Costa Rica atraviesa una de las crisis educativas más profundas de su historia reciente. Más de la mitad de los estudiantes costarricenses no alcanza niveles mínimos de competencia en áreas fundamentales según las últimas mediciones internacionales. Esa cifra debería bastar para encender todas las alarmas nacionales.
El Décimo Estado de la Educación 2025 es contundente. El país registró en el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA) 2022 su peor desempeño en lectura y matemática desde que participa en esa prueba, con un aumento significativo de estudiantes que no alcanzan competencias mínimas. Más preocupante aún, las brechas golpean con mayor fuerza a quienes viven en territorios con bajo Índice de Desarrollo Social. El rezago ya no es una hipótesis; es una realidad comprobable en las aulas y en las cifras.
Como docente universitario, lo confirmo cada semestre. Estudiantes que ingresan con serias dificultades de comprensión lectora, problemas para interpretar enunciados básicos y vacíos en razonamiento matemático elemental. No se trata de falta de talento, sino de rezagos acumulados que el sistema no logró atender a tiempo.
El problema no se limita a los resultados. El informe señala debilidades estructurales: pruebas nacionales que evalúan menos de un tercio del currículo, instrumentos con baja dificultad, ausencia de una estrategia permanente de nivelación y discontinuidad en los esfuerzos de recuperación. Es decir, sabemos que el aprendizaje se deterioró, pero no contamos con un sistema integral que permita intervenir con precisión y continuidad.
En este contexto, la propuesta de un Sistema Nacional Agéntico de Nivelación (SNAN) introduce un cambio necesario: pasar de intervenciones fragmentadas a una arquitectura tecnológica integrada que conecte la información hoy dispersa. La iniciativa plantea integrar bases de datos educativas, asistencia, evaluaciones y registros académicos en una sola plataforma interoperable como Model Context Protocol, que es una infraestructura que permite integrar distintas bases de datos educativas de manera segura y coordinada.
En un sistema educativo históricamente fragmentado, esta integración no es un lujo técnico; es una condición para tomar decisiones basadas en evidencia.
El valor estratégico del SNAN radica en tres dimensiones. Primero, precisión evaluativa al incorporar modelos como Teoría de Respuesta al Ítem (IRT) o Rasch que automatiza que son modelos estadísticos más rigurosos que permiten medir con mayor precisión el nivel real de aprendizaje comparable en el tiempo. Segundo, personalización. Herramientas de inteligencia artificial podrían identificar las brechas de cada estudiante y sugerir rutas de apoyo específicas, apoyan al docente con información clara y oportuna. Tercero, focalización territorial. Sistemas de seguimiento y alertas tempranas permitirían dirigir recursos hacia centros educativos con mayor rezago, en lugar de distribuir esfuerzos de manera homogénea.
No se trata de sustituir al docente ni de creer que la tecnología resolverá por sí sola problemas estructurales. El informe es claro. Las debilidades en mediación pedagógica y articulación curricular requieren reformas profundas. Pero la ausencia de una estrategia sostenida de nivelación es, probablemente, el componente más susceptible de fortalecerse con apoyo tecnológico inmediato. Allí existe una oportunidad concreta.

Países que han avanzado en el uso de datos educativos muestran que la combinación de información integrada y acompañamiento docente mejora la toma de decisiones pedagógicas. Costa Rica ya cuenta con plataformas digitales y experiencia en gestión educativa; lo que falta es integrarlas bajo una visión sistémica centrada en resultados y transparencia.
La discusión de fondo es política: ¿seguiremos reaccionando con programas temporales o construiremos una infraestructura permanente de recuperación de aprendizajes? Invertir en un sistema nacional inteligente no es un gasto tecnológico; es una apuesta por equidad, productividad futura y cohesión social.
La crisis está documentada. El desafío ahora es actuar con la misma rigurosidad con la que se diagnosticó el problema. Sin una estrategia estructural de nivelación, cada cohorte que avanza con vacíos acumulados representa una deuda creciente para el país. Costa Rica necesita menos improvisación y más planificación sostenida. Postergar la decisión solo ampliará las brechas que ya conocemos.
---
El autor es profesor de la Facultad de Ciencias de la Computación de la Universidad Fidélitas.