta se esconde un problema importante que ha cobrado dimensiones enormes en el medio de esta crisis: la abundancia de información puede crear mas problemas que soluciones.

Este tema lo ha abordado con enorme claridad el activista político y escritor Clay A. Johnson en su libro “La Dieta Informativa: un argumento en favor del consumo consciente”. Allí, el autor nos explica que estamos informándonos cada vez peor, producto de una serie de hábitos de consumo que tienen un paralelismo alarmante con la forma en la que consumimos alimentos (de ahí la analogía de la dieta). Esto ocurre porque los seres humanos hemos caído en un terrible círculo de auto-gratificación, que nos lleva a preferir aquellos mensajes que “nos saben mejor” en lugar de aquellos que “nos hacen mejor”. La afirmación, nos dice Clay, es mucho mas atractiva que la información. ¿Quién quiere escuchar la verdad cuando puede escuchar que tiene razón?

En el contexto del Covid esto se aprecia claramente en el debate entre quienes promueven una apertura rápida de la economía y quienes aconsejan mayor prudencia aún a pesar del costo económico. Pero así como ocurre con ese debate, nos ocurre con todos. Buscamos información que nos confirme lo que creemos y desechamos aquella que lo contradice.

La solución es ponernos a dieta informativa. ¿En qué consiste? En primer lugar, en ser data alfabetizado. Eso significa, como ya hemos dicho, no solo saber leer la información correctamente, sino también buscar las fuentes más confiables. Significa también manejar nuestra atención, no dejarnos arrastrar a grupos o fuentes de información “chatarra”, por mucho que nos apetezca. Y finalmente, significa tener la apertura y tolerancia para aceptar mensajes que choquen con nuestras creencias.

Nunca como hoy saber identificar la señal dentro de tanto ruido ha sido tan importante. Tener hábitos sanos de consumo de información es algo que nos servirá no perder la cordura durante la pandemia, sino también, para tomar mejores decisiones cuando todo esto haya pasado.