Por: Danilo Montero.   18 marzo

Para alguien que no ha vivido al menos un par de crisis importantes, las actuales condiciones que estamos viviendo en el planeta resultan “realismo mágico”.

Partamos de que los jóvenes profesionales de 23 o 24 años, que recién se incorporaron a la fuerza laboral este año, en 2008 tenían no más de 13 años, por lo que quizás solo tengan algún vago recuerdo de una empresa que se llamaba Merril Lynch, o tal vez lo asocien con un lobo de Wall Street.

Mencionar una crisis como las “punto com” es aún más histórico para ellos, pues recién comenzaban a caminar, literalmente. Mucho más lejano suena la crisis de Carazo, que ya entraría en la categoría de la arqueología.

Pero incluso para un gerente de 40 años, cuando ocurrió el efecto tequila, solo era un joven adolescente, con sus miras más puestas en conquistar al sexo opuesto.

Para estos gerentes, la economía esencialmente sólo crece, abunda en liquidez y las tasas de interés son bajas. Los riesgos se llaman Hamas, Hezbolá, o Erdogan, y todos están lejos.

¿En qué momento...?

Es probable que los que estamos cerca de los sesenta años no tengamos el manejo de las redes sociales que ellos disponen, y es posible que el mundo todavía lo veamos como una sucesión de comunidades juntas pero no revueltas, en vez de considerarlo un solo país como lo ven los milenios.

Lo que sí es cierto es que debe ser propicia la ocasión para revisar con carácter crítico la historia, y tratar de comprender en qué momento se nos salió de las manos la sociedad costarricense que teníamos más o menos ordenada, hace solo tres décadas.

Podríamos comenzar por revisar lo que hemos hecho con el planeta. Segundo, cuánto hemos hecho por la educación. Y tercero, qué pasó con los valores humanos, como sociedad y como individuos. Por qué la gente comenzó a encontrar más felicidad en el consumo que en el ahorro. Por qué ya no le preocupa a la gente pedir prestado y no pagar. Por qué no nos importa que los ríos estén repletos de basura. Por qué no nos importa el futuro…

Pienso que, al final, esa es la Historia. Un recuento de lo que hicimos y un recordatorio de lo que no debiéramos volver a hacer.