Costa Rica ha construido buena parte de su éxito reciente sobre la apertura comercial. Durante más de década y media bajo el Cafta-DR, el país ganó fama como “buen alumno” del libre comercio: cumplidor, predecible y respetuoso de las reglas. Sin embargo, la experiencia de los últimos meses muestra que esa buena conducta no siempre se traduce en reciprocidad por parte de nuestro principal socio, Estados Unidos. El crecimiento exportador general del 14% en 2025 es una cifra alentadora, pero no basta para evaluar la salud del modelo si por debajo se acumulan señales de vulnerabilidad.
El caso lácteo lo dejó en evidencia. Tras concluir el largo cronograma de desgravación pactado para llegar a arancel cero, los productores nacionales disfrutaron apenas unos meses de acceso pleno antes de enfrentar otra vez gravámenes punitivos. Mientras tanto, los lácteos estadounidenses mantienen condiciones preferenciales para entrar a Costa Rica. El resultado es una cancha inclinada donde el socio grande se reserva el derecho de cambiar las reglas, pero exige estabilidad cuando se trata de colocar su propia producción.
La presión no se queda en los aranceles. Mecanismos como las investigaciones bajo la Sección 301 o los procesos asociados a “seguridad nacional” introducen una capa adicional de incertidumbre. Lo preocupante no es que existan instrumentos para perseguir prácticas desleales o combatir el trabajo forzoso, sino que se usen de manera discrecional, como palanca para forzar concesiones a socios mucho más pequeños. Cuando las reglas dejan de ser previsibles, el mensaje para países como Costa Rica es claro: el acceso preferencial puede verse alterado no por lo que usted haga, sino por el clima político en Washington.
Ser críticos de esta asimetría no implica desconocer una realidad evidente: hoy Estados Unidos sigue siendo el mercado más grande, dinámico y rentable para buena parte de nuestras exportaciones. Romper con ese vínculo sería económicamente suicida y socialmente irresponsable. La pregunta, entonces, no es si Costa Rica debe comerciar con Estados Unidos, sino bajo qué condiciones y con qué margen de maniobra. Un país pequeño no puede darse el lujo de la ingenuidad: necesita administrar el riesgo de depender en exceso de un solo comprador.
Y aquí aparece la tentación del “plan B” mágico. Cada vez que surge un conflicto comercial, se invoca la diversificación como si fuera una decisión de corto plazo. Pero diversificar mercados no se decreta desde un podio: toma años construir logística, abrir protocolos sanitarios, entender la cultura de negocios y ganarse la confianza de nuevos compradores. Pretender sustituir a Estados Unidos de la noche a la mañana no es una estrategia; es una fantasía que solo conduce a la frustración.
Lo que sí es posible —y urgente— es avanzar en una diversificación realista y gradual. Costa Rica ya ha dado pasos importantes, tanto en la composición de su oferta como en el número de destinos a los que exporta. El reto ahora es convertir esos avances parciales en una política de Estado: fortalecer nichos en mercados donde ya hay presencia, identificar cadenas de valor regionales, apoyar a sectores con potencial en Asia, Europa o América Latina y alinear banca de desarrollo, promoción comercial y política industrial con ese objetivo. No se trata de abandonar a Estados Unidos, sino de evitar que sea la única columna que sostiene el edificio.

La diplomacia comercial debe acompañar este esfuerzo con una actitud distinta. En lugar de limitarse a “administrar daños” cada vez que aparece una medida unilateral, Costa Rica necesita construir palancas de negociación. Ello implica defender con firmeza el acceso preferencial a Estados Unidos —porque sigue siendo vital—, pero al mismo tiempo dejar claras nuestras líneas rojas: hasta dónde estamos dispuestos a aceptar restricciones, qué mecanismos de solución de controversias estamos preparados a activar y cómo haremos valer nuestro papel en las cadenas de suministro que benefician a empresas estadounidenses.
El verdadero dilema del país no es escoger entre la resignación y la ruptura. Costa Rica no tiene por qué tolerar pasivamente cada embate arancelario ni tampoco jugar a la bravura de romper con su principal socio. La ruta responsable es otra: mantener y profundizar el vínculo con Estados Unidos, pero reducir, paso a paso, la vulnerabilidad que genera depender tanto de un solo mercado. Ese equilibrio —apertura sí, pero con contrapesos y menos ingenuidad— es el debate que ya no podemos seguir aplazando.