Costa Rica vive atrapada en una paradoja macroeconómica destructiva que se aplaude en los centros financieros de San José, pero se sufre con desesperación en las costas y las zonas rurales. Mientras las autoridades celebran el control fiscal y exhiben un colón artificialmente fuerte como trofeo de estabilidad, el motor productivo que sostiene el empleo de miles de familias fuera de la Gran Área Metropolitana (GAM) se está apagando.
Experimentamos los síntomas de manual de una “Enfermedad Holandesa” criolla: una apreciación cambiaria asfixiante, un persistente estado de deflación que delata el freno al consumo, y un secreto a voces que la prudencia política maquilla: el impacto de los flujos de dinero opaco inundando nuestro mercado cambiario.
La raíz profunda de esta crisis radica en la peligrosa dualidad de nuestro modelo económico, donde las Zonas Francas se han convertido en un oasis desconectado de la realidad nacional. Al operar bajo un régimen de exención fiscal casi total, las multinacionales absorben y generan divisas a doble dígito sin resentir los costos locales.

Sin embargo, este éxito genera un efecto secundario devastador: inunda el mercado de dólares, apreciando el colón y encareciendo artificialmente al país. Mientras el sector tecnológico y de servicios médicos en las Zonas Francas navega con viento a favor, el Régimen Definitivo —el agro, el comercio y el turismo— carga con todo el peso de los impuestos, las cargas sociales y la pérdida de competitividad cambiaria. Las Zonas Francas avanzan a ritmo de primer mundo, pero lo hacen sobre las costillas de un aparato productivo tradicional que se hunde.
La pasividad institucional ante esta brecha está pasando una factura humanitaria e irreversible. Al mantener los costos de producción locales en niveles prohibitivos, se está empujando al abismo a los sectores que sostienen el empleo rural. No estamos hablando de frías cifras macroeconómicas; estamos hablando de hoteleros locales que deben recortar personal para no quebrar, de transportistas turísticos ahogados en deudas, y de cafetaleros, piñeros y bananeros que ven cómo sus cosechas dejan de ser rentables frente a competidores regionales con políticas económicas más realistas.
Un colón sobrevalorado no es sinónimo de una economía sana; hoy es el verdugo del agro costarricense y de nuestra industria turística. El Banco Central de Costa Rica (BCCR) debe asumir su mandato de defender la producción de todo el país, abandonando una inacción que ya raya en la negligencia.
En primer lugar, el BCCR debe pisar el acelerador con urgencia en el recorte de la Tasa de Política Monetaria (TPM). Mantener tasas altas en un entorno de inflación negativa prolongada es un sinsentido que solo beneficia a los especuladores financieros. Al bajar las tasas de forma agresiva, desincentivamos los “capitales golondrina” que entran al país únicamente a engordar ganancias aprovechando el premio en colones, presionando el tipo de cambio a la baja.
Asimismo, el Banco Central debe intervenir en el mercado Monex con una estrategia masiva y sostenida de compra de divisas. La acumulación de reservas debe usarse activamente como un dique de contención para devolverle el oxígeno cambiario y la competitividad que el agricultor y el microempresario turístico necesitan para sobrevivir.
En segundo lugar, debemos llamar a las cosas por su nombre: la abundancia inexplicable de dólares en las ventanillas bancarias sobrepasa cualquier justificación lógica basada en exportaciones tradicionales o inversión extranjera directa.
La sombra de la legitimación de capitales distorsiona los precios de nuestra economía, encarece la vida y castiga al productor honesto que no puede competir contra divisas sin rastro de origen. Lo que Costa Rica necesita es que la SUGEF y el Instituto Costarricense sobre Drogas (ICD) despierten de su letargo y ejecuten auditorías forenses severas sobre los flujos de dólares en sectores altamente vulnerables, como el inmobiliario de lujo en las costas y el sector construcción, cerrando el grifo al dinero ilícito que infla el valor de nuestra moneda a costa de la quiebra del campo.
Finalmente, el Gobierno no puede seguir gobernando solo para el oasis de las Zonas Francas urbanas. El país requiere con urgencia una estrategia real de encadenamientos productivos obligatorios, que fuerce a las multinacionales a consumir insumos del mercado nacional, democratizando así el ingreso de divisas. A esto debe sumarse un alivio fiscal y operativo temporal enfocado exclusivamente en el agro y el turismo afectados.
Costa Rica todavía cuenta con las herramientas soberanas para corregir el rumbo. Solo hace falta la sensibilidad social y la voluntad política de utilizarlas con firmeza. Es hora de rescatar el empleo de las mayorías, limpiar nuestro sistema financiero y devolverle el equilibrio perdido a la producción nacional antes de que la destrucción de nuestras zonas rurales sea definitiva.
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El autor es analista financiero y de valores.