Por: Ramiro Casó.   8 febrero

En estos primeros meses del año es común encontrarnos sumergidos en conversaciones sobre nuevos hábitos y propósitos. Con frecuencia decimos que este año, finalmente, seremos más disciplinados, cumpliremos las metas planteadas y dejaremos atrás conductas poco sanas, como la procrastinación o el sedentarismo. Pero todos sabemos que en el fondo, cambiaremos poco o nada.

Detrás de esas conversaciones en apariencia triviales, se esconde un fascinante debate sobre la motivación humana: ¿Por qué, si la gente genuinamente quiere cambiar, le cuesta tanto hacerlo? ¿Es que la gente es, en el fondo, irresponsable? ¿Por qué nuestros colaboradores se olvidan de supervisar tareas básicas y cometen errores tontos que, sumados, terminan costando miles de dólares a sus empresas?

La respuesta está en que las intenciones y la lógica, si bien son condiciones necesarias para el cambio, rara vez son suficientes. Jonathan Haidt, psicólogo de la Universidad de Virginia, afirma que nuestro sistema mental puede entenderse como un elefante que es dirigido por un jinete. El elefante es nuestro sistema automático y emocional; el jinete es nuestro sistema secuencial y racional. Cuando ambos sistemas entran en conflicto, termina siempre ganando el elefante.

Para lograr el cambio, afirma Haidt, hay que apelar a ambos. El jinete proporciona la planificación y la dirección, pero el elefante aporta la energía. Extendiendo la analogía al campo gerencial, sí apelamos a los “jinetes” en nuestros equipos, tendremos comprensión pero poca motivación. Si, por el contrario, apelamos solo al elefante, tendremos pasión sin dirección. Ambas situaciones pueden ser catastróficas.

Una forma de trabajar con ambos es combinar liderazgo y empatía con pequeños cambios en el ambiente que aumenten la probabilidad de que la gente se comporte de forma debida.

Un ejemplo perfecto lo encontramos en los baños públicos. Todos sabemos que luego de ir al baño debemos lavarnos las manos. Sin embargo, cerca del 20% de las personas no lo hacen. ¿Por qué no, si saben que es algo que debe hacerse? Pues porque les da pereza o están apurados. Pero movemos el lavamanos fuera del baño a la vista de todos, todo el mundo se lavará las manos. La razón es obvia: el castigo social por no lavarse las manos es un motivador más fuerte que la pereza o la prisa, por lo que la gente termina haciendo lo correcto.

El ejemplo del baño ilustra como pequeñas modificaciones en el entorno pueden generar grandes cambios. Pensemos en todos los reforzamientos externos, positivos o negativos, que podemos implementar para ayudar a la gente a sostener el cambio: reglas, políticas, premios, castigos, diseños, software de control, etc.

Lo anterior, lejos de imponer limitaciones, nos libera.

Porque la realidad es que el jinete solo no puede. Si no movemos al elefante, el cambio es imposible.