El sol empieza a ocultarse y de inmediato la escena cambia. El cielo parece quemarse con unos intensos colores dorados que cobijan a todo el Valle del General; lentamente la noche va reclamando su lugar, no sin antes dejar ese espectáculo visual grabado en la pupila. La vista es privilegiada, pues me encuentro observando este atardecer desde uno de los miradores del hotel Hacienda AltaGracia, ubicado en Cajón de Pérez Zeledón.
Detrás del mirador una fogata empieza a crepitar y prácticamente su sonido colma el ambiente. No hay ruidos de autos, pitos, ni siquiera de notificaciones del teléfono celular. Ese momento de desconexión era un presagio de lo que sería mi experiencia como huésped en esta propiedad, la que bien se podría considerar la meca del turismo de bienestar —o wellness— en la región centroamericana.
Cuando se piensa en turismo de lujo casi siempre vienen a la mente imágenes de residencias en la playa, pero Costa Rica es un país tan privilegiado que la oferta va más allá y tiene argumentos para convencer hasta al turista más exigente. AltaGracia es el mejor ejemplo de que las zonas rurales tienen el potencial y el encanto para albergar proyectos de clase mundial con éxito.
Tras varias horas de manejar entre las curvas que atraviesan el Cerro de la Muerte (y su clima cambiante) y unos cuantos kilómetros más por las calles del pueblo de Santa Teresa de Cajón, llego a esta propiedad. De inmediato se siente como una pausa, una experiencia diseñada para alejarse de la rutina, de la agenda saturada y del sonido de las presas.
Fundado en 2015 (aunque suspendió operaciones en pandemia y tuvo un cambio de propietario) Hacienda AltaGracia, ha construido una propuesta donde el lujo no depende solo de una habitación exclusiva, sino de la posibilidad de bajar el ritmo de vida entre bosque, ríos, gastronomía local, tratamientos de spa y experiencias al aire libre. Todo está estratégicamente diseñado y combinado para que el huésped centre su atención en disfrutar el tiempo.

No solo de playas vive el turismo de lujo
AltaGracia es parte del portafolio de Auberge Resorts Collection (es la única propiedad que operan en Centroamérica) y su estrategia no se enfoca únicamente en ofrecer hospedaje de alto nivel cuidando hasta el mínimo detalle del huésped: su prioridad es convertir la estadía en una pausa estructurada alrededor del bienestar. Alimentación, movimiento, descanso, conexión con la naturaleza, tratamientos corporales y experiencias de aventura forman parte de una misma narrativa: la de regresar a un ritmo más humano.
Koen Masschelein, gerente general del hotel, destacó que el mercado objetivo de la propiedad es diverso, enfocándose principalmente en familias y parejas de 35 años en adelante, buscando ofrecer versatilidad para todos los estilos de vida y edades.
El concepto de la propiedad se centra en ser un lugar de bienestar integral, alejándose de los hoteles tradicionales de playa o cerca de volcanes para ofrecer una inmersión auténtica en la cultura costarricense y su comunidad local.
Al arribar a la finca, fui recibido por parte del personal, pero el proceso distó del registro habitual de un hotel. En lugar del trámite tradicional, me sugirieron desentenderme del equipaje y del vehículo, pues el check-in se realizaría directamente en mi habitación: una de las 50 que tiene la propiedad, la cual dispone de su propia piscina privada.
Llamarla habitación se queda corto: esta casa independiente combina el confort de sus interiores con impresionantes vistas a las montañas y su terraza privada está equipada con una mesa de comedor, una mecedora colgante de gran tamaño, un asoleadero y una piscina climatizada que aporta un toque extra de lujo y relajación.
Con una extensión de 139 metros cuadrados, la estancia cuenta con una distribución que separa claramente el área social del descanso. El dormitorio principal destaca por su cama king con dosel y grandes ventanales con persianas blackout. El espacio se complementa con un vestidor amplio y un espacioso baño en suite con doble lavatorio.
Por su parte, la sala de estar independiente incluye un medio baño para visitas y un mini bar equipado con productos de cortesía, como bocadillos artesanales y bebidas no alcohólicas. La villa dispone además de aire acondicionado, ventiladores de techo, altavoz Bluetooth y todas las comodidades modernas para una estancia memorable.

La estadía está planteada bajo un formato inclusivo. Las reservas incluyen comidas todo el día, bebidas no alcohólicas, actividades diarias de bienestar y aventura, así como un “compa”, nombre que recibe el diseñador de experiencias personales encargado de ayudar a organizar las actividades de cada huésped.
En mi caso, mi concierge personal fue Michelle, quien estuvo pendiente hasta del más mínimo detalle durante mi experiencia, con el fin de hacerlo todo más sencillo.
Para quienes llegan desde el extranjero o simplemente no quieren manejar, el hotel también ofrece vuelos chárter compartidos desde y hacia el Tobías Bolaños en Pavas, que operan dos veces al día. La facilidad está incluida por un costo adicional para dos personas por habitación, aunque depende de las condiciones climáticas y de los horarios de operación.
De las 50 habitaciones con las que cuenta el hotel, alrededor del 50% tiene su propia piscina. Las estancias más espaciosas se conocen como casonas y son ideales para albergar familias o grupos de amigos.
En cuanto a los precios, según el sitio web del hotel, para el fin de semana del 11 al 13 de diciembre (temporada alta de turismo), el hospedaje por noche inicia en $1.501 (con todos los impuestos incluidos) y puede subir hasta los $4.620 en las habitaciones tipo casonas con piscina privada, que tienen capacidad hasta para cinco personas.
Para el viajero de lujo y particularmente quienes van buscando una oferta como la de AltaGracia (norteamericanos), el precio no suele ser un factor restrictivo. Ese nivel de planificación permite que, una vez en la propiedad, el huésped tenga que preocuparse poco por la logística. La pregunta deja de ser cómo llegar o dónde comer y pasa a ser qué necesita el cuerpo ese día.

La importancia de escuchar al cuerpo
Algunos visitantes buscan caminar, montar a caballo o recorrer ríos. Otros quieren una sesión de pilates, yoga o meditación. También están quienes llegan únicamente a descansar, leer y dejar que el paisaje haga el trabajo. En mi caso, me propuse conocer lo más que pudiera la propiedad y a interiorizar la idea de que el descanso también puede ser productivo.
La joya de la corona de AltaGracia es, sin ninguna duda, su spa, llamado Casa de Agua. Se trata de un santuario de bienestar de más de 1.850 metros cuadrados ubicado estratégicamente para que haya vista completa a las montañas de la Cordillera de Talamanca. La experiencia allí se guía por cuatro principios: asombro, conexión, excelencia y cuidado.
La premisa es combinar naturaleza, tradiciones antiguas, prácticas holísticas y herramientas contemporáneas de bienestar. El hotel reúne terapeutas y especialistas de Costa Rica y otros países para ofrecer tratamientos que van desde masajes y faciales hasta terapias enfocadas en recuperación física, energía, movimiento y descanso.
Casa de Agua no se parece a ningún spa en el que haya estado. En la entrada se colocó lo que ellos llaman el árbol de la vida o pachamama, allí es el punto ideal para entrar en contacto con el yo interior y empezar a relajarse antes de iniciar los tratamientos; la idea simplemente es bajar las revoluciones del día a día, como una especie de acto ceremonial antes de entrar al spa.
Otro elemento que de inmediato llama la atención es que el huésped puede elegir qué tipo de aceites esenciales y fragancias desea en su tratamiento. Para ello, AltaGracia desarrolló una línea exclusiva con la marca costarricense Aromas, la cual está muy influenciada por olores como juanilama, lavanda o eucalipto e incluso algunas fragancias frutales.
Allí se concentran tratamientos corporales, experiencias de hidroterapia, movimiento restaurativo, terapias de recuperación y rituales inspirados en la relación entre naturaleza, longevidad y bienestar. El spa incluye seis salas de masaje —cuatro individuales y dos para parejas—, salas para tratamientos de exfoliación, sauna frío y caliente, así como cuarto de vapor.
Uno de los detalles que más me llamó la atención fue que en Casa de Agua el huésped tiene la posibilidad de elegir qué tipo de bata quiere usar para los tratamientos, desde unas con tela más liviana hasta otras más pesadas y calientes. Puede parecer un punto irrelevante, pero es una muestra gráfica de que el hotel busca atender hasta la más mínima necesidad de sus visitantes.
Sin duda la piscina techada del spa es otro punto del que cuesta apartar la mirada, complementada además por dos jacuzzis, forma parte de la terapia de relajación después de los tratamientos o masajes. Allí mismo en esa zona de piscina, los interesados se pueden exfoliar con arcilla volcánica, bajo la guía de los terapeutas, como un último paso de “chineo” para su piel.
Pero el bienestar no se vive únicamente dentro de una sala de tratamiento. Puede comenzar recorriendo uno de sus cuatro senderos entre montañas y ríos diáfanos, pasar por una sesión de yoga o pilates; o realizar una cabalgata por la finca. El hotel cuenta con 24 caballos de distintas razas con los que no solo se puede salir a pasear, sino que también se utilizan para terapias con adultos mayores y niños.
Cuando el huésped llega, su “compa” le entrega un calendario semanal de actividades semanales (tanto complementarias como con costo adicional) para que pueda elegir cómo invertir su tiempo en la propiedad.

La cocina como parte del viaje
Cuando creía que la experiencia de bienestar estaría ligada solo al descanso o algún tratamiento estético, me estaba quedando corto, pues la gastronomía no es un complemento de la estadía. Es una de sus principales experiencias.
La cocina de Hacienda AltaGracia está inspirada en las estaciones, en la biodiversidad de la región y en las tradiciones culinarias costarricenses. El hotel utiliza técnicas como fermentación, encurtido, añejamiento y deshidratación, en una propuesta que busca aprovechar mejor los ingredientes y reforzar el vínculo entre el territorio con modernas técnicas de preparación culinaria.
La propiedad prioriza ingredientes locales, representando más del 95% de los insumos utilizados en sus menús, los cuales provienen de agricultores, pescadores y proveedores cercanos, incluyendo una producción propia de piña como gesto de hospitalidad. Además, los menús reflejan la identidad costarricense mediante reinterpretaciones de platos clásicos.
El hotel destaca su oferta de café, proveniente de la Región de Brunca, y cuenta con aproximadamente 2,000 plantas propias, además de colaborar con seis o siete fincas locales, ofreciendo a los huéspedes entre 12 y 15 variedades de café.
El recorrido gastronómico comienza en Mercado, un espacio que funciona como punto de encuentro durante el día. Allí hay café de especialidad que el hotel compra a fincas cercanas, repostería hecha con ingredientes libres de gluten, bebidas, bocadillos y un menú de estilo variado preparado con ingredientes locales. Más que un restaurante convencional, es un lugar para hacer una pausa entre actividades.
Para el almuerzo junto a la piscina está Picoteo, con un menú fresco y pensado para compartir. Las Brisas, por su parte, ofrece platos de estilo más relajado, favoritos de piscina y cócteles preparados con frutas frescas. En el caso del almuerzo, se ofrece diariamente de 11 a.m. a 6 p.m.
Uno de los momentos más particulares de la experiencia ocurre la cena, pues su menú cambia cada noche, desde las entradas hasta los postres, así que cada oportunidad es única para degustar los platillos, pues al día siguiente puede ser muy tarde. Las porciones son frescas y del tamaño ideal para vivir la experiencia sin sentirse incómodamente lleno.
Merecen una mención especial en el menú de AltaGracia el gallo de chicharrón, el picadillo de papaya verde, sus cortes de carne y de postre el sándwich de galleta con helado, todo hecho desde cero en el hotel y libre de conservantes y otros aditivos.
El Cultivo representa otra cara del modelo gastronómico. Es el jardín de AltaGracia, un espacio donde se producen hierbas y otros ingredientes utilizados en la cocina, bajo el concepto de la graja a la mesa (farm to table). Además, allí se realizan talleres culinarios y de coctelería, así como cenas dirigidas por chefs en una cocina al aire libre.
La relación con la comida va más allá de lo que llega a la mesa. El hotel busca que los huéspedes entiendan el origen de los productos, la importancia del cultivo y la conexión que existe entre alimentación, sostenibilidad y bienestar. Cada mesero, con una genuinidad que distingue al tico, explica los detalles de los platillos y brindan recomendaciones muy acertadas para quienes nos cuesta decidir los platillos.
En un destino dedicado al wellness, la gastronomía podría haber seguido el camino más predecible: platos standard, ligeros y sin demasiadas sorpresas. AltaGracia escoge otro. Propone que comer bien no significa comer poco, sino comer con intención, conocimiento y sabor, con ingredientes que hagan bien al cuerpo.

La aventura de bajar el ritmo
La naturaleza de Pérez Zeledón permite que el descanso se combine con aventura.
Desde la propiedad se organizan caminatas, cabalgatas, visitas a ríos y recorridos por la zona. Los caballos ocupan un lugar especial dentro de la experiencia, pues permiten descubrir el paisaje a una velocidad distinta.
Montar a caballo entre montañas, cafetales y caminos de tierra modifica la relación con el destino. No se trata de llegar rápido a un punto específico, sino de observar el trayecto, escuchar el entorno y entender por qué el hotel decidió instalarse precisamente allí.
La oferta de experiencias también incluye recorridos culturales y gastronómicos. El propósito es que el huésped no permanezca completamente aislado en el hotel, sino que pueda conocer algo de la vida, los sabores y las dinámicas de la región.
Esa conexión con el entorno permite que AltaGracia se diferencie de otros hoteles de lujo. La propiedad no intenta competir con las playas del Pacífico, con la actividad volcánica del norte, ni con los grandes resorts costeros.
Su apuesta es otra: ofrecer el Valle del General y las montañas de Talamanca como un destino de bienestar. Pérez Zeledón, históricamente visto por muchos viajeros como una zona de paso hacia el Pacífico Sur, se convierte aquí en una razón para quedarse.

Reconocimiento internacional
La propuesta de AltaGracia no ha pasado desapercibida y ha logrado captar la atención de publicaciones y rankings especializados en turismo de lujo. Recientemente ha ganado varios reconocimientos.
En 2025, Hacienda AltaGracia fue nombrado como el resort número uno de Centroamérica en los World’s Best Awards de Travel + Leisure. En esa misma clasificación, ocupó el puesto 18 entre los 100 mejores hoteles del mundo. El reconocimiento es especialmente relevante porque sitúa a una propiedad costarricense de montaña entre hoteles y resorts de algunos de los destinos más exclusivos del planeta.
La propiedad también fue incluida en la Gold List 2025 de Condé Nast Traveler, una selección que reúne los hoteles y resorts favoritos de los editores de esa publicación internacional. Además, apareció entre los 20 mejores resorts de Centroamérica en los Readers’ Choice Awards 2025 de Condé Nast Traveler, un listado elaborado a partir de las votaciones de los lectores.
La página oficial de reconocimientos del hotel también registra su inclusión en la selección de mejores spas de ELLE en 2025 y una distinción en los Spa & Wellness MexiCaribe Spa Awards.
El reconocimiento más reciente llegó en 2026, cuando Oprah Daily incluyó a Hacienda AltaGracia entre los 58 mejores retiros de bienestar del mundo. La selección destacó la combinación de programas de cuidado personal, naturaleza, actividades vinculadas con la producción agrícola local y tratamientos especializados de Casa de Agua.
En particular, la publicación resaltó que el hotel cuenta con el primer Instituto de Longevidad para la Piel de Estée Lauder en América, donde se ofrecen diagnósticos y tratamientos personalizados, complementados por degustaciones de café cultivado en la propiedad, cabalgatas y experiencias en ríos y montaña.
Los premios ayudan a explicar la visibilidad internacional de AltaGracia, pero la experiencia permite entender por qué el hotel ha logrado construir ese posicionamiento. No depende de una playa privada ni de una gran ciudad cercana. Depende de la sensación de llegar a un lugar donde la naturaleza todavía define el ritmo.
La mayoría de los húespedes, aproximadamente el 85%, proviene de Estados Unidos, particularmente de la costa este, California y Colorado, debido a las rutas aéreas hacia San José. No obstante, según el gerente general, se observa un crecimiento de visitantes europeos durante los meses de julio y agosto, así como un incremento de huéspedes provenientes de México y otras regiones de Latinoamérica.
Al momento de partir, queda la sensación de que AltaGracia no está diseñado para impresionar con ostentación, sino para resolver cada detalle antes de que el huésped tenga que pedirlo. Esa lógica se mantuvo hasta el último minuto: mientras me despedía del equipo y revisaba por última vez las montañas de Cajón, el vehículo ya me esperaba lavado. Fue un gesto significativo y coherente con una experiencia donde el lujo no se limita a lo que se ve, sino que se manifiesta en aquello que permite al visitante irse un poco más descansado de cómo llegó.
El Financiero visitó el hotel AltaGracia por cortesía de su administración. Ninguna condición de publicación fu requerida o pactada.

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