A las oficinas administrativas de la Librería Lehmann se ingresa por una puerta ubicada al extremo derecho del edificio en el boulevard de la calle 3 que va de la Avenida Primera a la Plaza de la Cultura, a pocos metros de lo que en los últimos años fue la entrada principal para los clientes.
El ascensor es pequeño y da a un corto pasillo en L que desemboca en una sala casi abandonada en uno de los últimos pisos. En una mesa larga hay dos viejas computadoras sin uso, en la antigua sala de juntas —que luego fue sala de lactancia— se ven dos viejos sillones y lo que fue la oficina de presidencia es un cajón oscuro, polvoriento y sin pared ni puerta.
A un costado, en un escritorio en forma de L, el último gerente, Carlos Calvo Ureña, acomoda tres carpetas de color manila, en una de las cuales se lee “estados financieros”. En una esquina sobresale una vieja calculadora y en la otra una foto de Antonio Lehmann Struve, perteneciente a la tercera generación de la familia fundadora.
Oriundo de Desamparados, Carlos ingresó a la Lehmann el 26 de febrero de 1968. Estudió contabilidad en la Academia Comercial Minerva, ubicada en el Edificio Metálico. Luego trabajó 14 años en Almacén Kover & Echandi, dedicado a la venta de artículos eléctricos, ganando ¢125 por semana.
Antonio lo llamó porque necesitaba ordenar la contabilidad. Le ofreció ¢275 de salario. Carlos lo hizo en menos tiempo del esperado, dedicándole de las 7:00 a.m. a las 9:00 p.m., y recomendó algunos controles internos. También se hizo cargo del área de crédito.
“Antonio fue mi segundo padre”, reitera Carlos, que hoy tiene 86 años.
En ese entonces, la Librería solo tenía entrada por la Avenida Central. Cuando la informática se impuso, Carlos se pensionó en 2002 y se quedó como asesor, revisando los estados financieros antes de presentarlos a la junta directiva y resolviendo gestiones con la Municipalidad de San José, el Ministerio de Hacienda o la Caja Costarricense de Seguro Social.
Antonio lideraba la librería, mientras su hermano Federico siguió con la litografía en Tibás. Eran herederos de una empresa icónica que surgió a finales del siglo XIX.
Pero en noviembre de 2009 ocurrió la inesperada muerte de Antonio en un asalto al Café y Restaurante Verbena en Tres Ríos. “Si él estuviera, esto no estaría pasando”, dijo Carlos.
Epicentro de compras
Hace 30 años la Librería Lehmann era el segundo centro de las compras de útiles, literatura y libros de texto de diferentes campos profesionales, artículos religiosos y de oficina, plumas estilográficas y hasta discos compactos.
“Teníamos un muchacho muy bueno, con mucho conocimiento, que iba a las ferias internacionales de libros”, recuerda Carlos. Además, tenían ejecutivos muy proactivos.
Cuando llegaban los libros de medicina, por ejemplo, uno de ellos iba a los hospitales.
—’No es posible’— cuenta Carlos que le dijo un médico.— Me preocupó de inmediato.
—Es que doy clases en la universidad y no se consigue este libro en ninguna parte— le respondió el médico.— ¿Cuántos ejemplares trajeron de este libro?
—Llegaron 40— le dijo Carlos. Se vendieron en menos de una semana.
—¿Cuándo fue eso?— le pregunto.
Hace memoria.
—A la perica… Hace como 25 años.
Durante años, su principal rival estaba a una cuadra en la misma Avenida Central, la Librería Universal. Las librerías de diferentes localidades distribuían materiales escolares y juguetes, pero no eran competidores directos. Y las familias acostumbraban ir al centro de San José con su lista de útiles a principio de año y la de regalos para Navidad. Pero el mercado cambió.
Universal se convirtió en una tienda de departamentos, diversificando su oferta y sus puntos de venta —en la actualidad tiene 10 sucursales, una en Liberia— y la tienda en línea.
La Librería Internacional, enfocada en libros, también se extendió hasta 33 sitios, algunos fuera del Valle Central (como Liberia, Pérez Zeledón y San Carlos) y la tienda web. Tuvo un tropiezo: durante varios años impulsó la cadena Libro Max, que vendía títulos en ediciones de menor costo.
Durante los últimos años, la cantidad de librerías se mantuvo. En 2025 estaban inscritos como patronos, ante la Caja Costarricense del Seguro Social, 210 librerías, la mayoría con menos de cinco colaboradores.
La importación de libros, en general, en 2025 aumentó 33% en valor nominal y 37% en peso en toneladas desde 2010.
De hecho, en los últimos dos años, tras la recuperación postpandemia, las estadísticas de la Promotora de Comercio Exterior (Procomer) muestran cierta estabilidad.
Pero el de Costa Rica no es un mercado desarrollado.
La Encuesta de Actualidades de la Universidad de Costa Rica del 2022 revela que solo un 4% de la población lee al menos un libro al año y que el promedio de lectura es de 4,6 libros anuales para los lectores habituales, pese a la actitud positiva hacia la lectura en la población costarricense.
A nivel global, el mercado mantiene un crecimiento moderado con ventas de casi $121.000 millones en 2025, según Bookseten y Global Market Statistics, potenciado por las redes sociales (en especial en TikTok con los llamados BookToks), el alza de precios (que aumenta ingresos) y una amplia producción (2,2 millones de títulos en el año anterior).
El mercado crecería hasta $134.800 millones en 2035, impulsado por la demanda educativa, profesional y de ocio. Pero hay fuertes transformaciones: con el libro digital y el audiolibro (son el 35% de las ventas), la incorporación de la inteligencia artificial en la edición y distribución, y las dificultades de las librerías individuales.
A estas las golpean la falta de vigencia de su modelo de negocio, la sobreoferta, la presión inmobiliaria (altos alquileres y cambio de uso de locales para turismo) y la competencia de plataformas digitales, cadenas de librerías, hipermercados y editoriales que venden directamente.
Una década turbulenta
Tras la muerte de Antonio Lehmann Struve, la dirección la asumió su hijo Antonio Lehmann Gutiérrez. Para entonces, el mercado era distinto: las familias iban a los malls en la periferia de San José.
La librería se expandió. Ya operaba con un local en Tibás, junto a la litografía, y otro en San Pedro. Abrió seis sucursales más, pero no dieron resultados. “No pegaron”, explicó Carlos. Una serie de hechos de la última década dieron la estocada.
El primero vino provocado por la aprobación de una ley en 2012 sobre el fotocopiado de textos. Aunque el gobierno de Laura Chinchilla no la reselló, sí reformuló el reglamento a la ley de derechos de autor con una excepción que permitía la reproducción de obras para fines académicos.
El segundo fue la crisis del 2018 debido a los conflictos contra la reforma fiscal que afectó al comercio en general. Además, el magisterio estuvo en paro casi 100 días.
El tercero fue el desalojo que sufrió la Librería Lehmann de su histórico edificio sobre Avenida Central y su reubicación en el edificio de la calle 3.
“La gente decía que la Lehmann cerró. El inventario se mantuvo, pero las ventas bajaron”, cuenta Carlos.
El cuarto llegó con la pandemia del Covid-19, en 2020, que obligó a cierres temporales en medio de la caída del tráfico de personas y la crisis económica hasta finales del 2021.
El quinto fue la falta de capital de trabajo, que afectó la capacidad de la empresa para renovar el inventario. La planilla cayó de 200 a 100 y ahora a 12 personas. “Gracias a Dios, normalizamos el pago de los salarios”, afirma Carlos.
El sexto y definitivo fue la compra del negocio y del edificio por nuevos dueños, que tienen otros planes para el edificio.
—Se vendió todo— afirma Carlos, que asumió la gerencia cuando Antonio Lehmann Gutiérrez fue nombrado en la embajada de Costa Rica en Alemania en 2023.— Aquí estuvo el nuevo dueño, en esa silla, como una hora y media. Hablamos de estas cosas que conversé con usted. Tiene otros negocios.
El anuncio del cierre se hizo público el pasado 16 de junio, en la semana previa al Día del Padre. Se extendió una semana más por solicitud de Carlos al nuevo propietario, con el fin de vender el máximo inventario posible y tener dinero para la liquidación del personal.
También ayudó la reacción del público tras la publicación de una promoción de hasta 70% en los precios.



Las dos últimas semanas
Carlos Calvo enciende la luz del ascensor para bajar hasta el primer piso y abre con cuidado la puerta que da a la calle 3. Acumula recuerdos.
Como muchas empresas de la segunda mitad del siglo XX, la Librería Lehmann fue más que un trabajo, pues permitió a muchos de sus colaboradores tener vivienda y dar el estudio a los hijos. A él mismo.
Un día, cuando Carlos pidió la liquidación para comprar un lote de 800 metros cuadrados por ¢200.000, Antonio Lehmann Struve le dio el dinero. Luego le ayudó con la construcción de la casa.
Otro día, Antonio llevó a Carlos a una agencia de automóviles y lo dejó ahí para que terminara el trámite de la compra de un vehículo. “Cambie ese carro que tiene”, le ordenó.
No había semana en la que Antonio no lo llamara para que lo visitara en su casa, a unas pocas cuadras al norte de la Librería, en Barrio Amón. Carlos también lo acompañó al médico en algunas ocasiones.
Ahora Carlos se despedirá con más resignación que nostálgica. “Vivo aquí más que en mi casa”, reitera. “La Librería venía mal. Desde la pandemia no levantó”.
A pocos metros siguen entrando y saliendo clientes.
En la pared del fondo —donde hubo un pasillo que comunicaba con el local de la Avenida Central— se abre una puerta y aparecen una empleada y un empleado cargando fotografías antiguas de la librería. Regresan sin nada. Es el principio de una mudanza. La definitiva.
Una cadena impide subir a la segunda y a la tercera planta, donde en otro tiempo se encontraban artículos escolares y de oficina, arte y pintura, láminas, mapas, cromos y juguetes. En la primera, ahora sólo se muestra lo que queda.
Hay de todo: viejas láminas escolares del alfabeto, los cinco sentidos y aritmética; cajas de cartón, papel y cinta para regalos; y agendas de 2022 y 2024.
También, manuales de informática de 2016, 2018 y 2019, de Photoshop, de Office, de AutoCad, de InDesign CC 2014 y un libro para Dummies de Windows 8. Un cliente lleva un grueso manual, todavía empacado en un plástico, sobre el lenguaje de programación Visual C#.
Del ascensor, un empleado sale con un montacarga lleno de libros. Entre ellos, uno sobre transformación empresarial.
En una columna se muestran libros de literatura. Los hay de Patrick Modiano, el escritor francés ganador del Premio Nobel de Literatura de 2014, y otro en inglés —Retrato del artista adolescente— del irlandés James Joyce.
Un libro con el título de Obras Maestras de Scott Fitzgerald (que incluye Al otro lado del paraíso, El gran Gatsby y Hermanos y malditos) tiene una etiqueta de ¢5.000. Otro de Joseph Conrad (Lord Jim y Nostromo) cuesta ¢8.300.
En unas cajas de madera, se mezclan libros y artículos de ¢2.000, ¢3.000 y ¢5.000 y en un exhibidor hay discos compactos de merengue, música infantil, karaoke y películas por ¢2.500.
Una joven vestida de negro, con un piercing a ambos lados de su boca, pelo corto y una raya pintada de gris, y vestida de negro, lleva libros de literatura.
Otra, también con una mochila en la espalda, audífonos y celular en la mano, revisa libros de psicología y pedagogía.
Ingresa una pareja adulta.
—Voy a buscar y usted va haciendo fila— ordena ella.
—Que montón de gente— dice otra señora. Hay dos filas de 30 personas cada una. Ella tiene 40 minutos haciendo fila para pagar.
—¿Dónde ayudo a empacar?— dice la empleada que minutos antes salió con las fotos antiguas.
—Ahí— le responde Alexander Morales, un hombre alto, que está en la puerta con una camiseta azul oscuro que lleva el logo de la Librería en el pecho y orienta a compradores que entran y revisa los bolsos de los que salen.
También saluda a antiguos empleados que fueron a despedirse.
—Da nostalgia— dice una mujer que minutos antes saludó a Alexander con afecto.
Sobre el alero de la puerta, un letrero despide a todas las personas que salen: “Gracias por su visita”.
