Por: Constantino Urcuyo.   20 septiembre
Una eventual alza del petróleo afectaría a la economía mundial y, por ende, a la nuestra, dependiente de la importación de hidrocarburos. Un conflicto en apariencia lejano gana entonces una proximidad amenazante.
Una eventual alza del petróleo afectaría a la economía mundial y, por ende, a la nuestra, dependiente de la importación de hidrocarburos. Un conflicto en apariencia lejano gana entonces una proximidad amenazante.

Los campos de batalla en Medio Oriente son variados. Guerra en Siria, incidentes en el estrecho de Ormuz, inextinguible confrontación entre chiitas y sunitas, antagonismo entre kurdos y turcos, enfrentamientos entre israelíes e iraníes en Siria y agresividad de Hezbolá en Líbano.

Agreguemos que la guerra étnica religiosa en Yemen y el espectro de pugnas internas, articuladas con disputas más grandes de carácter regional y mundial, obliga a una revisión detenida del acontecer en este punto caliente del planeta.

El reciente ataque contra las instalaciones de Aramco en Arabia Saudita ilustra el conflicto geopolítico que atraviesa la región; sus repercusiones pueden alcanzarnos. Una eventual alza del petróleo afectaría a la economía mundial y por ende a la nuestra, dependiente de la importación de hidrocarburos. Un conflicto en apariencia lejano gana entonces una proximidad amenazante.

¿Cómo trascienden querellas internas a la arena geopolítica? Involucran coaliciones de estados y entes no gubernamentales, intereses de superpotencias y colisión entre potencias regionales. El origen del ataque y su anatomía militar, así como las posibles consecuencias sobre soluciones negociadas al conflicto de Estados Unidos con Irán —y una posible respuesta militar de sauditas y norteamericanos—, explican la evolución de un evento que amenaza con incendiar la región y extenderse al resto del mundo.

Puntos calientes

El cruce de contiendas internas, de origen diverso, engendra la conformación de alianzas cambiantes que en este momento cristalizan en dos grandes grupos de estados y otros actores. Por un lado, la coalición de los EE. UU., Arabia Saudita (musulmanes sunitas), Israel, Emiratos Árabes y otros microestados del Golfo Pérsico. En otro registro, Rusia, Turquía, Irán (musulmanes chiitas), y la organización Hezbolá (proiraní).

La disputa regional más importante ocurre entre Arabia Saudita e Irán, quienes compiten por la hegemonía regional. Los sauditas buscan detener el avance de Irán hacia el oeste (mediterráneo) y garantizar su flujo petrolero hacia Europa y Asia; a través del estrecho de Ormuz. Irán ha logrado éxitos importantes con el mantenimiento del régimen sirio, colocando combatientes en Líbano y Siria.

“¿Qué motiva a Irán? Consolidar una esfera de influencia que se ha ampliado pero es vulnerable, no hegemónica”.

El apoyo militar de Rusia en la guerra civil siria es fundamental para consolidar esos avances y devolvió al Kremlin posiciones importantes en la región y el mundo. Mientras tanto, la invasión norteamericana a Irak, terminó beneficiando a los chiitas iraquíes y desplazó a los sunitas de Husein, abriendo el espacio para el avance iraní hacia el oeste.

Yemen es el punto más caliente entre ambos contendientes. Rebeldes hutíes —chiitas apoyados por Irán— combaten al régimen yemenita, apoyado por los saudís. Estos últimos han desarrollado una intensa guerra área contra proiraníes, pero sin lograr desalojarlos de la capital, creado una catástrofe humanitaria. Los hutíes en respuesta, replican con ataques contra instalaciones civiles sauditas, reivindicado el ataque a la refinería de Aramco, que ocurre precisamente cuando el gigante petrolero planeaba entrar en bolsa, buscando fondos para financiar el plan de modernización del príncipe heredero saudita.

¿Qué motiva a Irán? Consolidar una esfera de influencia que incluya a Irak, partes de Siria, Líbano y Yemen, aspiración difícil de concretar puesto que se trata de un Irak fragmentado, mientras Israel ataca a sus subordinados en Siria. En efecto, la esfera de influencia iraní se ha ampliado, pero es vulnerable, no hegemónica.

Pulso militar

EE. UU. antiene su alianza con Arabia Saudita por razones de índole geopolítica. El aglutinante de esta unión no reside en el petróleo, sino más bien en la ansiedad por impedir que una sola potencia domine la región, detener el islamismo, así como obstaculizar el desarrollo de armas nucleares por parte de Irán.

En la actualidad, no pareciera existir una dependencia aguda entre EE. UU. y el petróleo del Medio Oriente. Esatdos Unidos se ha transformado en exportador de crudo y gas natural, gracias a la explotación del petróleo de esquisto. El alza del precio del petróleo beneficiaría a EE. UU. y hasta a Rusia en calidad de productores, perjudicando a Europa, China e India.

En términos militares, los norteamericanos cuentan con bases importantes en Catar y Bareín (Sexta Flota), que mantienen como parte de su gran estrategia de hegemonía global. El aspecto principal de la contradicción con Irán se ubica en la estrategia de “máxima presión” sobre Teherán, con la intención de obligarlo a negociar un nuevo acuerdo nuclear que sepulte la posibilidad de armas nucleares.

La presión se tradujo en una respuesta espejo de los ayatolas ante las duras sanciones económicas que ponen en dificultad su economía. Con el ataque demuestran su capacidad de crear desorden en Arabia y el mundo, aumentando sus cartas de negociación frente a Washington.

La sofisticación y precisión del ataque con drones y misiles de crucero también envía un poderoso mensaje: tenemos armas que nos permiten resistir un enfrentamiento; EE. UU. y sus aliados en el Golfo Pérsico pagarían un alto costo. La penetración de las armas iraníes en Arabia Saudita se da a través de un espacio aéreo teóricamente defendido por sistemas de alerta estadounidenses, lo que contribuye a crear dudas sobre su eficacia para proteger a sus aliados.

Irán entonces enfrenta entonces distintos desafíos. En primer lugar, intentará debilitar la coalición de Estados Unidos, incapaz de proteger al Reino Saudita. En segundo puesto, tratará de socavar la presión desde el Potomac, mostrando la vulnerabilidad económica de Ryad.

Las dificultades de EE. UU. en el Medio Oriente regocijan a Moscú y a Turquía, que contemplan complacidos el panorama difícil que enfrenta Trump, quien preocupado por las elecciones del 2020, no ha dado muestras de pasar a la acción militar, apostando hasta ahora por la coerción económica. La reciente conferencia de prensa de Putin, Erdogan y Rouhani, al día siguiente del ataque, no podía ser más oportuna. Aunque versó sobre Siria, el mensaje de la troika fue significativo.

Estados Unidos se encuentra frente a un dilema y afronta los riesgos de un conflicto más amplio. Si ignora el ataque a su vulnerable aliado, mostrará debilidad y fortalecerá a Irán. Si, por el contrario, genera un contragolpe, justificará la resistencia iraní, subiendo la apuesta en el tablero.

El supuesto movimiento iraní ha sido arriesgado, pero delimita el terreno de la confrontación. Su adversario se enfrenta al reto de redefinir el escenario si quiere tener la iniciativa.