Por: Roberto Artavia.   30 diciembre, 2018

Inteligencia artificial, Internet de las cosas, Internet móvil, automatización, robótica, redes sociales, economía coordinada y colaborativa, impresión 3D, consumo de experiencias, realidad virtual, energía distribuida, aplicaciones de blockchain, servicios en la nube, ciber-seguridad, asistentes virtuales, tecnología geoespacial, genética, medicina genética, vehículos autónomos, teletrabajo, computación cuántica, nanotecnología aplicada, nuevos materiales y auto-ensamble, energía inalámbrica, ciudades inteligentes, interfaces inteligentes y táctiles, agricultura de precisión, agricultura en ambientes controlados, biotecnología avanzada, …

Todo lo anterior será parte de nuestra realidad cotidiana en los próximos dos lustros. Cada uno de nuestros actuales niños y jóvenes deberán tener la capacidad de irse adaptando a vivir en un mundo en el que estas tecnologías lo “invadirán” todo: los hogares, los puestos de trabajo, los centros de servicio y entretenimiento, los gobiernos, las ciudades, los sistemas de salud, los sistemas educativos y más.

Y el pasado no desaparecerá de golpe, por lo que además necesitaremos jóvenes sensibles, solidarios, patriotas, ambientalistas, y capaces de autoregularse; dispuestos a lidiar con un ambiente en que el cambio los prensará entre la promesa de un futuro mejor y un pasado al que no se puede simplemente renunciar y hacerlo desaparecer.

Como bien indicó el editorial de EF hace una semana, necesitamos una verdadera revolución en nuestra educación.

No hay tiempo para seguir modificando el sistema en base a pequeños cambios. Este reto gigante no morirá a pellizcos, sino por medio de algunos certeros golpes que desestabilicen su estructura actual y le permita, con el concurso de muchos, reinventarse una y otra vez para irse adaptando a una realidad volátil y exigente.

¿Empezamos? ¿O vamos a dejar a nuestros niños y jóvenes, una vez más, quedarse atrás y ser parte de la eterna periferia del desarrollo intermedio?