8 enero

La cuarta revolución industrial o Revolución 4.0. obedece a la progresiva adopción de la tecnología y la automatización en los procesos productivos. Incluye el uso cada vez más común de la inteligencia artificial y la robotización, pero también el uso intensivo de programas de cómputo, algoritmos y técnicas de machine learning. Se trata de un salto cuantitativo y cualitativo en la organización y gestión de las cadenas de valor que redunda en una mucho mayor productividad. Implica también que paulatinamente, pero quizás más rápidamente de lo que nos imaginamos, una parte importante de la fuerza laboral pueda llegar a ser sustituida por máquinas.

El fenómeno dio inició hace varios años y está ocurriendo en todos los rincones del planeta, a diferentes ritmos y con diferentes consecuencias, pero es irreversible y no puede ser ignorado. Es más, se espera que esta tendencia se acelere de manera significativa como resultado del impacto tecnológico de la pandemia de Covid-19. Sin embargo, no se trata de entrar en pánico, sino de entender el fenómeno, dimensionar sus impactos y tomar las medidas necesarias para preparanos de la mejor manera posible ante estos nuevos retos. En este sentido, es muy valioso el estudio realizado por la Academia de Centroamérica y dado a conocer en el reportaje de la semana anterior de este periódico, en donde se analiza el mercado laboral costarricense y el grado de exposición que se tiene ante la automatización.

El estudio revela que aproximadamente la mitad de los puestos de trabajo existentes pre-pandemia enfrentan un grave riesgo de automatización ante la susceptibilidad de ser sustituidos por máquinas, computadoras o algoritmos. La mayoría de estos trabajos se encuentran en el sector privado, particularmente en el sector informal de la economía enfocado en comercio o servicios, y afecta por igual a personas graduadas de secundaria o primaria. Por obvias razones, aquellas labores rutinarias y que exigen poca iniciativa son las más expuestas y, en general, entre menos calificadas y más elementales sean las tareas, mayor será su probabilidad de automatización.

Esos datos deben provocar una importante llamada de atención, en particular si consideramos que Costa Rica ya enfrenta, de por sí, un problema estructural en el campo laboral, que se resume en que la oferta de trabajo no empata fácilmente con la demanda. Esto provoca que tengamos una gran cantidad de personas con pocas cualificaciones que no encuentran trabajo, mientras que un importante grupo de empresas se quejan de que el país no cuenta con la cantidad de personal calificado que se requiere para poder invertir y crecer más. Esta discrepancia tiene, además, efectos perniciosos en la desigualdad, por las diferencias salariales que provocan.

El problema solo se agravará con la automatización, por lo que es imperativo reaccionar con prontitud. Para empezar, hay que aceptar que tendremos que vivir con el fenómeno y que, en consecuencia, el objetivo debe ser tomar medidas para acoplarnos a esa realidad y no pretender evitar el cambio tecnológico mediante prohibiciones o restricciones irracionales.

Asimismo, es prioritario avanzar en, al menos, las siguientes cuatro áreas: Un replanteamiento de la inversión en capital humano; el país ya dedica ocho por ciento del PIB en educación, pero es indispensable invertir mejor y más estratégicamente. La reciente reforma legal del INA es un paso en la dirección correcta, pero, además, hay que enfatizar en la relevancia de los programas de educación temprana, aliviar el grave problema de deserción que padecemos, y redireccionar recursos en educación superior a favor de las ciencias, la ingeniería y la tecnología.

También es necesaria la actualización de nuestras leyes de trabajo para hacerlas más flexibles, facilitar la transición entre trabajos y reducir los desincentivos a la creación de empleo. Esto debe venir acompañado de una revisión del régimen de seguridad social, para hacerlo más robusto, fomentar la formalidad, y garantizar el reentrenamiento durante los períodos de desempleo. Igualmente, es indispensable reducir el rezago existente en conectividad, tan groseramente evidente durante el confinamiento del año anterior.

Finalmente, nada de eso será posible si no terminamos de poner orden en materia fiscal. Se impone una política tributaria realista, capaz de financiar las muchas necesidades que se nos vienen encima, pero eso solo será aceptado por la ciudadanía si, de verdad, nos decidimos a hacer más eficiente el gasto público, y a reformar y reducir un Estado inoperante.